Metáfora sobre el equilibrio y la disolución de un sistema de vida

Pablo Gorlero
Pablo Gorlero LA NACION
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20 de abril de 2018  

Durante las reuniones creativas de la versión original de El violinista en el tejado, el director y coreógrafo Jerome Robbins estaba obsesionado con una pregunta que repetía sin que nadie le ofreciera una respuesta convincente: ¿de qué se trata esto? Él necesitaba la respuesta justa para poder encontrarle la fuerza al proyecto. Con perseverancia, al repetirla una y mil veces, en una de esas interminables reuniones alguien respondió: "Se trata de la disolución de un sistema de vida". Y la felicidad invadió al director. "Ahí es donde hay que empezar. Hay que mostrarle al público mucho sobre ese modo de vida que está por disolverse. Nuestra obertura será sobre esas tradiciones que van a cambiar", decidió. A partir de ahí, el proyecto tomó forma y el grupo creativo, que incluía al gran Harold Prince como productor, encontró el sentido, el concepto de esta obra que estrenaron el 22 de septiembre de 1964, en el Imperial, de Broadway, donde permaneció en cartel durante 3242 funciones. Hasta el 21 de julio de 1971 fue la obra de mayor permanencia en cartel en la Gran Manzana (con cuatro importantes reposiciones: en 1976, 1981, 1990 y 2004). La idea surgió a partir de una pintura que Marc Chagall creó en 1912: El violinista.

Un productor visionario como Alejandro Romay tenía que traerla a la Argentina por primera vez. La estrenó el 2 de julio de 1969 en el Astral, con adaptación propia y de César Tiempo, y un elenco encabezado por Raúl Rossi y Paulina Singerman. El éxito lo impulsó a comprar el Teatro Argentino, adonde mudó la obra en 1970. Fue uno de los musicales que más tiempo permanecieron en cartel: casi 3 años en el Astral y en el Argentino; además de dos reestrenos en 1980 y en 2002. Esta pieza tenía un atractivo especial: contaba con todos los elementos alegóricos de la cultura judía de la Europa oriental: la noche del viernes, la casamentera, la boda, la danza de las botellas, las dotes, la fe religiosa y, sobre todo, la vida en los pogromos. Es una obra especial: memoria, tradición y el recuerdo del sino de un pueblo perseguido por la intolerancia. El violinista, como personaje, es una metáfora de la supervivencia, del equilibrio de un estilo de vida.

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