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Bienestar

Después de trabajar en el Ministerio de Economía encontró su pasión entre ollas y sartenes

Jimena Barrionuevo
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24 de abril de 2018  • 00:02

Nació en un pueblo chico de la provincia de Santa Fé pero soñó a lo grande. Moisés Ville, una comuna ubicada a 320 km de la ciudad de Rosario, fue el lugar que lo vio crecer. "Durante los últimos años del secundario me atraían las letras, la filosofía y las humanidades. Pero en quinto año, un compañero me dijo que iba a estudiar la carrera de Licenciado en Economía. Eso sí que sonaba importante: ser economista parecía algo serio. Y creo que esa fue la razón por la que me incliné a ese área de estudios. Hijo de inmigrantes, para mí era importante ser importante", recuerda Saúl Gerson (62).

Pero el legado estaba primero, entonces Saúl se recibió de "maestro de hebreo". Aunque nunca ejerció la profesión, dice que lo hizo porque era lo habitual para la época y faltar a lo que dictaba el mandato familiar no estaba entre sus planes. Así, antes de trasladarse a Rosario para estudiar la Licenciatura en Economía, se tomó un año sabático para viajar por el mundo "a dedo" y abrirse a nuevas experiencias. Kenia, Tanzania, Israel y varios países de Europa formaron parte de su recorrido.

Luego, una vez que regresó a la Argentina hizo la carrera y se instaló definitivamente en Buenos Aires para empezar a trabajar. Inquieto, ávido de conocimiento, cursó en forma paralela un Master en Economía en la Universidad del CEMA. "Trabajé en varias empresas, incluso en el Ministerio de Economía y en Presidencia de la Nación. A los 30 fui Director Nacional de Modelos e Indicadores Económicos de Presidencia de la Nación, en la época de Alfonsín. Mis jefes fueron José Luis Machinea y Adolfo Canitrot. Se trabajaba muy bien, era una buena época para un profesional joven, te valoraban y te apoyaban; todos queríamos hacer las cosas lo mejor posible. Yo estaba a cargo del análisis de coyuntura. Era un economista muy promisorio pero también tenía otros intereses", aclara.

Hizo en forma sucesiva varios viajes a la India, fue discípulo de Osho, se inscribó y cursó talleres de autoconocimiento, de búsqueda de su verdadera identidad, de su pasión. Estudió osteopatía y cocinaba cada tanto. Pero eso no fue todo. Siempre vinculado a la psicología, se graduó en Constelaciones Familiares, "una herramienta muy poderosa y no siempre en manos idóneas sobre la que siempre investigo. Decía en mi círculo que era economístico. Comencé a hacer terapia gestáltica y explorar distintas técnicas de meditación y distintas escuelas de conocimiento".

El encanto del delantal

No le alcanzaban los días y los aviones para ir de una empresa a otra, de un país a otro, de un ministerio a otro. Siempre requerido como economista especializado en el agro y alimentos, todo cambió de un día para el otro. Tenía 49 años, un estado fisico "envidiable" -entrenaba natación cinco veces por semana- y una situación laboral complicada. "Manejaba mi propia pyme y administraba una empresa agropecuaria. A veces me caía mal alguna comida o bebida y se lo atribuía a los excesos; me cansaba más en los entrenamientos, y pensaba que era por la edad". Y una noche se descompuso: tomó una buscapina y al día siguiente se sintió mejor. Pero ese mismo día regresó el malestar. Por recomendación de un médico fui a la guardia de cirugía para que me controlaran. "Avisé que no iría a trabajar porque no me sentía bien. Esa misma tarde me operaron de urgencia de lo que resultó un cáncer de colon muy serio y complicado. A los dos días ingresé de nuevo en el quirófano. Pasé dos semanas muy bravas en terapia intensiva, luego de lo cual comencé a mejorar. Estuve bien al borde y eso me dio una aprensión diferente del fenómeno de la muerte: está siempre y para cualquiera a la vuelta de las esquina".

Luego de un par de meses, cuando ya comenzaba a sentirse mejor, llegó la etapa de la quimioterapia. "Estaba muy mal y tenía momentos en los que ni la morfina me calmaba y pensaba que lo mejor era morirme. Pero tengo que reconocer que, salvo en esos lapsos críticos, estaba de buen ánimo, aceptando la situación, hasta agradeciendo la suerte de estar en un buen sanatorio con buena atención médica, más familia y amigos".

Adiós al economista -hombre de negocios

Sintió entonces que debía cambiar el "punto de vista" de su vida, hacer lo que le gustaba y desde el corazón. "Mis hijos ya no me necesitaban tanto, el riesgo era sólo mío. Estaba viviendo en Suiza en ese momento en mi último proyecto como economista-hombre de negocios y tuve una visión ridícula: me vuelvo a la Argentina, vendo el auto, ando en bicicleta, bailo tango y cocino... Ridículo, pero fue lo que hice". Su entorno pensó que había enloquecido pero Saúl se mantuvo fiel a sus convicciones. Volvió al país y se dedicó de lleno a estudiar y profundizar sus conocimientos culinarios, bailar tango y andar en bicicleta. Y así fue que, luego de buscar su pasión de tantos modos y en tantos lugares del mundo, la encontró en su cocina, entre cacerolas y sartenes.

A puro coraje armó completamente solo y sin ayuda de nadie un sitio de cocina: El Arte de Amasar , que hoy tiene cerca de 60 mil visitas mensuales y más de 2.500 recetas preparadas y publicadas. "Luego de ver la película Julie & Julia, se me ocurrió comenzar a publicar en Internet recetas de cocina según las iba preparando: durante más de dos años escribí una receta diaria, de lunes a lunes. Ahora publico una o dos por semana". Todo lo hizo a pulmón. Lentamente comenzó a dar clases, a ofrecer comidas, a hacer servicios de catering. Se especializó en masas y, particularmente, en el mundo de las levaduras, quería entenderlo, explorarlo, saber cómo era que levaban, descubrir la "magia" del amasado.

"Cuando era chico me encantaba ver amasar knishes a mamá, cómo estiraba la masa, cómo lograba que le quedara tan pero tan delgadita. Ella me contaba que su propia mamá le había contado que la masa debía de ser tan delgada que a través de ella pudiera leerse una antigua carta de amor". Y así fue que Saúl encontró aquello que ama hacer y que hoy hace a tiempo completo: cocinar y enseñar. "Hoy estoy feliz haciendo lo que amo hacer: cocinar y dar clases de cocina a locales y extranjeros. Por segundo año consecutivo tengo el Certificado de Excelencia de TripAdvisor y pronto recibiré seguramente el tercero. Estoy, según ellos, entre los mejores "Cursos y Talleres" para hacer en Buenos Aires". Tan simple y complejo a la vez, Saúl eligió buscar la felicidad donde sabía que la iba a encontrar: con delantal y cocinando para sus amigos, armando clases para nativos, extranjeros, turistas, en castellano e inglés. Como frutilla del postre se mudó a una casa donde no faltara nada de lo gastronómico. Tampoco el espacio para bailar tango, enseñarlo y compartir charlas que, asegura, hacen bien al corazón.

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