srcset

Grandes Esperanzas

Tras un duro duelo, transformó su pérdida en el motor de su desarrollo personal y profesional

Carina Durn
(0)
27 de abril de 2018  • 00:56

Hace tiempo ya que Sarita perdió a su hijo de 10 años y el dolor fue extremo. "Fue una muerte repentina. Todos aquellos que hayan perdido a alguien muy cercano o atravesado un dolor muy grande, saben a lo que me refiero: es como si la tierra se hubiera abierto de golpe y nos tragara un abismo oscuro e interminable", explica.

A partir de entonces, ella emprendió un largo camino de búsqueda, sanación y superación. Y, como acontece con muchos sucesos de la vida, durante varios años atravesó por altos y bajos, sensaciones de bienestar sorpresivos, seguidos por la desilusión de una nueva caída; el trayecto, resultó ser una montaña rusa infinita y tuvo que asimilar que hay ciertos procesos y entendimientos que mutan constantemente y llevan toda una vida.

"Se puede sanar", afirma Sarita. "Un día nos despertamos comprobando que ese abismo interminable, tiene un fin, termina. Y nos damos cuenta de que no nos hemos hundido, ni nos fuimos a ninguna parte. Lo que se fue, sí, es parte de nuestra alma y hay que recuperarla. En ese proceso, en mi caso, descubrí que lo que es seguro y debemos entender, es que nuestro cuerpo quedó acá, en la Tierra. ¡Y necesitamos recomponerlo! Y, a veces, esto es una desilusión, hubiéramos preferido que la tierra nos tragara. Pero la tierra no traga, salvo en los terremotos. Sentimos que no tenemos fuerza ni interés, pero hay que volver, traer nuevamente el alma al cuerpo. Y eso es muy difícil, no porque no se pueda, sino porque no estamos tan convencidos de que es eso lo que queremos. Pero no hay opción".

Cuando se deja un dolor atrás la vida continúa y, cuando vivimos, muchas veces también sufrimos por otros motivos.
Cuando se deja un dolor atrás la vida continúa y, cuando vivimos, muchas veces también sufrimos por otros motivos.

Los caminos hacia la sanación

Dicen que, en el camino de la sanación, no hay correctos ni incorrectos si se trata de recuperar el bienestar del alma, pero, para Sarita hay muchos trayectos poco recomendables, porque solo alargan el sufrimiento. " Si en lugar de pararnos temblorosamente sobre nuestros pies para ensayar nuestros primeros pasos -aunque no sepamos hacia dónde, solo que es para adelante-, y decidimos -sí, decidimos- seguir tirados sin avanzar, sumidos en la desesperanza, en la desolación, en la ira contra la creación, contra la vida misma, corremos el riesgo de volvernos a hundir", expresa, convencida. "Por eso digo que no hay opción, hay que levantarse. Porque, para nuestra consternación, el mundo no se paró: el cuerpo pide comida, el diario sigue llegando todas las mañanas, los pájaros cantan, hay que hacer las compras. ¡El mundo tuvo el atrevimiento de seguir girando! ¡Cómo puede! Eso es lo que sentimos. Al menos, es lo que sentía yo".

Sarita, como tantos otros padres sumidos en esa gran pena, quería estar bien, sentirse bien y volver a recuperar su alma y su capacidad del disfrute por la vida, sin culpas. Pero, para ello, necesitaba saber. Si su hijo partió, ¿a dónde se había ido? Si nada se pierde y todo se transforma, ¿qué había pasado con su energía? Si por algo suceden las cosas, ¿qué es lo que debía aprender?

"Fue así, en mi desconsuelo, que comencé a buscar; más específicamente, a buscarlo. Esto me llevó a interesarme profundamente en aquello que todos llamamos el "más allá". La motivación era obvia: allí, estaba lo que había perdido", cuenta Sarita, emocionada.

Un mundo espiritual

En su caso, y como Licenciada en psicología, su visión se amplió más allá de sus saberes profesionales; así, el mundo espiritual se convirtió en su campo de investigación. En el trayecto, no se detuvo hasta encontrar lo que, para ella, resultó ser una respuesta válida y comprobable. "Así, un mundo nuevo se desplegó ante mí. En ese momento dejé de "creer" para sentir que pasaba a "saber" que la muerte es sólo un pasaje; que quien murió, sigue vivo, y no solo en `nuestro corazón´".

Sarita descubrió un mundo nuevo en la espiritualidad, más allá de la religión, y afirma que esto fue lo que transformó su manera de entender y practicar lo que había aprendido en la facultad de psicología.
Sarita descubrió un mundo nuevo en la espiritualidad, más allá de la religión, y afirma que esto fue lo que transformó su manera de entender y practicar lo que había aprendido en la facultad de psicología.

Sin embargo, antes de llegar a su certeza, la tentación de abandonar, de abandonarse, le resultó sumamente atractiva. "Pero todavía tenía dos hijas que me necesitaban, y mi amor por ellas, acompañado por el impulso natural a la supervivencia, y las herramientas que encontré en el camino, me ayudaron, no solo a convivir con el dolor, sino incluso a superarlo", cuenta con una sonrisa.

En su desafío por recuperar sus piezas perdidas, Sarita descubrió un universo completamente nuevo en la espiritualidad, más allá de la religión, y afirma que esto fue lo que transformó su manera de entender y practicar lo que había aprendido en la facultad de psicología. Así fue como, a partir de su experiencia, se decidió a publicar su aprendizaje y trasmitir lo que se le había revelado: "que el cuerpo es solo el traje que cada uno usa en cada vida, que nos encontramos una y otra vez en esta eterna vuelta". Desde su visión, ayudar a sanar a otros pasó a ser el propósito.

"Me abrí a aceptar lo que mi hijo desde `el otro lado´ me trasmitía. Con él, converso en el idioma que alguien sin cuerpo puede hablar, y alguien sin poderes psíquicos, puede escuchar. Pero no deja de ser totalmente real. Tan real que me permite decir que la muerte no existe, aunque eso, claro, no hace desaparecer el dolor de cada despedida".

Un corazón liviano de esa tristeza

Para Sarita, su historia es acerca de una muerte repentina y un camino de sanación, que la llevó a un desarrollo personal y profesional inesperado. Una, en donde tuvo el coraje de levantarse, descubrirlo y abrazarlo con todo su ser como parte de su nueva realidad.

"Ya pasaron 15 años de su partida y puedo decir que, a pesar de que dicen que es el dolor más grande - lo que no podría asegurar, ya que no me gusta andar comparando sufrimientos- mi alma y mi corazón están livianos de esa tristeza. Cargan otras penas, sí, porque cuando se deja un dolor atrás la vida continúa y, cuando vivimos, muchas veces también sufrimos por otros motivos. Con mi marido continuamos, al comienzo, más unidos, pero luego nos fuimos separando silenciosamente, hasta que tomamos la decisión de separarnos hace muy poco. Ya éramos unos desconocidos el uno para el otro. Él todavía no encuentra sentido a lo vivido; deseo de corazón su recuperación y que pueda encontrar su `para qué´; para mí, la experiencia fue el motor de mi crecimiento y vocación", concluye.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.