Macri pelea solo contra el costo de la energía y el populismo

Luis Majul
Luis Majul LA NACION
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26 de abril de 2018  • 00:08

Debería haber algo en el medio entre los golpes de tarifa con que cada tanto el Gobierno sacude a la clase media metropolitana y la receta delirante de Cristina Kirchner de retrotraer su costo a diciembre del año pasado y congelarlas hasta Dios sabe cuándo. Otra vez, la mejor noticia para Mauricio Macri es que un gran número de dirigentes de la oposición no parecen tener autoridad política, ni tampoco moral, para cuestionar sus decisiones y su rumbo. Y la peor noticia para Presidente, sin lugar a dudas, es que la brecha que separa a la vida real con su deseo de que los argentinos gasten menos energía sigue siendo enorme. Ahora parece que los porteños prefieren gastar menos dinero en alimentos, antes que resignar el uso el acondicionador de aire a full en verano y la caldera o la estufa a todo lo que da en invierno.

Pero Guillermo Olivetto, uno de los más prestigiosos especialistas en consumo, lo pone en cuestión. Olivetto explica que la sostenida baja del gasto en los hipermercados no significa que la gente compre menos. Argumenta que lo que no están mostrando los números es la tendencia a comprar on line, o en supermercados chicos o hipermayoristas. Lo que parece evidente es que el mundo digital se está llevando por delante, cada vez más y con mayor velocidad, al planeta de nuestros padres y nuestros abuelos. Y que el ejemplo personal de Macri recordando cómo su nona, en su casa de Tandil, lo tapaba con una frazada durante las noches de invierno porque era demasiado oneroso dejar la calefacción prendida, atrasa unos cuántos años.

El jefe de gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, pareció entender mejor el problema al afirmar que el uso intensivo de lámparas led en lugar de las "comunes" podría llegar a generar un ahorro de energía de hasta el 40 por ciento. Sea como fuera, cualquier cosa parece mejor que seguir con la doble mentira de que la energía era casi gratuita y que como Dios es argentino no la terminaba pagando nadie. Porque los subsidios de Néstor y Cristina Kirchner, además de ser explicados por la corrupción, no castigaban a las empresas, a las que el Estado les seguía pagando puntualmente, sino a los consumidores, porque terminaron generando una inflación reprimida que, como se ve, no está resultando tan fácil de bajar.

Ver y escuchar ayer en el recinto al mismísimo exministro de Economía que dejó de medir la pobreza Axel Kicillof lamentándose por la eventual desaparición de los clubes de barrio, parecía un chiste. Pero el Gobierno debería prestarle más atención, por ejemplo, al análisis de Marco Lavagna cuando sostiene que, a pesar de los fuertes aumentos de tarifas y su considerable impacto en el gasto, el déficit sigue siendo el mismo, porque lo que se ahorra en subsidios se "derrocha" en endeudamiento. Un endeudamiento que está creciendo de manera exponencial.

Lavagna hijo sostiene las banderas de su padre, el exministro de Economía Roberto Lavagna, quien se fue del gobierno de Kirchner con la idea de que los subsidios debían ir disminuyendo progresivamente. O, para decirlo mejor, que las tarifas debían ir acompañando el crecimiento de la inflación.

Una alta fuente que pertenece a la fuerza política que se aglutina alrededor de Sergio Massa afirmó que los últimos aumentos de gas y los que vendrán de luz y transporte son parte de "un compromiso secreto" del gobierno de Macri con el Fondo Monetario Internacional. Un compromiso que le garantizaría el acceso a la toma de deuda con tasas más o menos "aceptables".

Al Presidente no le importa mucho lo que piense la gente de Massa en particular ni la oposición en general. Aceptó prorratear y aplanar la tarifa de gas a pedido de sus socios de Cambiemos con la condición de que no le tocaran el precio. Macri atiende los teléfonos de economistas y periodistas y los manda a consultar datos específicos con Gustavo Lopetegui. El vicejefe de gabinete, a su vez, reenvía una planilla que contiene un resumen de las facturas de gas para invierno de este año, una comparación entre el consumo y el precio entre Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile, y la incidencia del pago de los servicios en la canasta de gastos de un hogar promedio según el Indec.

Según el documento, las tarifas de gas de Montevideo y Santiago son en promedio un 160 por ciento más caras. De acuerdo al estudio, a pesar de que las tres ciudades tienen temperaturas promedio similares, Buenos Aires consume un 70 por ciento más de energía que las de Uruguay y Chile. Una columna aparte indica que, con las tarifas vigentes a partir de este mes el 60 por ciento de los porteños pagarán menos de mil pesos por mes, el 20 por ciento abonará entre mil y 2000 pesos; el 10 por ciento entre 2000 y 3000 pesos y el último 10 por ciento más de 3000 pesos. Y otro cuadro detalla que el gasto en servicios públicos, que incluye las tarifas de gas, luz, colectivos, agua, ferrocarriles y subte, suman el 7.9 por ciento del gasto total del hogar. De ese casi 8 por ciento, la que más gasto insume es la boleta de gas, con el 3,2 por ciento, seguida por la de luz, con el 2,2 por ciento, el colectivo, con 1,6 por ciento, y más atrás el agua, con el 0,7 por ciento y el ferrocarril y el subte, ambos, con el 0,1 por ciento. Casi un 30 por ciento del gasto familiar corresponde a alimentos, bebidas y tabaco, un 12 y medio a transporte y comunicación (no se incluye el transporte público), un 11,5 por ciento va a parar a vivienda, equipamiento, mantenimiento del hogar y otros combustibles, un 9,5 por ciento a recreación y cultura, un 9,1 en restaurantes y hoteles, un 8,8 en prendas de vestir y calzado y un 8,2 en salud.

Al estudio le faltan un par de razonamientos que no se pueden leer en las planillas de cálculo. Uno es que tanto Chile como Uruguay llevan generaciones cuidando el consumo de su energía, mientras que la Argentina, durante el mismo período, el derroche y la ilusión de que nos sobraba se impuso por encima de cualquier otra variable. El otro es que para llegar a un promedio, siempre se necesita prestar atención a los ejemplos de "las puntas". Y los ejemplos más extremos indican que en la zona metropolitana hay muchísima gente para la que el pago de los servicios supera más del 20 por ciento del total de los ingresos familiares. Sigue siendo menos costoso, en términos reales, que los servicios públicos que se pagan, por ejemplo, en las provincias de Córdoba, Santa Fe o San Juan. Pero los estrategas del Gobierno olvidaron cuánto ruido pueden hacer, aunque no representen ni por mucho a la mayoría de todo el país.

El otro gran problema que tiene Macri es que siempre lo dejan solo para dar malas noticias. El ministro de Energía Juan José Aranguren no puede salir, porque la última vez que lo hizo cambió el eje de su argumentación central al responder que él volvería a traer sus ahorros a la Argentina cuando el país le genere más confianza. El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, no volvió a decir esta boca es mía después de que se filtrara la información de que había blanqueado más de 20 millones de pesos en el marco del sinceramiento fiscal. Todavía no era funcionario y el blanqueo, se supone, debería estar protegido por el secreto fiscal. Pero desde que Noticias reveló el dato no volvió a conceder entrevistas. Ni siquiera Lopetegui tiene ganas de poner la cara por algo en lo que cree. Es una condición que le puso al Presidente a pedido de su familia, antes de aceptar el cargo. Lopetegui rechaza el alto perfil. No quiere que la gente lo reconozca por la calle.

Por: Luis Majul

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