Abandonemos toda esperanza: retrato de la doble moral de una sociedad

Verónica Dema
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22 de abril de 2018  

Abandonemos toda esperanza / Muy buena / Libro: Florencio Sánchez / Intérpretes: Nicolás Barsoff, Julián Belleggia, Marcelo Bucossi, Cinthia Demarco, María Fernanda Iglesias, Mariano Falcón, Julia Funari, Luciana Procaccini, Gustavo Reverdito y Lorena Székely / Vestuario: Jéssica Menéndez / Escenografía: Fernando Díaz y Analía Schiavino / Iluminación: Héctor Calmet / Dirección: Alfredo Martín / Teatro: Andamio 90, Paraná 660 / Funciones: domingos, a las 20 / Duración: 80 minutos.

Esa nueva "clase social de vividores y garroneros" de la que hablaba Florencio Sánchez en En familia, en 1905, fue para el dramaturgo Alfredo Martín una formulación visionaria, ya que resaltaba un hecho de vigencia absoluta, en lo social y en lo político: la "grieta", esa feroz división social donde de un lado quedan los estafadores y del otro los estafados y que se alimenta sin un atisbo de integración.

Por este motivo adaptó y dirige aquel clásico que hoy puede verse recreado en Abandonemos toda esperanza, que se presenta por segundo año en Andamio 90. Esta comedia dramática pone de manifiesto la doble moral como constitutiva de la ciudadanía (expresada, sobre todo, en una familia burguesa venida a menos), que en la obra encuentra su mayor exponente en Jorge (Marcelo Bucossi), el padre, jugador y "vividor profesional", que sostiene una conducta corrupta y se coloca en situación de víctima permanente: nunca es responsable de sus actos, la culpa es de otros.

Jorge es el que juega en el garito, en el casino, en las carreras de caballos, pero todos los personajes de alguna manera son jugadores: se juegan la vida en sus intentos de permanecer en un pasado esplendoroso y afortunado a cualquier precio, cuando ya les remataron el juego de muebles matrimonial y no tienen qué comer. Todos en la familia, menos uno de los hijos, Damián (Nicolás Barsoff), que como una especie de Quijote intenta hacerse cargo de administrar el hogar, se desentienden del camino trágico que se vislumbra.

" Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate", dice en un momento Jorge, en una conversación con su hijo. "Abandonen toda esperanza, ustedes, los que van a entrar". Con esta frase de la Divina Comedia de Dante Alighieri se recibe a los infelices que caen en el infierno. Martín conserva esa expresión porque lee en ese intertexto algunos guiños: por un lado, lo que refiere a ese núcleo familiar en decadencia moral, que podría haber sido gestado en el amor, pero en esta perspectiva remite a lo infernal en tanto va inexorablemente hacia la tragedia; y en segundo lugar, porque siguiendo la advertencia del Dante en Las puertas del infierno habla de dejar las esperanzas si se quiere entrar a ese universo sin arder. Y esto interpela al espectador, porque esa palabra presentada como virtud por la religión y las costumbres es aquí "un vicio" que se debería abandonar para cambiar el destino. La música elegida para la puesta, la Sinfonía Dante, compuesta por Franz Liszt, acompaña con dramatismo los momentos clave de esta historia.

El trabajo actoral es impecable. Los actores manejan de modo magistral la superposición de diálogos entre una escena y la siguiente, un recurso que le otorga originalidad a la pieza, que de ser un drama pasa al registro de comedia. La entrada y salida superpuestas de los intérpretes -en una austera escenografía- le aporta gracia (humor irónico) que, sumada a la radicalización de los conflictos y a la ocupación múltiple y anticonvencional del espacio, mantiene al espectador atento, a veces relajado en una risa, pero enseguida en medio de una situación conmovedora.

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