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Palacios porteños

Palacio Hirsch: origen, historia y curiosidades de una centenaria joya arquitectónica de Belgrano

José María Costa
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14 de agosto de 2018  • 18:20

No hay vecino de Belgrano R que no haya levantado la mirada ante esa casa de estilo victoriano, que ocupa un cuarto de manzana, sobresale en el barrio y que hoy es uno de los palacios mejor conservados de la zona.

El Palacio Hirsch se levanta imponente en la esquina de Conde y Juramento. La ubicación no fue definida al azar por su impulsor, John Angus, un ingeniero mecánico nacido en Escocia en 1858 que se enamoró de la Argentina. Instalado en Buenos Aires, Angus fue gerente del frigorífico River Plate Fresh Meat Co. de Campana, el primero que hubo en el país, fundado por George Drabble en 1883.

Su casa debía estar cerca de la estación Belgrano R del entonces Ferrocarril de Buenos Aires y Rosario, un medio rápido para llevarlo a Campana. "Tal era la importancia del tren en esa época que la letra R que acompañaba al nombre del barrio era por Rosario, para diferenciarla de la otra estación Belgrano, la C, cuya letra era por Central en referencia a la empresa propietaria del ramal, el Ferrocarril Central Argentino", explicó a LA NACIÓN Adolfo Lucas Brodaric, que trabaja en la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos y se encargó de reconstruir los orígenes del palacio.

Desde sus orígenes y hasta la actualidad, al palacio se accede por un hall que está el centro de la planta baja, donde nace la escalera principal. Según detalló Brodaric "era una construcción de volumen compacto, de planta central, en dos niveles principales, además del semisótano y entretecho. Tiene mucho del planteo de una villa italiana con el ropaje de la arquitectura británica, teniendo en cuenta el referente cultural que era Italia en la Inglaterra victoriana".

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Al frente del diseño y la construcción estuvo el arquitecto inglés John Robert Sutton, que llegó en 1889 a la Argentina, donde permaneció menos de dos décadas. La casa de origen proyectada por Sutton es el cuerpo central del edificio, que Angus decidió llamar "Residencia Belmont" y se inauguró en 1895.

Angus y su familia disfrutarían pocos años de la señorial casa ya que, en la década de 1910, compró la propiedad Alfredo Hirsch. Este hombre judío, nacido en Alemania, llegó a ser presidente y copropietario del grupo Bunge y Born, además de un refinado coleccionista de arte. Su exquisito gusto lo llevó a comenzar con las modificaciones de la residencia, que con el paso de los años y las ampliaciones llegaría a ser conocida como la "Residencia Hirsch".

Lo primero que hizo, según reconstruyó Brodaric, fue agregar un ala izquierda, en dos niveles, cuando comenzaba la década del '20. Se dispuso una gran sala de música en la planta baja y, para engalanar el salón, Hirsch hizo traer y colocar un órgano de tubos que luego fue donado a la Iglesia de San Patricio.

"Una década después, entre 1930 y 1931 se construyó el ala derecha que fue ocupada por un nuevo gran comedor, decorado con puertas y frisos de la Casa de la Inquisición de Sevilla, piezas del siglo XVI. Esta última ampliación es atribuida al arquitecto húngaro Juan Kronfuss", detalló Brodaric.

Del champagne al nazismo

En las épocas los Hirsch la casa estuvo habitada por la familia -un matrimonio con tres hijos- y otras 12 personas entre mayordomos, mucamas, cocineros y personal de mantenimiento. En la actualidad, la casa tiene cinco plantas y conserva en funcionamiento el ascensor original de marca Otis, que fue el segundo que se instaló en el país. Entre otros elementos modernos,contaba con sistema de "aspiración central". De esta forma, quienes se ocupaban de la limpieza solo necesitaban llevar un tubo para poder limpiar.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Durante las décadas que habitó el palacio, Alfredo Hirsch también se dedicó a la colección de arte y de platería colonial. Llegó a tener una de las más importantes del país. Sus descendientes continuaron con su legado y decidieron, en los años '80, donar al Museo Nacional de Bellas Artes 26 obras del siglo XVI y XVII, entre las que se destacan cuadros de Rembrandt y Rubens. Todas ellas se exhiben en la Sala Hirsch, en la planta baja del edificio.

En el casamiento de la hija de Hirsch, que se festejó en el palacio con una orquesta en vivo, la plaza Castelli, que está frente al Palacio, se llenó de gente. Invadido por la emoción del evento, Hirsch le ordenó a sus sirvientes convidarles champagne para que todos brindaran por la nueva pareja, según recuerdan vecinos del barrio que rozan los 80 años.

Otra anécdota en torno a aquella época del palacio se vincula al nazismo. Cuando el régimen de Adolf Hittler detuvo a una persona con el mismo apellido de Hirsch, pero que no era familiar, Alfredo decidió comprar la voluntad de los nazis para que lo liberaran de Auschwitz. Hizo viajar a esta persona a Buenos Aires y lo puso a trabajar en su empresa.

Los hijos continuaron el legado artístico. La hija de Alfredo creó la fundación Amigos de la Música. Acto fiel de esto fue que el debut porteño de la Camerata Bariloche, el 1° de octubre de 1967, en el Palacio Hirsch. Al cumplirse el año pasado medio siglo de ese lanzamiento, la orquesta patagónica volvió a tocar en el histórico edificio en la misma fecha. Del aniversario participó uno de los músicos que había estado 50 años atrás.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

El estilo arquitectónico

"Es un edificio de alta singularidad, en cuanto es una interpretación inglesa de la tipología francesa. Un edificio de definido estilo inglés. Sin embargo, tiene algunos detalles eclécticos. Sin dudas es parte del patrimonio edilicio de principios del siglo XX, testimonio de una época, con valores no sólo arquitectónicos y estéticos, sino también social, pues responde a la formas de vida del momento", dijo a LA NACION Nani Arias, especialista en Patrimonio Cultural y dirigente del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo.

Según Arias el Palacio "responde en líneas generales al 'estilo eduardiano', que remite a la época eduardiana que tuvo lugar en el Reino Unido durante el reinado de Eduardo VII (1901-1910). Esta tendencia, como expresó Federico Ortiz, recuperó el clasicismo del 1900, luego de un largo período victoriano donde había primado el neogótico y la estética medieval".

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

"El grupo de arquitectos de origen inglés que se radicó en Argentina a fines del siglo XIX fue relativamente importante. Fundamentalmente, introducen una arquitectura que logra integrar el producto industrial al quehacer arquitectónico propiamente dicho", sostuvo la especialista, y ñadió: "En las primeras décadas de ese siglo, llegan tempranamente , Richard Adams, Bevans y Bateman, Eduardo Taylor, Henry Hunt, y entre 1880 y 1930 se destacan Walter Basset Smith, Sydney Follet, J.R Sutton (autor del Palacio Hirsch) ,Paul Chambers, entre otros, que diseñan grandes tiendas instituciones bancarias, clubes deportivos, e importantes estaciones de ferrocarril".

Sobre la presencia de otras obras de la misma corriente en Buenos Aires, Arias dijo: "En Buenos Aires, se destacan, además del Palacio Hirsch, la Quinta Hale, Residencia Madero Unzué, hoy sede de la Embajada inglesa, diseñada por los arquitectos británicos Walter Basset-Smith y Bertie Colcutt".

El renacer

En los años '90 el palacio renació. Comenzó un proceso de restauración y puesta en valor de la residencia que, en la actualidad, no es utilizada como vivienda familiar tal como fue ideada. En ocasiones especiales, el lugar abre sus puertas para acoger expresiones artísticas como en su época dorada. En la restauración se decidió que el inmueble volviera, lo más posible, a su diseño primario. Para ello, se consiguieron en Inglaterra los planos originales de Sutton.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

El año pasado una tataranieta de John Robert Sutton sorprendió al golpear la puerta para visitar y conocer una de las obras de su antepasado. Quedó impactada por el Palacio, que también fue declarado Patrimonio histórico con protección estructural en base a la ley 449 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y es uno de los 30 edificios de una época dorada de la arquitectura que se conserva en la Ciudad, como lo son también el Palacio Barolo, Paz, Duhau o Fernández Anchorena.

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