Un angustioso proyecto de reelección

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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21 de abril de 2018  

Cuando se terminen de procesar los datos recogidos los últimos días por los sondeos, se confirmará lo que se intuía: la aprobación del Gobierno desciende y las razones son la inflación y el aumento de tarifas. No se tratará de una caída estrepitosa, sino de una pérdida moderada, que no es la primera vez que ocurre. En promedio, la aceptación del Gobierno osciló en torno al 50%, si se omiten los dos o tres meses posteriores a los éxitos electorales de Cambiemos, en 2015 y 2017, cuando fue más elevada. Estos valores se encuentran entre los más altos de la región y contrastan con los de países como México y Brasil, entre otros, que poseen gobiernos desprestigiados en el marco de una profunda crisis de confianza en las elites y las instituciones. ¿Cómo se leerán, no obstante, los datos argentinos? Probablemente el Gobierno, disimulando su preocupación, dirá que no es grave -sería una expresión del "nopasanadismo" que mencionó con penetración e ironía Claudio Jacquelin en este diario-; la oposición, en cambio, afirmará con tono admonitorio que es el principio del fin de un programa regresivo.

¿Por qué empezar por las encuestas, ese azote indispensable de las democracias actuales? La respuesta es sencilla: en primer lugar, porque son el principal sensor del proyecto de Cambiemos, que es la reelección presidencial; en segundo lugar, porque la naturaleza de ese proyecto es política, no económica. Las razones políticas del voto son de índole emocional e imaginaria: la confianza en los líderes, la expectativa de un futuro mejor, el rechazo a la oposición. Las causas económicas, en cambio, aluden al visceral bolsillo. Como se ha recordado en esta columna, la casuística enseña que el voto económico no siempre prevalece sobre el voto político. Macri, del que se dijo que no sabe hacer política, es un líder sostenido, paradójicamente, por razones propias de esa esfera. Si no fuera así, resultaría inexplicable su popularidad relativa luego de que la economía, aun creciendo, no benefició de manera tangible a las familias, como ocurrió en los primeros años de la convertibilidad y en los tiempos de esplendor del kirchnerismo. El Presidente, dicho en términos lindantes con el psicoanálisis, es un producto del deseo, no de su satisfacción. De ese deseo de superación, hablan mejor las encuestas y los focus; de la economía, las estadísticas duras.

Que la lógica de Macri para retener el poder priorice la política y no sanar de una vez la macroeconomía escandaliza a los ortodoxos y desilusiona en secreto a los funcionarios adheridos a esa doctrina. Dardo Gasparré, un representante inteligente aunque hiperbólico de la ortodoxia, escribió hace poco un artículo emblemático: "El problema económico es la reelección". Recurre a una cita de Tocqueville en contra de la reelección de los presidentes, que según el francés los condiciona para tomar medidas duras cuando son necesarias. Tal vez Gasparré tenga razón en ese punto, pero no quiere ver este otro: con reelección o sin ella, el programa que defiende, basado en la compulsión a reducir el gasto público, surge de una ideología que menosprecia la historia política e institucional, la estructura social, los sindicatos y las nociones de justicia y ciudadanía, valores del peronismo y el radicalismo que contribuyeron a la conciencia de los derechos populares, más allá de facilismos, estafas y engaños. Asumiendo ese contexto, el gradualismo, que ofende a los ortodoxos, no es solo una receta incierta para reformar la economía, es una aceptación realista de la cultura de este país.

Acaso Gasparré y Macri piensen lo mismo sobre el gasto, solo que el primero permanece en la abstracción, mientras que el otro vive seducido y atribulado por la pasión del poder y la política, una actividad a la que se le puede endosar el oxímoron con que la patrística se refirió a la Iglesia: casta meretrix. Dedicarse a la política, como lo consagró Max Weber, implica un pacto con el diablo. Ese diablo evoca, antes que la maldad, el daimon de los griegos, que significa la asunción del destino personal con sus contradicciones y riesgos. En ese trance se dirimen los sistemas de valores, los contenidos programáticos, las opciones entre principios en pugna, el camino de la justicia o la opresión social. En la escena pública, donde se desarrolla este drama, juegan sus cartas los pueblos y sus líderes, se llamen Macri, Lula, Piñera o Kirchner.

En una época de recursos insuficientes, capitalismo sin igualdad y desencanto cívico, Macri construye una estrategia de reelección signada por la angustia, en sentido etimológico: un camino angosto y dificultoso. Cuestionado a izquierda y derecha, en medio de un laberinto de problemas de difícil solución, se abre paso sustentándose en creencias más que en hechos, en deseos más que en satisfacciones. En los próximos meses, la sociedad argentina, que se debate entre la esperanza y el sufrimiento, dará el veredicto que determine si es posible o no que triunfe este proyecto.

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