Bafici: las mejores películas sobre lugares

La singular arquitectura de El Alto en Bolivia, obra del ingeniero aymara Freddy Mamani, parte de un documental

El festival ofrece una sección dedicada a documentales sobre diseño que analizan obras tan diversas como los Cholets de El Alto en Bolivia o la Casa Moriyama de Japón

20 de abril de 2018  

La arquitectura es un arte con el que convivimos diariamente y al que, por la fuerza de la costumbre, solemos ignorar. Nuestra ciudad es una enorme exhibición gratuita y abierta a todos que pone a nuestra disposición obras maestras, aunque rara vez les prestamos la atención que dedicaríamos a un cuadro en un museo. Los documentales sobre arquitectura no solo sirven para mostrarnos trabajos arquitectónicos que están fuera de nuestro alcance, sino, también, para educar nuestra mirada, para desnaturalizar el paisaje urbano y para que así podamos ver, por primera vez, el arte que nos rodea.

En la más destacable de las selecciones que el Bafici reservó este año para su sección dedicada a la arquitectura, justamente, las palabras "arte" y "arquitectura" son puestas en disputa. Lo primero que se encarga de señalar uno de los arquitectos entrevistados en el documental Cholet (Isaac Niemand, 2017, con música de Moby), sobre la obra del ingeniero aymara Freddy Mamani, es que Mamani no concluyó la carrera de arquitectura y que su obra no puede considerarse tal cosa. Mamani es el constructor de los "cholets" del título. El juego de palabras es claro: los cholets son chalets para los cholos (el modo despectivo con el que los bolivianos blancos identifican a las personas de rasgos indígenas, aunque el término fue recuperado por esta comunidad). Aunque, en verdad, más que chalets son mansiones encargadas por la nueva burguesía aymara de la ciudad de El Alto, cuyo crecimiento se disparó tras la llegada al poder de Evo Morales.

Ya se sabe que, tradicionalmente, la alta cultura y el buen gusto son construcciones de clase: el buen gusto es el gusto de la clase alta y el "mal gusto", en consecuencia, será la apropiación de bienes culturales que la clase alta considera propios por clases inferiores. Esta dinámica, que el arte del siglo XX se encargó de desarmar, aun se verifica en las respuestas que recibe la obra de Mamani. Como su rasgo más notorio es la exuberancia en el color y en la ornamentación, los arquitectos entrevistados aquí no la llaman arquitectura sino "decoración" o "fachadismo". El prejuicio clasista que identifica la sobrecarga de brillos y adornos con la idea que tiene un pobre del lujo queda a la vuelta de la esquina. Al mismo tiempo, es difícil dejar de pensar que la intención de mostrar el ascenso social está presente en estas construcciones.

En una ciudad de migrantes pobres, formada por construcciones monócromas de ladrillos sin revoque, los cholets de Mamani parecen arquitectura de otro mundo. Son edificios de cuatro pisos ornamentados con las formas geométricas y los colores de los telares aymaras que, al ser volcados sobre las tres dimensiones de un salón, producen un efecto psicodélico, una especie de rococó pop, mezcla delirante de un casino de Donald Trump (a escala pequeña) con un palacio de cuento de hadas hecho de golosinas. Los cholets están coronados por un chalet en el último piso, donde viven los propietarios para que siempre les dé el sol. En el resto de los pisos hay habitaciones de alquiler y, sobre todo, salones de fiesta para las nutridas celebraciones del calendario aymara. Es decir que los cholets son, a la vez, unidades de vivienda y de apoyo a la economía familiar.

Freddy Mamani afirma que la suya es una arquitectura que se rebela contra el saber blanco y es producto de la identidad aymara. Los arquitectos blancos consultados, sin embargo, no ven en sus formas casi nada de las tradicionales construcciones aborígenes. "Nada en El Alto es puro", señala uno de los especialistas. La identidad que reflejan las obras de Mamani, en todo caso, es pura mezcla, como suelen ser las identidades actuales, y dado que no puede ser fácilmente incorporada a una tradición ya reivindicada por la academia, resulta inquietante y subversiva.

Otra forma de subversión de la arquitectura se muestra en Moriyama-San (Ila Beka y Luise Lemoine, 2017), película que registra la vida cotidiana de Yasuo Moriyama en su casa, construida en 2005 por Ryue Nishizawa, ganador del premio Pritzker (llamado "el Nobel de la arquitectura") cinco años después.

La casa de Moriyama-San es una deconstrucción radical de la unidad multifamiliar, un espacio que desarma una oposición tan elemental para la arquitectura como la de interior y exterior. Se trata de diez habitáculos cúbicos (Moriyama vive en cuatro y alquila el resto) dispuestos en un terreno que ocupa una esquina en el corazón de Tokio: los espacios entre estos son, al mismo tiempo jardín y pasillo, una zona indeterminada que es obviamente parte de la propiedad, pero a la vez no presenta ningún límite respecto del exterior; un transeúnte distraído podría atravesarla sin percibir que ingresó a un lugar privado. Los cubos dispersos en el terreno tienen grandes paneles vidriados, de modo que también cualquier pretensión de intimidad queda, al menos, cuestionada. El adentro y el afuera, lo público y lo privado se fusionan en este espacio anómalo.

Está claro que no cualquier persona podría vivir en una casa semejante, pero el señor Moriyama no es cualquier persona. Se trata de una suerte de artista diletante, fanático de la música noise, el free jazz y el cine de vanguardia, consumos culturales claramente afines al espacio que ocupa. La película no solo nos muestra los recovecos de su famosa casa, sino también de la personalidad excéntrica y cautivante de su dueño.

Tudo é projeto (Joana Mendes Da Rocha & Patricia Rubano, 2017) es un documental del subgénero personas-que-dicen-cosas-imporantes-frente-a-una-cámara. En efecto, se trata de una serie de entrevistas que la directora le hizo a su padre, el gran arquitecto brasileño Paulo Mendes da Rocha (ganador del premio Pritzker en 2006 y el arquitecto contemporáneo más importante del Brasil después de Oscar Niemeyer), a lo largo de casi una década, en las que el hombre desgrana sus ideas acerca de su obra, de la ciudad moderna, del Brasil, de la literatura, del género humano y de la vida en general.

Arquitecto de la escuela paulista liderada por el modernista Vilanova Artigas, Mendes da Rocha se preocupa especialmente por la generación de espacios públicos. "A todo espacio debe atribuírsele un valor, una dimensión pública", declaró. De este modo, aun en sus viviendas, dominan los espacios comunes, los cuartos no están clausurados por cerramientos, sino que son abiertos para permitir el contacto y la circulación.

La película no se agota en una entrevista y un homenaje al arquitecto, sino que también es un afectuoso retrato de la vida familiar. Una de las primeras obras que la cámara recorre es la Casa en Butanta, la imponente vivienda de hormigón armado que Mendes Da Rocha construyó para sí a fines de los años sesenta, siguiendo al pie de la letra su filosofía. Actualmente, está habitada por su hijo, quien, junto a la directora -su hermana-, recuerdan la influencia que el peculiar espacio tuvo sobre ambos en su infancia, dejando en claro que la arquitectura de los lugares que habitamos tiene un efecto concreto sobre nuestra calidad de vida.

Finalmente, Rabot (Christina Vandekerckhove, 2017) es algo distinto. Este documental transcurre en un grupo de torres ubicadas en el barrio popular de la ciudad de Gante, en Bélgica, que le da título. Sin embargo, el rol protagónico no recae sobre su poco atrayente arquitectura, sino sobre algunos de sus anónimos habitantes. Se trata del retrato de una docena de residentes de esas viviendas sociales que cuentan sus historias antes de partir hacia un destino incierto porque las torres serán demolidas. Aunque ningún relato domina sobre otro, no se trata de una historia coral, sino de un conjunto de soledades, de personas empobrecidas, de inmigrantes, de jubilados, de adictos que sobrellevan vidas difíciles hacia dentro de sus casas, tras puertas siempre cerradas. Acaso la contracara de la vida familiar cálidamente recordada en la casa de Mendes Da Rocha. Desde ese aspecto, esta película mostraría el otro lado del impacto de la arquitectura sobre la vida cotidiana.

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