Más que por el dólar, los empresarios están preocupados por el costo argentino

Dujovne ayer, durante el encuentro en AEA
Dujovne ayer, durante el encuentro en AEA
En una reunión con Dujovne advirtieron sobre el peso de las cargas impositiva y laboral
Francisco Olivera
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26 de abril de 2018  

Era temprano todavía para tener una real dimensión de lo que estaba pasando en ese momento en la plaza financiera: la venta récord del Banco Central y la suba en la tasa de las Lebac redundarán seguramente en una caída en la competitividad. Pero el almuerzo que la Asociación Empresaria Argentina tuvo ayer en el Palacio Duhau con el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne , alcanzó al menos para plantear un orden de prioridades corporativas recurrente desde que Macri llegó al poder: respaldan en líneas generales al Gobierno y sienten alivio ante lo que creen el inicio del fin del populismo, pero se estremecen todavía ante el costo laboral y la carga impositiva. Nada nuevo: el establishment lo llama costo argentino.

Fueron dos horas de conversación amable. Solo Teddy Karagozian, dueño de TN Plátex, le hizo al ministro un cuestionamiento directo. Es ya un clásico entre ambos economistas, que tuvieron en junio del año pasado un contrapunto en una reunión similar. Hay que reconocerle al textil al menos una frontalidad que no abunda entre sus pares: cuando todo estaba terminando, se adentró en el financiamiento de las empresas. "Mi tesis es que vos estás equivocado: las tasas altas se traducen siempre en subas de costos y, como consecuencia, en inflación alta", le dijo. "Tu tesis no sería aprobada en ninguna universidad del mundo que yo conozca", le contestó Dujovne, y varios rieron. El textil venía ya de otro planteo que el resto comparte: la carga impositiva argentina es insoportable. "Hay impuestos , como IVA y Ganancias, que existen en todo el mundo -respondió Dujovne-. Los que son altos, y para eso los estamos bajando gradualmente con la reforma tributaria, son Ingresos Brutos, el impuesto al cheque y los impuestos al trabajo".

La otra inquietud financiera había sido más global. La transmitió Eduardo Costantini, de Consultatio, cuando le preguntó al ministro si el viaje a Washington de la semana pasada le permitía un análisis sobre la situación internacional. Dujovne dijo que con la política monetaria expansiva que estaba aplicando Estados Unidos esperaba allí mayor inflación y, por lo tanto, impacto en las tasas. "Lo que no sabemos es si va a ser de un modo ordenado y en cuánto tiempo va a llegar", agregó.

Después no hubo preguntas incómodas. Acaso por cuestiones que trascienden el momento económico: los empresarios ven esta oportunidad como la última de manejo no extravagante del país. Algunos estuvieron cerca de admitírselo al invitado. "Este no es tu gobierno: es nuestro gobierno", se esmeró Jorge Aufiero, de Medicus. "Los felicito por cómo están llevando adelante las reformas", agregó Enrique Pescarmona, de Impsa. Aldo Roggio celebró la primera licitación del programa de participación público-privada para obras. "Quiero destacar el día histórico de ayer", dijo sobre el acto. Y hasta Cristiano Rattazzi (Fiat Auto), que le recordó que la Argentina tenía todavía un costo laboral que triplicaba los de Brasil, México y Chile, apoyó el gradualismo.

Es cierto que hay dudas. ¿Habrá que auscultarlas entre los silenciosos? Ayer hubo varios: Sebastián Bagó; María Luisa Macchiavello, de Droguerías del Sud; Alejandro Bulgheroni, de Pan American Energy; José Moreno, de Mastellone.

Edualdo Elsztain, de IRSA, quiso saber qué pensaba el ministro del auge de las criptomonedas. "Es un tema muy importante -contestó Dujovne-. En el G-20 les decimos criptoactivos, porque no son monedas. Hay que regularlas para que no sostengan ni terrorismo ni narcotráfico. Una vez reguladas, no van a tener ninguna ventaja sobre otras monedas, porque para construirlas se requiere energía eléctrica, que es costosa y a veces contaminante. Por eso se hacen en países fríos y con energía barata".

Una respuesta de horizonte excesivo para una Argentina que no ha logrado siquiera que los usuarios paguen lo que vale el gas. Esas anomalías no solo son para los empresarios reverbero del pasado, sino el principal motivo para valorar un programa que aún no los convence: el temor es más fuerte.

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