Sueños de libertad desde el impulso a la desobediencia

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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29 de abril de 2018  

Al resguardo de su alma se mecía en abrazos un pequeño sueño de libertad.

Todos los mayores que la rodeaban promulgaban el acato, y así intentaban transferirle todos los miedos que habían gobernado sus vidas, llenas de frustraciones. Ellos revelaban con la intransigencia del poder de la educación los más oscuros naufragios de sus propias vidas. Quizás el cambio sea el más poderoso de los lenguajes que tenga toda existencia, su belleza recala en la fuerza del silencio y la infinidad de pequeños pasos que, en su suma, repentinamente promueven una metamorfosis que defiende la única posible inocencia creativa que poseemos; nos es legada al nacer y si la amparamos más allá de la opresión adulta, conoceremos y podremos compartir el verdadero sentido de vivir.

Había nacido con un impulso innato a la desobediencia. El tiempo le enseñaría que la obediencia implícitamente escondía la violencia del sometimiento. Lo había sentido en su uniforme de colegio, en su adoctrinamiento religioso, en las interminables horas de banco colegial mientras miraba por la ventana el movimiento de las hojas de los árboles y el volar de los pájaros.

También se lo habían dicho los labios rojos carmín de la profesora de francés -ya predicaban y predecían infortunio de besos negados y ahogados en su chillona voz metálica-.

Las transgresiones de sus amigos estaban dadas por pequeñas libertades elegidas entre los anaqueles de la prohibición. Las de ella eran un profundo silencio en el que revisaba con desconsuelo las tantas decisiones que habían tomado por ella en su formación. Pero llevaba a flor de piel un rayo de libertad, por el que lentamente comenzó a vivir.

Sus sueños y deseos parecían no ser escuchados, estaban relegados a un cajón de confinamiento. Pero no. Cada día los cuidaba y alimentaba de la mejor forma posible.

Esa mañana luego de vestirse y mirarse al espejo recordó el río de su infancia, el que daba la vuelta entre las enormes piedras haciendo ínfimos e íntimos remolinos que tragaban las hojas de las lengas en el otoño. Mientras el Martín Pescador la miraba atentamente desde la altura de una rama. Ella y él amaban el río, su continuidad de movimiento, sus aguas que nunca pasaban por el mismo lugar, siglos de libertad acariciando un lecho de diversidad. Cada limitación que intentaban inculcarle era desechada sobre aquel cauce, una y otra vez al posarlas sobre el agua transparente las veía desaparecer entre borbotones. Aquel silencio de aguas le daban paz, sosiego. Estimulaban su traición al pasado, transgrediendo al decirle no, a las cosas que no quería. Una traición que le hacían sentir pero que en definitiva era retomar algo que le pertenecía, su individualidad, su inocente libertad, sus sueños, la capacidad de discernir, el poder decir con firmeza: No quiero esto.

Aquellas aguas calmas también vivían con la disconformidad que ella sentía en la punta de sus dedos cuando en el colegio debía tomar una y otra vez aquellas lecciones decepcionantemente aburridas. De trece profesores solo uno tenía pasión, él la hacía sentir plena, interesada.

Esa mañana lo recordó todo. Estaba cerrando otra vez una puerta, se estaba yendo otra vez, cambiando, evolucionando.

Aquellas enseñanzas de su primera adolescencia estaban aun presentes -ya conocía los caminos-. No quería vivir en mundos agotados, exhaustos. Sabía luchar, esperar, arremeter una y otra vez, pero también marcharse. Volver a nacer cada vez con el aura fresca de los años.

La mudanza estaba lista, solo faltaba subirse al auto y con calma manejar al nuevo destino; días de viaje.

Al pasar por un enorme charco de la ciudad le pareció ver el reflejo del Martín Pescador, levantó la vista casi sin aire.

Él ya estaba lejos.

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