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De Vido, querido, el pueblo está contigo

Carlos M. Reymundo Roberts
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21 de abril de 2018  

Acaso no haya mayor genialidad política que presentar la continuidad como un cambio. Miguel Díaz-Canel, también llamado Miguel No Castro, asumió la presidencia de Cuba y sus primeras palabras fueron que seguirá en marcha la revolución; alivio en los mercados globales. En el PJ, el nombramiento de Julio Bárbaro y de Carlos Campolongo como laderos de Luis Barrionuevo completa la broma de la jueza Chuchi Servini al intervenir el partido y garantiza homogeneidad etaria: los cuatro jinetes de la renovación tienen más de 70 años. Y al suavizar la forma de pago del ajuste tarifario, el Gobierno mostró su mejor perfil peronista: el sablazo sigue siendo un sablazo, pero ahora parece más amable. A veces, el gradualismo es populismo por otros medios.

Ojo, que no se me interprete mal: había que hacerlo. Nunca estuve de acuerdo con que nos regalaran la electricidad, el gas y el transporte. Los Kirchner no querían que gastáramos en eso para que pudiéramos cambiar el televisor, comprar el último celular y poner aire acondicionado hasta en los baños. El boom del consumo, tan simpático, estaba basado en un monumental déficit fiscal, que exacerbó la inflación, y en la destrucción del aparato energético, por falta de inversiones. Además, claro, del gigantesco esquema de corrupción que iba atado a la política de subsidios para todos. Lo esencial es invisible al votante, pensaba el principito Julio De Vido: que la gente crea que está viviendo bien. Parecía que consumíamos y en realidad nos estábamos consumiendo.

Ayer, una nota de Jorge Liotti en LA NACION contaba que en Montevideo el consumo promedio mensual de gas entre junio y agosto es de 62 m3, contra 109 m3 en Buenos Aires, que tiene el mismo clima. La explicación no es que allá toman el mate más caliente, lo cual les templa el espíritu, sino que acá la tarifa es 134% inferior. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos con don Julio por habernos enseñado a dilapidar el gas y la electricidad. Mientras el mundo va hacia el ahorro de energía, él nos llevaba por el camino contrario. Ahora pasará su primer invierno en prisión. Bien calentito.

Por lo tanto, vuelvo a incinerarme: apoyo la suba de tarifas. Suba gradual, para que progresivamente volvamos al mundo real, en el que las cosas no son gratis. Una suba que además castiga a los sectores medios y no a los más bajos, alcanzados por la tarifa social. Por supuesto, el Gobierno nunca explicó bien esto (por ejemplo, que a tarifas más baratas, más cortes), como no explicó tantas otras cosas. Snif: pasamos de las cadenas nacionales a la cadena del silencio.

Eso sí, con gen más peronista que neoliberal concentró el peor tramo del ajuste en un año en el que no se vota. De ser presidente, el entrañable José Luis Espert bajaría los sueldos en la administración pública y echaría empleados incluso el día antes de las elecciones. "Logré reducir el déficit", serían sus últimas palabras, antes de volver al llano perseguido por hordas populares.

Otra cosa que hicieron los CEO del Gobierno fue administrar con mano pícaramente aviesa el rechazo al ajuste. A los enemigos, ni justicia: le negaron a la oposición -kirchnerista, en primer lugar- el debate en el Congreso. Lógico: era como discutir con la Morsa la lucha contra el narcotráfico. Y a la oposición interna al tarifazo, que es enorme, la recibieron en la Casa Rosada y le tiraron tres pancitos, cosa de que no se fueran con el estómago vacío. Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza, jefe de los radicales y otro picarón importante, tomó esas migajas y las presentó como un banquete. Por estas horas, Lilita, la otra abanderada del reclamo, debe de estar en su casa de fin de semana en Exaltación de la Cruz enfundada en su larga bata blanca y disfrutando el nuevo éxito. Después de toda una vida haciendo oposición, ser oficialista no le sale muy bien. Para el Gobierno, sus berrinches también son funcionales: es más fácil lidiar con ella que con Moyano, Massa o Hebe. Cuando se pone muy densa, Juliana la invita a tomar el té a Olivos.

El lunes, en la cena de Cippec, que si sigue creciendo va a terminar en River, era interesante escuchar a los indignados de Cambiemos, tipos con altos cargos en el Congreso e incluso en el Gobierno. "Con estas medidas vamos a perder a la clase media y vamos directo al ballottage, y ahí te quiero ver", protestaban, agoreros. Es curioso comprobar que el "círculo rojo", ese que siempre subestima a Macri, incluye a connotados macristas.

Anteayer, muchísima gente se sumó a la Marcha de las Velas contra el tarifazo, impulsada por el kirchnerismo, el moyanismo (si es que eso existe) y agrupaciones de izquierda. Todo fue excelente: la organización, la idea de pegarle al Gobierno en un flanco débil, la multitud que se reunió y el orden que tuvo. Además, le dio continuidad al "ruidazo" de la noche anterior. Lo único flojo fue el nombre. A mí me hablan de velas y lo primero que me viene a la cabeza son las que teníamos que comprar por decenas cuando el populismo hotelero nos sometía a interminables cortes. Yo hubiese convocado bajo otras consignas: "No al ajuste del FMI", "Tarifa social para todos y todas" o "De Vido, querido, el pueblo está contigo".

Que el último kirchnerista inocente apague la luz.

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