Graciela Borges, la belleza del caos

Transgresora a su manera, luego de varios años sin hacer cine, vuelve como protagonista en una ópera prima, La Ciénaga, con un papel de sutil composición que, a pesar de las diferencias, tiene puntos en común con su vida. Para mayor asombro, en esta temporada marplatense se estrenó en el teatro de revista. Invadida por la emotividad -no sabe hablar de otra manera- reflexiona sobre su relación con el tiempo, la vanidad y el pasado
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25 de febrero de 2001  

Hay una mujer con el pecho lleno de vidrios. Se llama Mecha y está machada -así les dicen en Salta a los borrachos- y se acaba de estrellar sobre una copa de vino tinto que ahora parece sangre. Mecha es cincuentona y tiene en la cara el recuerdo triste de una vida que alguna vez fue mejor.

-Justo en el escote, mirá vos. Porquería.

Se queja mientras se quita los vidrios, y ese rezongo la delata. Por fin, entre Graciela Borges y Mecha, el personaje derrumbado que interpreta en la película La Ciénaga, hay algún punto en común: la coquetería.

-¡Mi vida, qué suerte que estamos juntas! Lástima que yo estoy así, mirame, para las fotos espero estar mejor, pero es este quiste sinovial que tengo y el esguince en el pie que me duele tanto, maldito, pero qué suerte que estás. ¡Celsaaa! Celcita, mi amor, hacele un tecito a la chiquita de La Nacion y disculpame que estoy así nomás, con estos rulos, me puse un poco de cachetitos porque con los remedios que me dan estoy como verde.

Suelta Graciela Borges, mientras Celsa -su apacible empleada- sonríe porque lo sabe todo. La señora no está así nomás. Tampoco está verde. Está madura y bonita y un poco despeinada.

Y ansiosa. Hay que ver lo ansiosa que se pone la gente cuando cambia de color.

-¿Viste la película? ¿Y qué te pareció? Yo no sé, sabés que nunca me pregunto cómo reaccionará el público, pero esta vez sí lo pienso. El día que la vi, cuando terminó la proyección saludé a los técnicos, a los actores y me fui volando. Raro en mí. Pero me fui, y ¿sabés qué hice? Algo insólito en mí: paré el auto y me fui a un bar. Sola. Me pedí un cortado, que jamás tomo a la noche porque me da insomnio, y me quedé pensando. Pensé en todos los sentimientos que me había despertado la película.

La película es La Ciénaga, ópera prima de Lucrecia Martel que se estrena el próximo 4 de abril y que se presentó en el Festival de Berlín después de 13 años de ausencia del cine argentino en este certamen. Cuando salga esta entrevista ya se conocerán los resultados del acontecimiento, pero al cierre de esta nota, la posibilidad de que el film y Graciela Borges (en el rubro de mejor actriz) se llevaran un premio era especulación pura.

La Ciénaga -donde además es protagonista Mercedes Morán- es la historia de unas tirantes vacaciones de verano en Salta. Hay cielos oscuros como buches de tormenta, colchones en cochambre, tropillas de primos y hermanos con los pelos duros por la mugre. Hay también una pileta de agua podrida y calor y estrías y arrugas y una sensualidad abrasadora. En este entorno está Mecha, la mujer pudorosamente alcohólica que Graciela Borges supo construir con total delicadeza.

-Cuando era chica conviví con una mujer muy refinada que era muy alcohólica y siempre escondía la copa de alcohol detrás de la cartera. Vivía en una de las casas más lindas de Mar del Plata y yo la quería mucho, y yo siempre observaba cómo trataba de disimular su alcoholismo. Traté de hacer lo mismo en la película, y al mismo tiempo pensé en ponerle humor y entonces agregué frases como la del escote.

-¿Su coquetería soportó tener que interpretar un personaje tan decadente?

-Me hace gracia, porque una siempre trata de tener la mejor luz y estar más cuidada, y esto era totalmente lo contrario: cómo ponernos peor. Nos secábamos la piel y nos poníamos talco para profundizar las arrugas. Revalorizábamos las pequeñas marcas del rostro, nos poníamos en la cara y el pelo una tierra química, una cosa macilenta.

-¿Pero lo soportó?

-¡Ah! Me encanta eso. ¿Querés que te diga la verdad? Y me gustaría que si esto lo escribieras lo hicieras como te lo estoy diciendo: con toda la modestia. Pero me he pasado la vida escuchando. ¡Celsiii! ¡Dentro de un ratito le vamos a dar el tecito a esta chiquita! ¡Gracias, mi amor! Me he pasado escuchando toda la vida qué linda, qué linda, sos tan linda, y tu piel y pasan los años y tan linda y yo pienso cuánto tiempo ha sido uno lindo. ¡Y qué bueno es estar fea! Aunque hay una parte del ego de uno que dice: que no se vea que estoy tan horrible. Porque hay límites.

Una producción de fotos de la revista Vogue la ubicó hace varios años entre las diez mujeres más hermosas del mundo. Y es que Graciela era bella, bella, bella. Sus primeras películas -hizo unas cincuenta- la muestran con la piel pálida y virgen, las pestañas pesadas como estambres y un peinado aerostático. Si mantuvo su hermosura plácida a pesar de la moda sesentista, quiere decir que fue una verdadera muñeca. Una muñeca que ya está grande y que hoy se ríe como nena de ese juego macabro que era la vanidad.

-Cuando me decían que eran linda me gustaba, pero hasta ahí. Yo empecé a trabajar como actriz a los catorce años, y a mi padre no le gustó nada. Desde entonces y hasta hace bastante poco tiempo fui muy insegura. Cuando yo era chica tenía que entrar en el cine cuando la gente ya estaba sentada, para que no me reconocieran. Y eso me vino por la no aceptación del viejo. ¡Mirá que estúpida! Hubiera sido más sano aceptar quién era y el éxito en los festivales. Me hubiese gustado ser vanidosa e insoportable. Pero así fueron las cosas. Dalmiro Sáenz dice que uno tiene padres para odiarlos en algún momento de la vida.

El padre, Tomás, fue aviador. La madre vivió de rentas y le dejó a su hija una piel diáfana y parecida al tul. Graciela habla de sus padres con la pupila encendida y un mentón que se frunce en trágicos espasmos. Cuenta que fue criada para ser perfectita. Que tomó clases de baile, canto y piano. Y también de declamación, porque las monjas irlandesas del colegio Santa Unión se quejaban de que la nena no hablaba.

-Fui objeto de muchas bromas por mi voz, porque cuando era chiquita era más ronca que ahora y era flaquita y con las trenzas hasta acá que me levantaban cinco horas antes para hacérmelas, en fin. Era un flagelo, así que hablaba lo menos posible. Encima era hija de separados en un colegio de monjas... Pero no sabés qué lindos mis viejos. ¡Celsiii! ¡Celsaaa! Me hacés un favor hijita, viste la cosita chiquitita de Cartier, la de los documentos, no la grandecita que me regaló Miguelito Romano sino la otra, la chiquitita, traemelá. Y también Celsita querida, hoy no es tu día, ese portarretratitos de plata que está ahí. Gracias corazón.

Pide con ese intenso dramatismo que la invade hasta cuando pide una cosita chiquitita de Cartier. Graciela habla con esa voz suave y de seda rasgada y uno piensa que en cualquier momento va a llorar. Aunque esté contenta.

-Miralo al viejo. He visto pocas veces un hombre tan divino. Vos ves bien, ¿no? Mirá. Es como Gary Cooper. Y mamá era una especie de beauty.

Se entusiasma mientras recorre esas fotos revestidas en sepia.

-Hacían linda pareja.

-Se llevaron como el culo. Se querían mucho, pero no se soportarían juntos, andá a saber. Y fijate la elegancia de mi vieja, una mujer que en esa época se iba conmigo y con 20 mil baúles por el mundo. Y ojo: irse a París era una cosa, pero irse a Jujuy o Salta era otra. También íbamos a las termas de Rosario de la Frontera. Me acuerdo cómo odiaba esos equipitos, esas robes de chambre chiquititas, con la toalla en la mano yendo a tomar el baño termal. Me acuerdo también de todas las noches con mi madre, yo le cepillaba cien veces el pelo antes de irnos a dormir. Y cuando digo que me divertí tanto jugando a ponerme fea en La Ciénaga es también porque me ayudó a sobrellevar un momento durísimo de mi vida. Hacía seis meses que se había muerto mi padre y en ese momento empezó a morirse mi madre.

Mecha es el resultado de una mujer que lentamente se fue volviendo horizontal. Graciela la describe como una mujer-cama. Una mujer parecida a su mamá.

-Un día de lluvia se resbaló y se quebró la cadera y la operaron y se fue quedando en la clínica, y vivió el resto de su vida ahí. Estuvo 15 años. Siempre le gustaron mucho los hoteles a la vieja, y a mí también. Nosotros vivimos un tiempo en el Alvear, y es porque me siento muy contenida. Ni siquiera me gustan las grandes suites: me gustan los cuartos chicos donde uno pueda ver la puerta. Me imagino que para ella un sanatorio sería como para mí los hoteles. Saber que tocaba un timbre y venía un médico y entonces se iba a morir menos. Ella estaba como una reina, tenía su peluquero, su manicura, y siempre que yo llegaba decía pobrecita, qué desarreglada, porque yo siempre estaba muy desarreglada para ella. Yo siempre estoy desarreglada. Sí, mi amor, sí.

-¿Cómo se llamaba su mamá?

-Leonor, qué cosa. Como la de Borges.

El apellido de Graciela es una gentileza de Jorge Luis Borges. La nena había empezado a trabajar a los catorce -la primera participación fue en Una cita con la Vida, de Hugo del Carril- y en un oficio que en esa época no era glamoroso. Su padre, Tomás Zabala, le impidió usar su apellido para actuar. Y el Borges escritor -cercano a Mario Delfino, padre de un amigo de Graciela- le cedió el suyo como si tal cosa. Desde entonces, y cada vez que Graciela se cruzaba con el apellido auténtico, el diálogo era más o menos así:

-¿Sigue usted honrando mi nombre?

-Se hace lo que se puede.

Desde que Graciela Zabala se transformó en Graciela Borges, filmó bajo el ala de los más prestigiosos cineastas nacionales: Leopoldo Torre Nilsson, Lucas Demare, Raúl de la Torre (con quien estuvo en pareja), Alejandro Doria y Leonardo Favio, entre otros.

También fue dirigida por un dibujito animado.

-Todo el tiempo me llegan guiones y leo las tres primeras páginas y en general no me equivoco con la decisión que tomo. Y cuando Lucrecia me mandó su guión, antes de presentarlo incluso en el Festival de Sundance, lo leí y me quedé fascinada. Y vos sabés que la quiero tanto a esa chiquita que es como un dibujito animado. Porque el primer encuentro fue extraordinario. Yo no esperaba que llegara alguien así. Leí ese guión y había visto Rey muerto, su corto, y me pareció hecho por un señor de dos metros, forzudo. Y apareció este pequeño dibujito animado, como una chiquita de Woody Allen, toda así femenina, y con anteojitos, y el pelito, y dije: ¿Vos sos Martel? Sí. Y ahí le di un abrazo y se quedó en la familia.

Tan sencillo. En un par de minutos, Graciela es capaz de transformar a un completo desconocido en su amigo del alma. Tiene una capacidad de entrega sensata y desordenada, llena de zalamerías que caen encima del invitado de turno con un afecto inusual. También es atípica su relación con el estrellato: debe ser una de las pocas personas con grado de "famoso de Primera A" que no tiene representante y responde personalmente el teléfono.

-¿Por qué no voy a atender yo, si ésta es mi casa? Es curioso que la gente crea que con el tiempo uno se vuelve más negativo. Yo estoy mucho más agradecida y todo es un placer para mí. Y eso que he sido una enorme inconformista de familia. Siempre fuimos muy quejosos, pero eso no significaba para mí ser demandante, todo lo contrario. Mi hijo Juan Cruz -cuyo padre era el automovilista Juan Manuel Bordeu- también salió a mí y eso me problematizó mucho porque no demandar es ser muy carenciado, es sentir que uno está en deuda con el resto. Me imagino que en algún punto y mejor no ocuparnos de eso, a lo mejor pude haber sentido que fui desencadenante de la separación de padre o madre. Ya no me da el sol, ¿no hace un poco de frío? Mejor vamos adentro. ¡Celsi, Celsita, vení a llevar unas cositas!

Grita Graciela y tal vez tendría una voz de alondra si no expulsara tanto aire cada vez que llama a Celsa.

En el interior de esta casa con inmenso jardín -que alquila en Mar del Plata durante el verano- hay un ambiente señorial, recubierto en madera fina y con cortinas cayendo en catarata pesada contra el piso. Hay también un televisor de 29 pulgadas, mostrando a conocida vedette de labios neumáticos desmintiendo supuesto romance con famoso empresario en popular programa de chimentos.

-Ves. ¿Vos me preguntabas si hay algo que me enoja? ¡Esto me enferma! Me irrita la gente que habla de sus hechos privados frente a una cámara de televisión.

-¿Usted nunca lo hizo?

-En absoluto. Jamás he hablado de una pareja por motu proprio, siempre contesto con evasivas. Pero también hay un tema: el periodismo, de algún modo, informa sobre mi trabajo. Entonces las reglas del juego son así y hay que entregarse como paisano a la gripe. No es que ya no me moleste que me saquen fotos de contrabando, ni que ya no tenga ganas de pelear ni que haya perdido el fuego, porque si no no sería una transgresora como soy.

-¿En qué se siente transgresora?

-¡Huy!, en muchas cosas, queriéndolo y no. Me sacaron fotos con una persona más chica que yo y de diferente clase social, que fue lo único que les golpeó -dice en referencia a Marcos Gutiérrez, ex arquero de Huracán y 25 años menor-. Puse el pecho a las balas y no me escondí. Digamos la verdad: tampoco tenía mucha alternativa. También me siento transgresora al hacer a esta altura teatro de revista, cuando un montón de amigos me dijeron que no lo hiciera. Y fue también una transgresión haber filmado Kindergarten (de Jorge Polaco), película con la que después se armó un escándalo estúpido.

-¿Cómo es la mirada sobre esos escándalos después de que ha pasado mucho tiempo?

-A la distancia uno se olvida. Si nos quedamos pensando en todas nuestras pequeñas guerras vamos a volvernos enfermos de tan resentidos.

-¿Y cómo te afecta el paso del tiempo en relación con tu imagen?

-Lo tengo bastante elaborado y no le doy mucho poder. Primero, porque por lo que veo en el espejo no me va mal. No lo digo vanidosamente, pero veo una persona entera, todavía con frescura. Porque hay algunos casos de personas que fueron divinas y ahora... no digamos que es patético, tengamos piedad. Pero es una agresión total, no hay nada peor que hacerse mucho. Qué lindos pies tenés. Los míos se han estropeado tanto con los zapatos del teatro. Y una persona de más de 45 años con siliconas en la cara, sin arrugas, es espantoso. Las redondeces sólo te hacen vieja. Yo tengo el cuello hecho, heredé buena piel, me volé las ojeras... qué más me hizo Federico Zapata... me hizo una limpieza de párpados. Pocas cosas. Acomodarse lo que se desacomodó no está mal. Porque por ejemplo yo tengo un perfil que es feo y que sin embargo no me toqué. Mirá este lado como hundido, y esta parte de la boca que se cae.

Muestra entonces un perfil radiante, todavía joven, con una dignidad que tiene mucho que ver con el paso del tiempo y una nariz respingona y esa forma que tienen los actores de mostrar el perfil: con los músculos relajados, como si estuvieran en un flotario.

-Y éste es el otro que es más redondito, más lindo, ¿ves?

Dice Borges convencida, mientras gira la cabeza y muestra su otro perfil, que es igual.

Lucrecia Martel: con sólo mirar

-Esto no le va a gustar a nadie. Es como nuestra familia.

Dijeron en clave de góspel los seis hermanos de Lucrecia Martel cuando vieron la película de Lucrecia Martel. Ella dice que es cierto, que no entiende demasiado cómo es que La Ciénaga, ópera prima de mujer salteña de 34 años, llegó a Berlín. Pero los alemanes no son los únicos que se interesaron. Esta historia -que en un principio fue declarada de poco interés comercial por el Incaa- ganó el concurso de guiones del Sundance, y eso facilitó la llegada de productores extranjeros. Productores que sabían de memoria el Manual de Cómo Hacer Buenas Películas.

-El director de la Columbia me dijo que estaba mal organizada. Dijo: "Tenés que agarrar cierto accidente que sucede al comienzo, hacer crecer diversas situaciones dramáticas y que al final se desencadene algo. Y yo, pensando este tipo está loco, le contesté: Mire, la gran dificultad de esta película es haber tomado la decisión de no ir por ese camino".

La Ciénaga es una narración sin introducción, nudo o desenlace. Es la crónica morbosa y cotidiana de un verano insolado, trágico y provinciano, lleno de suciedad, sensualidad y agreste salvajismo. No erraban fiero los hermanos Martel cuando dijeron que había un aliento familiar envolviendo la trama.

Lucrecia recuerda que murió en 1983, cuando su padre compró una filmadora y ella se encastró detrás de la lente para no moverse. La rutina de varios años quedó grabada en kilos de cintas donde Lucrecia jamás aparece, como si un día hubiera muerto sin dar explicaciones. Pero ella no murió. Simplemente se transformó en ojo.

-Me encantaba quedarme viendo los videos a la noche. Ver cómo pasaban las cosas, cómo los personajes se integraban a las situaciones, los temas que se abandonan y después se retoman... Me acuerdo de una vez que mis viejos estaban de viaje y había ido a cenar un chico que en ese momento era mi novio. Estábamos solos y cayó éste a hacer de padre sustituto, y estábamos todos supercansados porque habíamos pintado todos los muebles de la cocina para darles una sorpresa a mis viejos. Y no sé, en la movida de todos esos muebles apareció una rata. Entonces uno de mis hermanos dijo: "Bueno, la matemos", y viste que si agarrás la rata viva y la metés en un frasco te da como un amor al bicho y entonces que sí la matemos o no la matemos. Y viste que una gata recién pillada en cautiverio no come. Entonces dijimos si come no la matamos. Era como una chance imposible. La pusimos como en un frasco, con un pan, arriba de la mesa. Y toda la escena la tengo filmada entera: estamos nosotros comiendo, la rata en el centro y este chango hablando. Todos recansados y este tipo habla y habla y habla. Un tipo muy tranquilo. Y mis hermanos comiendo y mirando la rata a ver en qué momento comía la rata y se salvaba de la muerte segura. Y si pasás la cinta aceleradamente ves cómo empiezan a caer mis hermanos del sueño: a lo último ves que el chango sigue hablando y tiene a uno de los mellizos dormido encima, el otro tirado acá, el otro extendido en una silla. Y la rata sigue ahí. Pero comió.

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