Suscriptor digital

El efecto más nefasto de la posverdad

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
(0)
21 de abril de 2018  

"La frase que sigue a continuación es verdadera. La frase anterior es falsa."

Esta es una de las formas que adopta la paradoja del mentiroso, antigua trampa mental que conocemos desde Euclides. Y más vale que nos vayamos habituando a ella, porque si creemos que lo peor de las fake news es la manipulación ideológica, estamos muy equivocados. Las noticias falsas difundidas a escala global, principalmente por medio de esa cámara de eco que son las redes sociales, tienen un efecto todavía más devastador.

Dudar es sano. Es lo que hacemos a diario los periodistas, los fiscales, los médicos, los detectives o cualquier profesional que deba alcanzar algo más o menos cercano a la verdad. Una misión así requiere instalar el ejercico de la duda sistemática.

No es que dudemos todo el tiempo de todo. Pero la célebre frase del doctor House ("everybody lies") es un reflejo de tal condición. Hiperbólicamente, House revela la regla número uno de su trabajo: dudar. El paciente dice que no consume drogas, que no ha viajado al extranjero en los últimos 30 días, que no hay antecedentes de leucemia en su familia, etcétera. Está sufriendo, está postrado, es la víctima y por lo tanto inspira compasión, pero nada de eso garantiza que esté diciendo la verdad. Por eso, House suele no hablar directamente con los pacientes. No quiere sentir esa compasión que podría nublar su mente. Ni siquiera se viste como un médico. Porque para curarlos necesita alcanzar el diagnóstico correcto, necesita alcanzar la verdad. Necesita dudar.

Un asunto energético

Dudar es tan sano como difícil. De hecho, dudar es por completo antinatural. No porque seamos una especie ingenua, sino porque, como todos los seres vivos, cada una de nuestras acciones consume energía; incluso pensar.

La cantidad total de energía en nuestro ecosistema (y, por lo que sabemos, en el universo en general) no es infinita. Dudar demanda más energía que creer, en el sentido de que si veo pasar por la Redacción un elefante y lo tomo como algo real, el esfuerzo neuronal va a ser bajo en comparación con ponerme a pensar si estoy soñando o, en caso de que no sea un sueño, cómo hicieron para subir un elefante a este piso (para empezar).

Pero un elefante en la Redacción de un diario es algo realmente raro. Es lógico que nos pongamos a pensar qué ocurre. Lo que resulta inviable es dudar todo el tiempo de todo. No hay energía suficiente para hacerlo, y casi con entera seguridad, tampoco habría tiempo.

Dudar es sano, pero muy difícil. En especial cuando debemos dudar en condiciones adversas. Por ejemplo, con un paciente que se está muriendo. Sobre todo, es difícil dudar con la intención de dejar de dudar. House no duda hasta que el paciente pasa a mejor vida o se cura solo, sino hasta que descubre el origen de su enfermedad.

Hay, sin embargo, una forma de duda de bajo consumo. Consiste en no creer en nada. Aunque es una imagen especular de la ingenuidad, en ciertos círculos queda bien y lo hace parecer a uno mucho más inteligente de lo que en realidad es. Pero, más allá de esos invernaderos de microclima controlado, no creer en nada ni en nadie es imposible. La razón, de nuevo, es energética.

De mutuo acuerdo

El que la va de escéptico recalcitrante en realidad está fingiendo. Como mínimo, necesita creer en la duda sistemática. Si realmente no creyera en nada, ni siquiera podría creer en la duda como método. Además, como se verá enseguida, una persona que no cree en nada simplemente quedaría paralizada.

En toda sociedad humana hay un número de contratos y garantías para sellar una cantidad de acuerdos comerciales y sociales. Pero a nadie se le ocurriría responder a un:

-¿Querés casarte conmigo?

Con un:

-Mandámelo por escrito por favor, y con tu firma certificada ante escribano.

Cuando dejamos el auto en el estacionamiento nos dan un papelito que vale unos pocos centavos. Pero sabemos (y eso es una forma de creer) que el negocio de ese local no es robar autos. Por eso no labramos un acta notarial toda vez que dejamos nuestro coche.

Tampoco le hacemos un test de alcoholemia al piloto del avión que estamos por tomar. Confiamos en los controles de rigor. Es cierto que en algunos (poquísimos) casos esos controles fallan, pero no es menos cierto que las autoridades del aeropuerto no sólo no nos permitirían ejecutar ese control por mano propia, sino que la industria aérea no sería posible si todos los pasajeros de todos los vuelos tuvieran la misma pretensión. Además, perdón por la desconfianza, ¿pero por qué deberíamos creer en que el alcoholímetro que compramos está bien fabricado y calibrado? ¡Deberíamos hacer todo eso nosotros mismos!

El escéptico serial se toma el trabajo de escoger cuidadosamente lo que resulta políticamente correcto poner en duda. A este esfuerzo estéril dedica su existencia y, por lo tanto, sus dudas se circunscriben a un espectro muy acotado. Fuera de allí, como el resto de nosotros, su vida se basa en creer, no en dudar.

¿En serio?

Por eso, refinaré mi planteo inicial. Dudar es sano para alcanzar la verdad. Puede sonar ambicioso eso de "alcanzar la verdad", pero, sin entrar en detalles, por verdad me refiero a descubrir que el sujeto tiene una patología metabólica y no, por ejemplo, un cáncer. Las ciencias, la lógica o una Redacción tienen su definición pragmática de lo que es verdad en condiciones reales. Verdad es algo de lo que podemos exhibir pruebas; un experimento que se puede replicar y siempre dará el mismo resultado; una expresión que respeta ciertas reglas formales, etcétera. Así definido, alcanzar la verdad es difícil, pero posible. Aunque, por supuesto, queda super bien discutir incluso la existencia de algo llamado verdad. Sólo que cuando el paciente agoniza no tenés tiempo para filosofar.

Pero es precisamente ese el efecto fatídico de las fake news sobre una sociedad: pone en tela de juicio que exista cualquier forma de verdad. Por eso han acuñado el término perverso, esquinado y aberrante de "posverdad".

Cuando circulan tantas noticias falsas, y puesto que es imposible dudar todo el tiempo de todo, simplemente caemos en la segunda ingenuidad; no creemos en más nada. Ya no hay más noticias verdaderas ni noticias falsas. Todo es mentira, punto. O, posverdad, que queda mejor.

Es perfectamente natural que ocurra algo así. No tenemos ni el tiempo ni la energía (o sea, no nos pagan) para investigar qué es cierto o cuál es la noticia que se acerca más a la verdad. Da bastante trabajo hacer un análisis realista de un rumor, como aquél que se difundió en 2016 por WhatsApp y según el cual había una epidemia de dengue de proporciones bíblicas en la Ciudad de Buenos Aires. Otro tanto ocurrió con la así llamada cheta de Nordelta, cuya manipulación desmenucé aquí.

Cuando el periodismo nació, más de 4 siglos atrás, nuestra misión era sólo la de informar. Puesto que los señores feudales, reyes y emperadores tenían el control completo sobre lo que se difundía, cualquier información que no surgiera de la propaganda estatal valía oro. Había nacido lo que hoy conocemos como periodismo independiente.

Cuatrocientos años después el escenario es muy diferente. La información circula libremente, es una commodity. Es decir, una materia prima que se distribuye a granel sin poner demasiado énfasis en su calidad, siempre y cuando cumpla con un estándar mínimo. El problema es que un titular no es una tonelada de trigo o un barril de petróleo. Mejor o peor, el trigo o el petróleo de todos modos servirán para hacer harinas o naftas.

Para alcanzar el estándar mínimo de calidad con la información no es suficiente con que la noticia sea plausible, con que suene realista, con que parezca ser cierto. Pero como se ha comoditizado, como pusimos la información a la altura del cobre o la soja, confundimos fácilmente una mentira plausible con una noticia verdadera. Allí es donde hinca sus colmillos la posverdad, pero es allí también donde el periodismo tiene sus músculos más ejercitados. Los periodistas no somos infalibles, por la sencilla razón de que somos humanos, pero tenemos un riguroso manual de procedimientos.

¿Qué les digo a mis alumnos en la facultad? Que el periodismo no es sólo informar. Informar es el grado cero del periodismo. Nuestro trabajo hoy es refinar esa materia prima. Aunque me encanta Twitter, está lejos de ser un medio de información confiable. Leer las noticias exclusivamente en Facebook es como cargar el tanque con el petróleo recién salido del pozo. O como elegir un médico porque es el que nos da los diagnósticos más optimistas. ¿Qué podría salir mal?

Refinar la información significa un montón de cosas. Entre otras, verificarla siempre, invariablemente, impiadosamente; ponerla en contexto (hoy se difunden muchísimos más datos que en el siglo XIX, por ejemplo, y viajan más rápido); analizarla; plantear puntos de vista; opinar. Opinar en una Redacción no es decir lo primero que a uno le viene a la cabeza, así, de una, motivados por una sensación o por nuestros prejuicios o emociones. Es el resultado de un proceso realmente complejo (y largo) en el que muchas veces uno cambia de idea al oír todas las voces, al sumergirse muy profundamente en los datos. Los griegos usaban dos palabras para diferenciar ambas formas de opinión. En una Redacción, lo sabemos bien, opinar es casi siempre un camino de transformación personal.

Si el periodismo de investigación revela, la opinión desvela, y ambos fomentan el pensamiento crítico; y a los gestores de la posverdad el pensamiento crítico no les gusta ni un poco.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?