Hilarante distancia entre lo que se dice y se piensa

Verónica Pagés
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21 de abril de 2018  

Sin filtro. Libro: Florian Zeller. Versión y traducción: Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Dirección: Marcos Carnevale. Intérpretes: Gabriel Goity, Carola Reyna, Carlos Santamaría y Muni Seligmann. Escenografía: Alicia Leloutre. Iluminación: Matías Sendón. Vestuario: Ana Markarian. Asistente de dirección: Florencia Ravera. Sala: Paseo La Plaza. Duración: 90 minutos. Nuestra opinión: muy buena

A veces es difícil dejar los prejuicios de lado. Si ya sabemos que en el escenario hay dos parejas que se reúnen a cenar, lo primero que se viene a la cabeza es "¡otra vez!". Pero, nobleza obliga, si bien en Sin filtro hay, efectivamente, dos parejas que se reúnen a comer y sus encontronazos son uno de los disparadores de la trama de esta comedia, el hilado fino se dirige hacia otro lado. Hacia uno que por originalidad, pero sobre todo por estar muy bien jugado, es el motor hilarante de la narración. El "sin filtro" del título hace directa referencia a eso que se les pasa por la cabeza a los personajes y que por costumbre, por buenos modales, por represión o por miedo no dicen. Pero aquí esos pensamientos sí son escuchados por el espectador. Así, se contrapone sarcásticamente lo que dicen y lo que en verdad piensan o sienten esos mismos que hablan.

Este pequeño gag muestra algo de la esencia del matrimonio que forman Daniel (Gabriel Goity) y Valeria (Carola Reyna), quienes rondan los 50 años y -ya con hijos independizados- sobrellevan como pueden la rutina y los vaivenes del amor. El encuentro con Martín (Carlos Santamaría) y Eva, su joven novia (Muni Seligmann), pone en alerta al matrimonio que ve en su amigo -recién separado- una amenaza (ella) y un modelo a imitar (él).

Los invitados son un dechado de recién estrenada felicidad. Él, tan cincuentón como los anfitriones, ha rejuvenecido junto a esta belleza veinteañera llena de energía y vitalidad. En ese marco, se disparan todas las fantasías de Daniel sobre irse, encontrar un amor joven, viajar; y las de Valeria, sobre los posibles delirios de su marido. Nada demasiado novedoso si no fuera por este doble registro que pone en escena el autor y que aprovecha Marcos Carnevale en su rol de director. Es que todo está puesto en función del personaje que interpreta Goity. Es como si Zeller hubiese escrito el rol pensando en él y Carnevale lo hubiese rodeado de los mejores resortes para su lucimiento. Este Daniel le permite jugar al actor todo su histrionismo, poner en escena una sutil (y a veces no tan sutil) doble faz que hace estallar a la platea. Todos los personajes, en mayor o menor medida, juegan este juego del digo lo que debo, pienso lo que quiero. Pero es en el personaje de Daniel donde está más desarrollado y mejor ejecutado. En el resto se va diluyendo un poco con el transcurrir de la trama.

Es fácil identificarse en ese mecanismo al que se apela en la obra. Ese no mentir, pero sí cuidar que discurre en un borde tan finito todo el tiempo le da carnadura real a este matrimonio que sin dudas todavía se quiere, pero puede que esté un poco cansado.

Esas ambivalencias las llevan muy bien adelante Goity y Reyna, lo que deja un poco al descubierto cierta chatura en el trabajo de Santamaría y Seligmann; quizá no tanto por su propio desempeño sino por el papel que les toca interpretar. Sin duda, la carne en el asador la pone Goity, y Reyna acompaña con tremenda solvencia.

Como una apuesta fuerte para la cartelera, los productores no anduvieron con chiquitas a la hora de pensar en escenografía, iluminación y vestuario, y jugaron números seguros con Alicia Leloutre, Matías Sendón y Ana Markarian, respectivamente.

En definitiva, Sin filtro es absolutamente disfrutable y se lleva puesto cualquier prejuicio.

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