La historia de la primera argentina en hacer cumbre en los siete picos más altos del planeta

Crédito: Carlos Mir.
María Alejandra Ulehla es la primera argentina en completar el desafío Seven Summits: hacer cumbre en los siete picos más altos del planeta.
Lucía Tornero
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27 de abril de 2018  • 14:10

En primera persona, María Alejandra Ulehla, la primera alpinista argentina que completó el desafío de llegar a los sietes picos más altos del mundo, nos cuenta cómo es su vida, cargada de adrenalina, esfuerzo y sobre todo, un desafío permanente.

“El movimiento en mí es natural”

Nací en Villa María, Córdoba, hace 46 años. Durante mi niñez y adolescencia, el deporte siempre fue fundamental, así como también la conexión con la naturaleza, algo que mi papá supo transmitirme bien. Siempre sentí la necesidad de estar en movimiento. Lo siento como algo muy natural, lo necesito. De hecho, cuando me mudé a General Roca, Río Negro, después de haber conocido ahí a Guille, mi marido, lo primero que le pregunté fue: “¿Dónde hay un gimnasio?”. Por un tema estético comencé spinning después de haber tenido a mi segundo hijo. Quería recuperar mi fuerza, y ahí conocí a mi entrenadora, que un día me preguntó si no me interesaba competir en carreras de larga distancia. Y le dije que sí.

“Quiero ir al Everest”

Ya con varios años recorridos, caminos y paisajes únicos que conocí gracias a las pruebas combinadas y carreras de aventura, y también luego de haber logrado muy buenos resultados, pensaba que tenía que haber algo más que llegar al primer puesto. Yo quería realmente “vivir” los lugares. Y el montañismo fue la respuesta. Así que un día, así de la nada, le dije a Guille: “Quiero ir al Everest”. Él sabe que soy una salvaje, entonces me miró y me dijo que le parecía más responsable que intentara ir a otra montaña más baja primero. Así que viajé a Mendoza y me puse a investigar para subir el Aconcagua y ahí conocí a Fernando Grajales. Inmediatamente vi en sus ojos esas montañas que yo empezaba a conocer. Me llevó en mi primera aclimatación al Cordón del Plata, constituido por cumbres de gran importancia, con alturas de hasta casi 6000 metros. Pasamos cinco días arduos, haciendo dos o tres montañas por día. Respondí bien hasta que me dio mal de altura y nos sobrevino una tormenta. Para mí, eso fue como una llave que me hizo sentir que se puede. Yo estaba con vómitos, migraña, con el físico que ya no me daba, pero mientras bajaba atada a mi guía, le dije: “No vine acá para bajar, sino para subir”. Y así lo hicimos. Pegamos la vuelta e hicimos cumbre.

“Es un buceo profundo de tu ser”

Crédito: Carlos Mir.

En esa primera aclimatación, no había dimensionado ni el sufrimiento físico ni la lucha constante conmigo misma, porque el entrenamiento te da temple, pero ascender trasciende lo físico. Pasa por una actitud. Y hacer cumbre me hizo sentir mucha satisfacción, como una felicidad extraña. Una paz, pero no de meta cumplida, sino de esa que viene después de un sacrificio y que va más allá del logro. Y entonces llegó el Aconcagua, con una historia hermosa. Cada montaña es diferente y esta me puso de cara a un desafío de altura. Siempre es una cuestión de entrega. Mentalmente, tenía que “bajarme” del Everest y tomar la enseñanza de otras montañas. Creo mucho en tocar máximas intensidades y sacrificios, sabiendo que siempre hay recompensa. Ya sea el aprendizaje de valorar las cosas importantes de la vida o el verdadero contacto conmigo misma. El alpinismo es un buceo profundo de tu ser. Es como que pasás a un estado más existencial, porque tocás

sentimientos y emociones muy finitos. Soy consciente de que en el alpinismo piso muchos límites y, a pesar de lo que muchos piensan, mi sensación es de vida, no de muerte. Busco vivir.

“hacer cumbre quedaba ridículo”

Para mi segundo ascenso al Aconcagua me presentaron a mi nuevo guía, Ulises Corvalán. La idea era que nos conociéramos para ir juntos al Everest y saber si teníamos química en la montaña. Y la tuvimos. En 2014, fuimos a Nepal con el sueño del Everest. Llegamos al Campamento Base, a 5300 metros, y una mañana nos sorprendió un estruendo mucho más fuerte de lo que veníamos escuchando. Me retumbó en el pecho y todo pasó en cámara lenta. Fue la tragedia más grande del Himalaya. Una avalancha que mató a 16 sherpas –los pobladores originarios de las montañas de Nepal, muchos de ellos guías de alpinistas– y dejó instalado un problema durante varios días, mientras rescataban los cuerpos y nosotros quedábamos atrapados en medio de un conflicto entre el gobierno nepalí y los sherpas, luego del cual se cerró por primera vez la temporada del monte Everest. El sueño de la cumbre quedaba ridículo y desubicado, y me sentí casi culpable por tener sensaciones de meta no cumplida. Nos volvimos, pero a Uli le dije: “Esto no termina acá”.

“¿qué tenía que aprender?”

Uli me contó sobre el proyecto Seven Summits, es decir, escalar las siete cumbres más altas de los cinco continentes, más el Polo Norte y el Polo Sur. Y así fui viviendo experiencias de diferentes montañas, y una me fue llevando a la otra. Logramos hacer dos cumbres en 2014: el Kilimanjaro, en África, con 5895 metros, y, días después, la cumbre de Elbrus, en Rusia y con 5642 metros. Para 2015, teníamos planificado el regreso al Everest. En el campamento avanzado, con la ilusión del ascenso, la montaña se estremeció con un terremoto, y en ese entonces no entendíamos bien qué pasaba. Nos miramos con Uli y un compañero mexicano y nos abrazamos, esperando lo que fuera. Desconcertados, emprendimos el descenso, que era muy peligroso por las réplicas. Pasaban los días, no había comunicación y el sueño de la cumbre se desdibujaba a medida que nos llegaban noticias muy tristes de lo que pasaba y la gravedad del desastre. Yo me preguntaba qué tenía que aprender. Nuevamente se cerró el Himalaya y yo lo tomé, al revés de lo que el resto del mundo me decía, como una señal de que tenía que volver. Pero en el estado de angustia por todo lo que había pasado, y viendo a nuestros compañeros sherpas con la posibilidad de perder familiares y sus hogares destruidos, volvimos a la capital para tratar de ayudar. Ahí decidí personalmente que mi expedición se cancelaba y casualmente, al mismo tiempo, el gobierno chino decidió cerrar los ascensos.

“La montaña me permite ver lo que no quiero para mi vida”

Esos intentos de hacer cumbre en el Everest me hicieron darme cuenta de muchas cosas. De cómo vivimos ahogados en nuestros intereses personales. Cómo el desgaste por lo material nos priva de vivir cosas más profundas y esenciales. La montaña me hace sentir parte de un todo y cada vez quiero plasmarlo más en mi vida urbana. La quiero tener acá, porque me da lucidez. Entonces, invité a Uli y a nuestro líder sherpa a proponernos un nuevo Everest en 2016. Con energías renovadas, armamos nuestro grupo; la gran mayoría eran latinos. Se iban dando las rotaciones exitosas que nos acercaban a la última ventana de “buen tiempo”, y así llegamos a la cumbre del Everest. Es muy difícil describir ese día. Creo que, por un mecanismo de resistencia mental, iba teniendo como lapsos, con una sola consigna: avanzar y avanzar, moverme hacia la cumbre. Todo el tiempo empujaba mi cuerpo a seguir. Pero trataba de ser lo más consciente posible de lo que esa cumbre tenía guardado para mí, que, en definitiva, era ese equilibrio perfecto que tiene la naturaleza. Y entender que como seres también somos naturaleza. Llevé en mi corazón a mis seres amados y me conmovió muchísimo. Y de a poco fui entendiendo por qué mi insistencia en escalar el Everest: algo lo trasciende, lo atraviesa, es más abarcativo que los intereses o logros personales. Es servir y ayudar al otro, a tu semejante, en cualquier punto del mundo, porque todos somos lo mismo, formamos parte de la sabia naturaleza. Somos universo y me emociona e inspira el haber descubierto este sentido de unidad.

“Mamita, no te vayas”

Yo siempre pensé: “No sé qué hago si mis hijos llegan a pedirme que no vaya”. Creía que era la única manera de no ir. Pero la única vez que mi hija Emilia me dijo: “Mamita, no te vayas, quedate”, me di cuenta de mi desapego, de mi esencia libre. Aun así, con ese gran pedido de mi hija, me fui igual. Y ahí se me rompió una cuestión conmigo misma de sentir que esto iba más allá. Más allá de Seven Summits, del proyecto e incluso de mi familia. Tenía que ver con mi ser, conmigo. Y no podía dejarlo pasar. Y esa fue otra llave para mí, que me hace sentir que soy de acá y de allá. Creo que esa es la clave: conciliar amorosamente esas dos “yo” y la honestidad para con uno, en lo que sea y más allá de lo que cueste.

LAS 7 CUMBRES DE LALY

Aconcagua

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2012.

Dónde queda: Mendoza, Argentina.

Dato: el primer ascenso lo hizo Matthias Zurbriggen en 1897.

Kilimanjaro

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2014.

Dónde queda: noreste de Tanzania, África.

Dato: está formado por tres volcanes inactivos (Shira, Mawenzi y Kibo).

Elbrus

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2014.

Dónde queda: Rusia, Europa.

Dato: su nombre en ruso es Mingi-Tau, que significa “se asemeja a 1000 montañas”.

Vinson

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2015.

Dónde queda: Antártida, en la parte reclamada por Chile.

Dato: tiene 21 km de largo por 13 km de ancho.

Everest

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2016.

Dónde queda: en la frontera entre China y Nepal.

Dato: es la montaña más alta del planeta Tierra.

Carstenz

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2016.

Dónde queda: Indonesia, Oceanía.

Dato: es también conocida como monte Jaya y es la única situada en una isla.

McKinley

Crédito: ilustración de Eugenia Mello.

Cuándo ascendió: 2017.

Dónde queda: Alaska, EE. UU.

Dato: también llamado monte Denali, es uno de los más complicados para ascender •

Y vos... ¿Qué desafíos te gustaría encarar? ¿Cuáles son tus límites? También leé: Lo que la diabetes me enseñó y Roberto Canessa: "La historia de los Andes sigue viva"

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