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Yo La Tengo, los héroes del indie están de vuelta

Ira Kaplan, guitarrista y fundador de Yo La Tengo junto a su pareja, la baterista Georgia Hubley, aseguró que el título de su nuevo álbum, There's a Riot Going On, no es un homenaje deliberado al disco de Sly &the Family Stone, editado en 1971. Bueno, no aclaró del todo. Veamos: "Muchas de las cosas que hacemos simplemente nos hacen sentir bien, no se articulan necesariamente con una idea determinada".
Alejandro Lingenti
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27 de abril de 2018  

El dato, por cierto, suena irrelevante. Pero sirve para entender el modus operandi de una banda que en sus treinta y cinco años de trayectoria se ha movido siempre con criterios propios. Se dice eso de muchos artistas, claro, pero el caso de Yo La Tengo es paradigmático. Basta con recordar sus visitas a Buenos Aires y la actitud de Kaplan, Hubley y James McNew, el tercer motor del proyecto desde 1992, durante los conciertos e incluso una vez terminados: concentración y cero histrionismo arriba; sencillez y buena onda con el público abajo.

El perfil rigurosamente independiente de esta banda de Hoboken, una ciudad de apenas 50 mil habitantes ubicada muy cerquita de Nueva York, se refleja en su relación con los fans, en la política que han mantenido para manejar su carrera y, quizá lo más notable, en su música. A lo largo de todo este tiempo, Yo La Tengo ha definido un canon singular, pero construido en diálogo permanente con la tradición, sobre todo con zonas muy bien delimitadas de esa rica historia: Velvet Underground (una clave para entender casi todo el recorrido), Beach Boys, Bob Dylan, la British Invasion y la psicodelia en los 60; el folk-pop, el krautrock y el punk de Los Ángeles en los70; la new wave, el pospunk y el indie rock en los 80.

There's a Riot Going On toma prestado, con una ligera alteración, el título de un disco ácido y politizado de Sly & the Family Stone que el reputado crítico estadounidense Greil Marcus definió taxativamente: "Su música, nueva, puso en cuestión toda la música vieja (...). Es una obra áspera y perturbadora que puede ignorarse o incluso desdeñarse pero, eso seguro, no puede ser dejada de lado". Este decimoquinto álbum de Yo La Tengo no tiene esa carga ideológica ni esa impronta revulsiva. Pero también admite una lectura política (como casi siempre, dependiente de la subjetividad del que escuche): deliberadamente reposado e introspectivo, el flamante repertorio del trío podría entenderse como una respuesta a los sucesivos terremotos de esta época en los Estados Unidos: Donald Trump (y sus exabruptos) en la presidencia, tiroteos escolares, tenaz resurgimiento del racismo, fobia a la inmigración...

Al margen de interpretaciones aventuradas, de todos modos, están las canciones y el estilo de producción: con John McEntire de Tortoise otra vez como socio, Yo La Tengo recurre por primera vez a la grabación digital y aparece entonces un generoso abanico de pistas que se cruza con bucles, efectos y texturas lánguidas, livianas. Lo que se dice un disco de atmósferas, evanescente, más líquido y gaseoso que sólido, en términos de estados.

Las letras, simples, aleatorias, a veces repetitivas, acompañan el temperamento general de un álbum apoyado más en la sugerencia que en la afirmación. There's a Riot Going On es, en definitiva, la transformación de un sueño pacífico y relajado en un mantra sonoro de 63 minutos. Queda a distancia prudencial de lo mejor de la banda, pero una vez más refleja su presente con honestidad. No hay cálculo ni premeditación en la conducta intachable de Yo La Tengo. Y eso se agradece.

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