Emmanuel Carrère se asoma al abismo

23 de abril de 2018  

Cajón de sastre. A ese género delicioso, que se alimenta de lo irregular, pertenece el libro Conviene tener un sitio adonde ir, sabio consejo del I Ching que Emmanuel Carrère eligió como título para la recopilación de sus artículos publicados entre 1990 y 2015. Allí hay de todo: periodismo, literatura, política, erotismo y muerte. Un hilo de acero une estas piezas aparentemente inconexas: la mirada aguda pero no implacable, comprensiva y compasiva sobre los aspectos más oscuros de la conducta humana.

Así, los casos policiales rezuman la certeza polémica y perturbadora de que hay crímenes inevitables. Franck, el adolescente que no logra encauzar su vida en el seno afectuoso de su familia adoptiva, parece no tener otra opción que buscar a su madre biológica -quien lo abandonó más por pobreza de espíritu que por falta de cariño-, para acuchillarla. La hiere, pero no la mata, llama a la policía y, sereno (o vacío), asume la responsabilidad. Sus padres y, a su modo, la mujer que lo dio a luz también hacen mea culpa. Cuando el juez le pregunta si se arrepiente, su respuesta desnuda el complejo mecanismo del crimen: "Me alegro de que mi madre esté viva", contesta únicamente. Solo después de haber actuado para cobrarse con sangre el dolor que aquella mujer le había infligido (y de pagar penalmente por ello) se abría por primera vez para Franck la posibilidad de adueñarse de su propia vida.

Algo parecido le ocurrió a Marie-Christine, que arrastraba una infancia de abusos y violaciones, y dos intentos de suicidio. Deprimida, hizo lo imperdonable: mató a su hijo. Después se pegó un tiro, pero sobrevivió. Y en la cárcel se produjo el milagro. La labor de psicoanalistas y terapeutas dio fruto y al cabo de un año Marie-Christine pudo salir bajo control judicial. De a poco retomó su trabajo como empleada pública, volvió a vivir con su marido y fue madre nuevamente: tuvo dos niños más.

"La decisión de consumar el acto criminal -recuerda Carrère- podría haber sido una etapa, espantosa pero necesaria, en el camino de la vida. Al matar a su querido hijo, declaraba un experto, Marie-Christine en realidad había matado la odiada infancia que le impedía vivir".

Con igual benevolencia mira Carrère pecados muchísimo menos graves, como la supuesta cobardía de un intelectual rumano que nunca se atrevió a enfrentar al régimen comunista ("envuelto en ese caparazón de erudición y de ensoñaciones, reconoce sin vergüenza que ha hecho todo lo necesario para no conocer más adversidades que la penuria y el sabor a ceniza de los días. Se afilió al Partido para ser profesor de la facultad, presidió un comité de historiografía para tener derecho a viajar a Francia una vez al año; admiró a las grandes figuras de la disidencia sin pensar en imitarlas y no se arroga otro mérito de ?resistencia interior' que el de no haber escrito nunca el nombre de Ceausescu. ?Es poca cosa', admite, ?pero qué quiere, no soy valiente'. No es tan común la valentía de reconocerlo"). O la mezquindad y la misantropía que se le atribuyen a Daniel Defoe ("Sus personajes, y también él mismo, desconocen la ociosidad y los sentimientos delicados o frenéticos que la ociosidad propicia. Su único proyecto es mantenerse con vida. El sino de Defoe fueron la necesidad y la soledad").

Para sí, en cambio, reserva la autoironía ("vagabundeaba guiado por el instinto infalible que siempre me ha hecho perderme los acontecimientos de cierta importancia colectiva en los que podría haberme visto envuelto") y la sinceridad seca. Al final de un extenso trabajo periodístico se despide: "El artículo que acaban de leer no miente, en el sentido de que oí los comentarios, vi las cosas y experimenté las sensaciones que describo. Probablemente, en cambio, es erróneo. Puedo haberme equivocado en todo".

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