River, tu grato nombre

Es difícil resumir una historia de 100 años en un libro y mucho más lo es extraer de allí, arbitrariamente, sólo algunos momentos. Lo primero se logra con éxito en River, el campeón del siglo, todo su fútbol, un voluminoso tomo que sale a la calle para conmemorar el centenario millonario. Lo segundo se intenta aquí
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15 de abril de 2001  

El nacimiento de River Plate

Los adversarios cada vez eran más duros para La Rosales y Santa Rosa. Llegaban al barrio desde distintos puntos de la ciudad y se entreveraban en partidos intensos y de complicada resolución. Los dos conjuntos del Riachuelo, con fama de imbatibles, debían luchar más y más para mantener el liderazgo. "¿Y si nos fusionamos?", dijo una tarde Isidoro Kitzler. La intención comenzó a analizarse seriamente y el acuerdo llegó rápido. Otra vez empezaron a barajarse nombres para la nueva entidad. Livio Ratto propuso el de Forward. Bernardo Messina, el de Juventud Boquense. Carlos Antelo, el de La Rosales. Pedro Martínez, el de River Plate. ¿Por qué River Plate? Mientras se construía el dique 3, Martínez había visto a unos marineros dejar de lado unos gigantescos cajones -lo que llevaban adentro era un misterio para todos- y ponerse a jugar a la pelota en un momento libre. A Martínez le llamó la atención la inscripción que figuraba en esos cajones: The River Plate. Y de ahí tomó la idea del nombre.

La banda roja

Una noche de carnaval iba llegando pacientemente a su fin.

Por ahí, lentamente, un viejo carro se asomó también en busca del lugar de descanso. De la parte de atrás del carro colgaba, desprolijamente, una cinta roja de seda. Y ese detalle es el que apreció un quinteto de pibes. "Vamos a sacársela" , dijo uno de ellos. "No, no... Si nos ve el carrero nos mata", terció otro. Pero el que llevaba las riendas estaba demasiado entregado como para pensar en las travesuras infantiles. Y entonces triunfó la mayoría. Los atrevidos, los que no tenían miedo. Uno largó el manotón justo y el resto salió corriendo, contentos tras la hazaña. La cinta roja estaba en sus manos.

Esa acción, claro está, tenía un motivo: adosarle un detalle de color a la camiseta blanca que hasta ese momento servía para identificar al equipo de River Plate. Primero la cruzaron en diagonal, a modo de banda, y la prendieron con alfileres.

A la Boca

En 1915 llegó el momento esperado: la inauguración del estadio ubicado en la manzana delimitada por las calles Pinzón, Caboto, Aristóbulo del Valle y Pedro de Mendoza, que fue todo un i lacontecimiento para la época. Fueron ocho años muy importantes para el despegue de River, tanto en lo deportivo como en lo social. Fue el hecho que marcó a fuego la eterna rivalidad entre River y Boca la que perdurará por los siglos de los siglos.

El viaje al Norte

La penúltima mudanza de River se realizó en 1923. Fue, sin duda, uno de los pasos más significativos en la historia de la entidad, el que marcó a fuego su futuro: el traslado al norte de la ciudad, más precisamente a la cancha de la avenida Alvear y Tagle.

Un día, el entonces presidente del club, José Bacigaluppi, en una reunión de la Comisión Directiva, que más que un cónclave orgánico era un encuentro de amigos, lanzó la idea: "¿Por qué no nos mudamos de la Boca?" Sus compañeros lo miraron perplejos. Se escuchó que alguien refunfuñó: "¿Salir de la Boca? ¿Para ir adónde?" Y ahí sí, Bacigaluppi sacó el as de la manga: "Vi unos terrenos amplísimos en Alvear y Tagle. Si nos apuramos, conversamos con la gente de Ferrocarriles y sacamos un buen precio, los podemos alquilar..."

Los millonarios

El año 1931 no fue un bueno para River, futbolísticamente hablando. Terminó tercero, junto a Estudiantes (con 44 puntos), superado por Boca (el campeón, con 50) y por San Lorenzo (45). La irregular campaña motivó aún más a los dirigentes a seguir buscando jugadores para producir un verdadero impacto en la gente. Tanto que se ganaría el mote de Millonarios.

En 1932, apeló a su tesorería rebosante de plata, compró su pase por una cifra récord que sacudió el mercado: 35.000 pesos. Y Bernabé firmó un contrato por dos años con primas de 10.000 pesos. Eran números asombrosos para la época. El mote de Los Millonarios se robustecía plenamente.

Pero la contratación de Ferreyra no fue la única en 1932 que, finalmente, vio a River campeón por primera vez en el ciclo rentado. Pagó 22.000 pesos por Juan Arrillaga, de Quilmes (con una prima de 3000 pesos y 350 por mes para el jugador); 18.000 por Alberto Cuello, de Tigre (6000 de prima y 350 mensuales); 15.000 por Carlos Santamaría, de Platense (5000 de prima y 350 por mes); 8000 por Oscar Sciarra, de Ferro y 2500 pesos por Roberto Basílico, de Atlanta. ¿El total de lo gastado? 100.500 pesos...

Bernabé Ferreyra

¿Cómo se puede definir a Bernabé Ferreyra? Algunas referencias sirven para ir acercándose lentamente a uno de los más grandes personajes del fútbol argentino:

  • Era respetuoso adentro y afuera de la cancha. Hombre de pocas palabras, pero de frases contundentes. Y de buen humor, como la mayoría de los paisanos.
  • No impresionaba por su físico: medía 1,75 metro y pesaba 76 kilos. Calzaba el número 40 y tenía el empeine muy alto.
  • Llamaba la atención la delgadez de sus piernas: parecía mentira que en ellas, especialmente la derecha, pudiese haber tanta fuerza, .semejante potencia.
  • En Rufino jugaba descalzo. "Para sentir la pelota, para jugarla bien, no hay nada mejor que el pie descalzo", explicaba. Le molestaba calzarse los botines de la época.
  • El Monumental

    En octubre de 1934 se firmó el boleto de compra de los terrenos (83.950 metros cudrados, 35.000 de ellos cedidos por la Municipalidad) donde se iba a levantar el nuevo estadio, en Núñez. Como por allí debía pasar la avenida Centenario como camino nacional, River quedaba exento del pago del afirmado.

    Mayo, el mes de River, mayo de 1938,fue tiempo de inauguración. El miércoles 25, cerca de ocho mil personas presenciaron la entrega de una bandera argentina y otra del club, costeadas por un grupo de asociados, y entonaron el Himno Nacional y la marcha de River. Y al día siguiente, jueves 26, la fiesta inolvidable reunió a cerca de setenta mil emocionados espectadores. Con la presencia amiga de Peñarol de Montevideo, que otra vez -al igual que cuando se habilitó la cancha de la avenida Alvear y Tagle- se acercó para entregar su aporte al espectáculo. Entre los dos armaron un amistoso, con las tribunas colmadas de gente y vibración. Un amistoso que ganó River por 3 a 1.

    La Máquina

    La Máquina, el nombre mágico que iluminó los años 40. La Máquina, el equipo que le dio al fútbol una brillantez inédita. La Máquina, el quinteto -Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau- que aún hoy recitan de memoria los que lo vieron y los que no lo vieron. Casi no hace falta la identificación: decir La Máquina es decir el fútbol mismo.

    ¿Cómo nació La Máquina? Los testimonios de sus integrantes -en el presente capítulo- dan cuenta de las vivencias personales, de las anécdotas, de los hechos que fueron moldeando a un River único. La referencia histórica y precisa permite profundizar sobre el origen y la consolidación de un cuadro que interpretó el fútbol como ninguno, que llenó estadios y se aburrió de ganar campeonatos. Que disfrutó adentro e hizo disfrutar a los de afuera.

    Vale escuchar a Juan Carlos Muñoz, uno de los integrantes de aquel equipo casi ideal: "Nos complementábamos a la perfección. La defensa se movía con una gran sobriedad. Rodolfi la manejaba como 5 y de ahí en adelante aparecíamos nosotros. Moreno era el despliegue espectacular, tenía un físico privilegiado, iba y venía. Era 10, luego 8, y siempre la rompía. Adolfo empezó a tirarse atrás, por un problema en la rodilla, y desde allí manejaba los hilos. Loustau hacía todas: bajaba, auxiliaba a todos, desbordaba, se frenaba en una baldosa y desairaba a los defensores. Labruna no se equivocaba nunca en el área: cuando agachaba el lomo, pasábamos a cobrar. ¿Yo? Era muy gambeteador y por eso me morfaba cada grito".

    José Manuel Moreno

    "José Manuel Moreno fue el mejor jugador que vi en mi vida. Y por varios cuerpos. Tenía todas las virtudes: una formidable habilidad, le pegaba con las dos piernas -no con potencia pero sí con una gran precisión-, cabeceaba y lo hacía con tanta violencia que parecía que pateaba de voleo, tenía aire de sobra. Jugaba con alegría y era guapo. Casi nada, ¿no?" La definición le pertenece al maestro Adolfo Pedernera y es toda una síntesis. Porque más allá de la amistad que los dos alimentaron cada día, más allá de haber caminado la vida por los mismos senderos, más allá del respeto mutuo, Adolfo nunca se caracterizó por dispensar elogios gratuitos.

    Moreno nació en la Boca, el 3 de agosto de 1916, en el seno de una familia compuesta por un padre agente de policía (José Moreno), una madre ama de casa (Malvina Fernández) y tres hermanas mayores.

    Angel Labruna

    Polémico dentro y fuera de la cancha. Goleador del principio al fin. Ganador desde siempre, como jugador y como técnico. Nadie per-maneció indiferente ante su figura. Supo despertar amores incondicionales -de los hinchas de River- y rencores manifiestos -de los rivales- casi al mismo tiempo. Así fue Angel Amadeo Labruna, aquel hijo del italiano -de Avellino- don Angel, el relojero del Barrio Parque.

    Angel había nacido el 28 de septiembre de 1918 en Las Heras y Bustamante, muy cerca de la cancha de River de Alvear y Tagle. Y en ese barrio creció y aprendió a pegarle a la pelota en favor de la complicidad de su madre. Doña Amalia le pasaba un paquetito con ropa vieja para que no ensuciara los pantalones y los zapatos de salir y para que don Angel no se diese cuenta de sus travesuras detrás de su amiga de toda la vida: la pelota de fútbol.

    La antológica triple corona

    Todos tenían en la cabeza, cuando se iniciaba la temporada 57, igualar el récord de Racing. Había que lograr la triple corona. Que sumada al bicampeonato 52-53 entregaba al fútbol una campaña inigualada: cinco títulos en seis años. La única incógnita que se instaló en el pecho de los hinchas y de los dirigentes tenía que ver con la ida de Enrique Omar Sívori, vendido en 10 millones de pesos a la Juventus. Su carisma y su capacidad goleadora ya se habían instalado en el club y se dudaba de que el dinero obtenido, que iba a financiar la construcción de la cuarta tribuna, fuera su-ficiente como para hacer olvidar su figura. El dolor que los hinchas sintieron en el pecho cuando el 27 de mayo de 1957 Sívori se despidió del club había quedado atrás. La gloria deportiva y la cuarta tribuna que se venía alzando sin tregua, eran suficiente consuelo para los simpatizantes. Nadie podía imaginar que ese título, el de 1957, que esa seguidilla interminable de alegrías, marcaría el final de una etapa llena de éxitos y el comienzo del ciclo más oscuro del club en lo deportivo.

    Walter Gómez, Amadeo

    "La gente ya no come por ver a Walter Gómez"... El canto surgió espontáneo, como suele surgir en la ingeniosa mente de cualquier habitante de la tribuna. Surgió así, un día cualquiera, pero se quedó para siempre en la historia. Y en aquellos inolvidables años 50 se convirtió casi en un himno.

    "Siempre había jugado de insider derecho (número 8) hasta que Minella me probó como centrodelantero en un partido ante Estudiantes que empatamos 1 a 1 con un gol mío de cabeza. Me pude adaptar rápidamente al nuevo puesto, porque después me pusieron a Prado de un lado y a Labruna del otro. Y también llegó Vernazza a primera. Sívori debutó un poco más tarde, en 1954. Salimos campeones en el 52, 53 y 55."

    Su nombre le ganó, ampliamente, al apellido. Como hablar de Adolfo es hablar de Pedernera, nombrar a Amadeo es nombrar a Carrizo. Así de simple, así de fiel. ¿Quién puede decir Amadeo y pensar en alguien que no es él, que no es Carrizo? Casi nadie, al menos en el fútbol, ni siquiera hoy cuando sus monumentales atajadas están archivadas en la memoria desde hace más de dos décadas.

    Fue un precursor. El inventor de un estilo, el del arquero jugador.

    Labruna, técnico

    Después de la espectacular década del 50, donde se ganaron -por ejemplo- cinco campeonatos en seis años, llegó una largo tiempo sin alegrías grandes, hasta 1975.

    La revolución futbolística comenzó en enero de ese año con la contratación de Angel Labruna como técnico. "Vengo a River para salir campeón", fue lo primero que dijo el flamante conductor del plantel, un ganador de aquellos en su época como jugador, un ganador que también había empezado a dejar sus marcas con el buzo de DT (Defensores de Belgrano, Platense, Talleres de Córdoba). La idea de Labruna fue clara desde el mismo momento de su asunción: mezclar la juventud que ya había en el grupo de jugadores con la experiencia que faltaba y que debía llegar, forzosamente, de afuera. Tres experimentados futbolistas recalaron en Núñez: Roberto Perfumo, proveniente del fútbol brasileño; Miguel Angel Raimondo, de Independiente, y Pedro González, desde Perú. Una voz de mando en cada línea, como quería Angel. Ellos llegaron, afrontaron las críticas que hablaban de ciclos terminados, y fueron terminantes: "No venimos a robar", repitieron casi a coro.

    River se coronó campeón, en la noche del 14 de agosto, con un conjunto integrado por elementos amateurs. Venció 1 a 0 a Argentinos Juniors, en Vélez, con un zurdazo matador de Rubén Bruno, un puntero izquierdo que -imprevistamente- quedó en la historia.

    Norberto Alonso

    Alguna vez, después de aquel fantástico e inigualado gol a Pepe Santoro, allá por el`72, cuando gambeteó al arquero de Independiente con un amague de cuerpo, sin tocar la pelota, y la fue a buscar por el otro lado para tocarla suavemente con la zurda mágica al fondo de la red, dijeron que Pelé era el Alonso negro. Esa misma jugada la había intentado hacer el notable brasileño en el Mundial 70, ante el uruguayo Mazurkievicz, pero la definición fue fallida: el remate, por centímetros, se perdió desviado.

    De América y del mundo

    Una de las asignaturas pendientes de River era la Copa Libertadores y la obtuvo el 29 de octubre de 1986. La deuda con la historia quedó cumplida. Los hombres de Héctor Rodolfo Veira llegaron a Japón en los primeros días de diciembre de 1986. El objetivo era uno: conseguir la Copa Intercontinental, el único título que, en ese momento, no estaba en las vitrinas del estadio Monumental. El rival no era conocido, se llamaba Steaua Bucarest. El 14 de diciembre once jugadores con la banda roja en el pecho se pararon frente a sus rivales de camiseta celeste en el imponente Estadio Nacional de Tokio, ante 62 mil personas. Nery Pumpido; Jorge Tordillo, Nelson Gutiérrez, Oscar Ruggeri, Alejandro Montenegro; Héctor Enrique, Américo Rubén Gallego, Norberto Osvaldo Alonso, Raúl Roque Alfaro (luego reemplazado por Daniel Sperandío); Antonio Alzamendi y Juan Gilberto Funes. El partido terminó 1 a 0 para River con un gol conseguido por Antonio Alzamendi, a los 28 minutos del primer tiempo, después de una rápida jugada de Norberto Alonso.

    Los maravillosos 90

    Estos maravillosos 90 marcan la década en la cual se consolidó el liderazgo, profundizando la hegemonía tradicional de River Plate en el fútbol argentino, con la gestión de una conducción política que dio la máxima importancia a las divisiones inferiores -las dos transferencias más grandes del fútbol argentino corresponden a valores surgidos del semillero-: Ariel Ortega y Matías Almeyda. Una década en la cual se apostó a técnicos con pasado riverplatense (Daniel Pasarella, Américo Gallego y Ramón Díaz) y en la cual se jerarquizaron los planteles profesionales. El presente que vivimos y disfrutamos, pleno, ganador, fue felizmente acompañado por el ingreso de un importante número de socios nuevos, los que junto a los simpatizantes respaldaron los logros de los que hablábamos renglones arriba: seis títulos locales y una Copa Libertadores en seis años, ni más ni menos.

    Francescoli y Saviola

    "Alguna vez volveré a River, de eso estoy seguro", dijo cuando se fue a mostrar su fútbol de galera y bastón a Francia. Y volvió Enzo Francescoli. Regresó para el Apertura `94 y la gente, el hincha de River, lo recibió como si nunca se hubiera ido. Volvió menos explosivo, menos veloz, pero con más oficio, con más panorama, con más ascendencia. Volvió, al cabo, para ser goleador y para ser campeón. Volvió a lo grande, Enzo Francescoli.

    Se ruboriza Javier Saviola: "Pensar que yo era alcanzapelotas en el Monumental y hacía lo imposible por ver de cerca a Francescoli y Ortega, mis ídolos. Me fijaba en lo que hacían ellos, trataba de imitarlos. Todavía no puedo creer todo lo que me pasó en tan poco tiempo... Si lo pienso, me vuelvo loco". Pero el Pibito sigue con los pies sobre la tierra: "Sé que si pierdo la humildad, pierdo todo", afirma.

    (Datos y fotos del libro River, campeón del siglo. Autor: Miguel A. Bertolotto. Editor: Jorge Scarfi.Diseño: Diego Barros)

    Doble vida

    Por Orlando Barone *

    De entre todos los hinchas de Boca debo ser el único que no soy brutal con River. Es más: alguna vez en mi infancia sentí que podía haber cambiado de cuadro. Me salvó de la tentación haber sido hincha de Boca. Es como haber pasado por la mayor prueba que puede pasar un hincha para llegar a merecerlo. Mi familia se había mudado de La Boca a Núnez, a diez cuadras de la cancha. Mi madre y mis tías eran de River; el resto, de Boca. Mi padre había jugado en la cuarta junto a Cherro. Los domingos, aquellas fanáticas mujeres me llevaban al Monumental a las 11 de la mañana y me traían de regreso a las 6 de la tarde después de hacerme ver jugar a la tercera, a la reserva y a la primera. Desde la platea de socias, donde ellas se ubicaban, vi durante años a Labruna convertir aquel gol simbólico antes del partido metiendo la pelota de chanfle. Qué delicadeza la de aquel jugador feo que mis tías y mi madre amaban como locas, y éste es el adjetivo adecuado. Las veo aún: debían ser jóvenes aunque a mí me parecían señoras grandes. Desde la tribuna popular les gritaban cosas que nunca debería haber oído un niño. Como socio y deportista llegué a representar al club en hockey sobre patines y natación. Y algo fantástico: varias veces fui elegido en el equipo de chicos que alcanzaban la pelota en primera. Se cómo era de cerca el Loco Loustau, que siempre me apuraba, che pibe, que le largara la pelota porque tenía que tirar el córner. A la barra de mi barrio, La Boca, no le contaba nada. Era una doble vida injusta: con la culpa del infiel que sin embargo nunca ha pecado. Porque yo hinchaba por Boca. Me aguantaba en silencio sin celebrar los goles para que ellas no sufrieran. Pero al terminar el partido, me miraban y me gritaban enojadas "¡Bostero!" Nunca entendí por qué me descubrían.

  • Columnista de Enfoques. Autor de Argentina Primer Mundo
  • Esa mano

    Por Jorge Palomar

    El mismo día en que su edad le dijo hoy vas a empezar a no saber qué hacer con tanto tiempo libre, mi padre dejó el cigarrillo. En casa todos coincidimos: -Viejo... ¿justo hoy que te jubilás vas a dejar de fumar? Su tenacidad gallega fue la respuesta a nuestra desconfianza. Nunca más volvió a prender un Jockey Club. Unos cuantos años antes de esto, mi padre, obrero gráfico, de pocas pulgas y palabras exactas, se descolgó con otra propuesta.

    -Mañana te llevo a la cancha de River, pero antes tenés que ayudarme a cortar el pasto de adelante. Casi ocho, contaba uno, y el pasto de adelante no era poca cosa. Pero el gusto por darse era tan enorme como los misterios por develar. ¿Los jugadores serán los mismos que en las figuritas? ¿Estará Amadeo? ¿Y el lunes tengo que ir a la escuela igual? Era una mañana radiante, aquel domingo. Siete cuadras hasta la estación Caseros, dos boletos a Palermo. Y el 15, hasta Núñez. Al rato, la marcha lenta por Quinteros hasta la cancha prometida, en medio de un tronar de bombos. Vos no te soltés de mi mano, me recordó mientras avanzábamos. Uno a uno, los escalones iban quedando atrás. Al llegar al último descanso, la mano derecha de mi padre, áspera de tantos años de tinta, papel y solvente, impregnada de olor a cigarrillo, tapó candorosamente mis ojos. Esa mano se deslizó luego hasta mi hombro. Al abrir los ojos, estalló un inmenso campo verde. Y las tribunas repletas. Y unos hombrecitos disfrazados de Sugus. Y un gordo que vendía chuenga. Y un flaco de bigotes finitos y dientes salteados a quien todos llamaban Sandrini, el jefe. Y la voz del estadio. Y Amadeo, revoleando la gorra. Saludándome. Porque me saludaba, seguro. Recuerdo esa mano impregnada de Jockey. Esa mano, aquel domingo de fútbol, fue como un telón: cuando me dejó ver, lo abracé y también pensé: esta cancha es mía. Para siempre.

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