La Guerra Fría fue reemplazada por la "paz caliente"

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
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20 de abril de 2018  

Somos hijos y nietos de los Beatles. Para nosotros, valía la pena "imaginar a toda la gente viviendo en paz", "soñar con un mundo unido", "sin necesidad de egoísmo o de hambre". ¿Cómo no vamos a ser pacifistas? Eso nos interpela como ciudadanos de Occidente, en especial cuando la palabra "bombardeos" vuelve a inundar las noticias. Los argentinos tuvimos a lo largo de nuestra corta historia, además, demasiadas experiencias de violencia y autoritarismo que no terminamos de procesar, en especial la última, la traumática dictadura militar. Que, para peor, culminó con una derrota en el Atlántico Sur, luego de la cual nos ocupamos de tratar durante mucho tiempo a las víctimas (los veteranos) como victimarios: los ignoramos, los marginamos, los abandonamos a su suerte.

Sufrimos una enorme y entendible dificultad para aceptar que vivimos en un mundo que fue, es y será complejo, incierto, inestable, conflictivo y belicoso. Ojalá pudiésemos cambiar esa realidad. No obstante, debemos diferenciar nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros valores y nuestras intenciones del indispensable análisis, frío y objetivo, que necesitamos hacer para entender qué pasa, cómo puede evolucionar este escenario y qué debería hacer la Argentina para, al menos, intentar defender nuestros intereses estratégicos.

Mucho se habla sobre una nueva Guerra Fría entre Washington y Moscú. Ya lo había señalado Dimitri Medvedev, entonces primer ministro ruso, en la Conferencia de Seguridad de Munich de 2016. El pasado 16 de abril, el ministro de Asuntos Exteriores de ese país, Sergei Lavrov, entrevistado por la BBC, advirtió que la relación con Occidente era peor que durante la posguerra. No faltan motivos para semejante percepción de hostilidad: la incorporación de exrepúblicas soviéticas a la OTAN, la asociación estratégica de la UE con Ucrania, la incorporación de Crimea a Rusia, las sanciones de potencias de Occidente contra Moscú, el congelamiento de numerosos espacios de diálogo como el G-8... A la vez, el apoyo ruso al régimen de Al-Assad, el envenenamiento de exagentes de inteligencia rusos en Gran Bretaña y la influencia en los procesos electorales en Europa y Estados Unidos llevaron a Washington, Londres y París a dar una respuesta contundente no solamente a Siria, sino también a Rusia. Por eso, no parece apropiada la caracterización de "nueva Guerra Fría".

Primero, porque el mundo dejó de ser bipolar hace mucho tiempo. En todo caso, si existen dos países con ideas y concepciones diferentes y poderes similares, son Estados Unidos y China. No Rusia. La economía norteamericana es seis veces más grande que la rusa (cuyo tamaño es equivalente al de la de Italia), tiene los principales motores de innovación del planeta y es cada vez más autónoma en términos energéticos. Rusia depende de sus hidrocarburos y es competitiva solo en el mercado de armamentos. Además, a pesar de las amenazas de guerras comerciales y de retorno del proteccionismo, la retórica le gana por ahora a la acción. Hablar de Guerra Fría implicaría negar la compleja red de interacciones múltiples e interdependientes creadas por la globalización y que constituyen el principal obstáculo para volver a las andanzas del nacionalismo económico.

Lo que existe hoy es una "paz caliente". Un escenario intrincado, con tensiones crecientes entre países y episodios puntuales, en el que se despliegan y utilizan fuerzas militares que no siempre conducen a una guerra. Conflictos geopolíticos como Afganistán, Irak, Ucrania y Siria, con intervenciones directas o indirectas por parte de Occidente y Rusia con la intención de debilitarse mutuamente. Vladimir Putin es consciente de sus limitaciones y del enorme territorio rodeado de potencias nucleares que debe defender. Por eso, pretende un equilibrio de poder en Medio Oriente que mantenga a las dos potencias regionales con pasado imperial, Turquía e Irán, luchando por su respectiva influencia de forma indefinida, de modo que ninguna de ellas aspire a desafiar los intereses rusos.

De hecho, si la guerra civil de Siria se transformara en una conflagración más amplia, sería por el choque de intereses turco-iraníes más que por los ataques aéreos occidentales o las feroces tácticas de Al-Assad para aferrarse al poder. Mientras tanto, Turquía continuaría su incursión en el norte de Siria con el pretexto del fortalecimiento de los grupos insurgentes kurdos e Irán avanzaría en su programa misilístico y la construcción de bases y proxies a lo largo del territorio sirio, lo que justificaría los bombardeos disuasivos de Israel, con la abierta simpatía de Arabia Saudita.

En el marco de esta "paz caliente", los ataques aliados a las instalaciones de armas químicas que observamos por los medios el pasado fin de semana, breves y quirúrgicos, constituyeron una declaración política contra Rusia. Lo prueban también las ausencias. China estuvo al margen de cualquier confrontación retórica o material. Alemania condenó el uso de armas químicas, pero rechazó participar de los bombardeos por tener una relación más compleja, tanto con Rusia como con Irán.

Las potencias occidentales pretenden mantener un equilibrio de poder. Este ataque no modifica la balanza en el sangriento conflicto sirio. Puede argumentarse que tuvo motivos ajenos a esta guerra civil. Recordemos los imperativos de política interna. Donald Trump, asediado por escándalos de corrupción y la anarquía de un gobierno disfuncional y caótico, necesita presentarse como un líder fuerte, que utiliza su poder de disuasión, para diferenciarse de su antecesor y su fallida intervención en Siria (más el desastre en Libia). La débil Theresa May, enredada en el laberinto del Brexit, prefiere que Europa se focalice en las amenazas externas, mientras se profundiza la inestabilidad en Escocia y en la frontera con Irlanda del Norte. Emmanuel Macron necesita una victoria política para compensar su acelerada pérdida de popularidad luego del fin de la luna de miel y el desgaste derivado de la trabada reforma laboral. Puede sonar desagradable, pero todos satisficieron esos objetivos al "módico" precio de un bombardeo que duró un par de minutos. Algo más serio les hubiera implicado costos enormes: ninguno buscó la autorización de su respectivo Parlamento. Esto también es funcional a Putin, a quien no le alcanza ni su holgado triunfo electoral para compensar las consecuencias del estancamiento económico de un país atrapado en los típicos dilemas de los productores de petróleo. Nada mejor que recurrir al nacionalismo en defensa de la madre Rusia.

Para la política exterior argentina (en materia de defensa no podemos agregar nada por la debilidad de nuestras fuerzas armadas) se libran dos guerras en simultáneo: una militar por el territorio sirio y una de relaciones públicas entre Rusia y Occidente, en la que Siria es solo un pretexto. El marco de la "paz caliente" podría constituirse en una guía de acción útil para nuestra diplomacia como complemento preventivo para navegar las incertidumbres de un mundo geopolíticamente inestable, militarmente peligroso, políticamente anárquico, socialmente fragmentado y económicamente interdependiente.

Nada parecido a lo que soñaron los Beatles ni a lo que aspiramos como sociedad. Pero es el contexto en el que nos toca vivir.

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