Algo nos pasa a los 10 años

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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25 de abril de 2018  

Michio Kaku, físico teórico y notable divulgador de las ciencias, dijo en una de sus enérgicas conferencias que algo nos pasa a los diez años. Hasta entonces, dice Kaku, nuestro interés se enfoca en mamá y papá. De pronto, alrededor de la primera década, empezamos a preguntarnos por lo que existe más allá de mamá y papá. "¡Experimentamos entonces un shock existencial, una epifanía, descubrimos cuán inmenso, glorioso y espléndido es el universo!", exclama.

En mi experiencia, puede ocurrir a causa de esto algo más. De todo ese cosmos glorioso y espléndido, y por una inabordable combinación de factores, algo nos atrae con un llamado hipnótico. Algo trascendental puede nacer alrededor de los diez años. Se llama vocación. De ocurrir, es como un polo magnético. Encuentra uno su norte y todo lo demás pasa a segundo plano.

Mi padre, por ejemplo, tenía esa edad cuando construyó una rudimentaria radio a galena. Rudimentaria, sí, pero funcionaba. La ingeniería sería, pese a los mil obstáculos con los que hubo de lidiar, la mayor de sus pasiones. Eso me permitió crecer en un entorno en el que desde muy pequeño oía, en la conversación cotidiana, conceptos como circuito integrado, programación y computadoras. Muy futurista para la época. Sin embargo, a mis diez años el llamado provendría del lugar menos esperado. Me puse a escribir. Mi obsesión por acumular cuadernos de historias redactadas con torpe letra infantil preocupaba a toda la familia, en particular a mi madre, que confesaba sus desvelos a sus amigas, a mi tía y, claro está, a mi padre. Muy a pesar de que había heredado de ella esta pasión.

Es el problema con las vocaciones. Nos hacen creer que las elegimos. Aquel escogió pintar o aquella otra optó por mirar el cielo con un telescopio. Se divulga el concepto -del todo falso- de que "de niña quería ser actriz" o "de pequeño se inclinaba por la música". No es así. No tiene nada que ver con la voluntad, el capricho o las ganas. Lo decía, el otro día, con claridad meridiana, Oscar Martínez. No, no elegimos. Por el contrario. Este llamado no puede desoírse. Simplemente, no se puede. Nos elige. Nos captura.

Tan infestada de equívocos está la palabra vocacional que suena a que lo hacemos porque nos gusta. ¡Por supuesto que nos gusta! Pero no lo hacemos solo por eso. Lo hacemos porque no lo podemos evitar. Algunos hemos atravesado ese laberinto que pocos conocen, las peripecias y privaciones que preceden al día fasto en que empezamos a vivir de lo que no podemos dejar de hacer si queremos seguir sintiéndonos vivos. Otros, convierten el llamado en un hobby, otra palabrita maleducada que suena "a pasatiempo favorito que se practica en los ratos de ocio", como sostiene la Real Academia Española. Sin embargo, hay hobbies que han cambiado la historia.

Friedrich Wilhelm Herschel era músico, pero su pasión estaba en los cielos nocturnos. Al final, descubrió un planeta. Nada menos. Urano, en 1781.

Doscientos treinta y cinco años después, el rosarino Víctor Buso retrató por primera vez el nacimiento de una supernova. Víctor, dicen, es cerrajero. Pero su nombre ha quedado grabado a fuego -un fuego solar- en la historia de la astronomía. ¿A qué edad oyó ese llamado que nunca más pudo acallar? A los 11 años.

Terminé de leer estos días el último libro de mi amigo Guillermo Abramson, investigador del Conicet y jefe de la División Física Estadística e Interdisciplinaria del Centro Atómico Bariloche. Se llama En el cielo las estrellas (Ediunc, 2016) y es una obra maestra de la divulgación. Magníficamente escrito, con la dosis justa de humor y con muchísima información, es de esos libros que te enganchan y no podés soltar. Le pregunto esta tarde a Guillermo qué edad tenía cuando nació su vocación por las ciencias. No me asombra cuando me responde:

-Definitivamente, fue alrededor de los 10 años.

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