El riesgo de que el éxito se transforme en una trampa

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Para bajar la pobreza y la inflación e insertar al país en el mundo, Macri no puede seguir haciendo lo mismo que hasta ahora
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
(0)
27 de abril de 2018  

El Gobierno sigue aferrado a su método. Las dificultades para controlar la inflación, el escaso éxito para atraer inversiones, los más de 4000 millones de dólares vendidos por el Banco Central desde el 28 de diciembre, los módicos avances en materia institucional... Nada parece constituir evidencia suficiente para estimular una revisión de los qué y los cómo que caracterizan y estructuran la gestión de Cambiemos. Tampoco conmueve la caída en la imagen del Presidente, que vuelve a los umbrales anteriores al proceso electoral del año pasado. Mucho menos, el prematuro paso al costado que dio Emilio Monzó, cansado de comprobar que su contribución a la gobernabilidad desde la Cámara de Diputados no era valorada en la Casa Rosada. Algunos dirán que se trata de un plan de operaciones respaldado por el Presidente, que tiene la paciencia y la convicción para continuar a pesar de los cantos de sirena. Otros argumentarán, por el contrario, que es un caso de "empecinamiento terapéutico": a pesar de la falta de resultados, continuará desarrollándose sin retoques.

Mauricio Macri y su núcleo de mayor confianza consideran que llegó la hora de invertir el capital político acumulado en estos treinta meses de gestión, en especial en los comicios de octubre pasado. La batalla por las tarifas ofrece una oportunidad para mostrar convicción en términos de reducción del déficit fiscal y normalización del cuadro tarifario para que los precios orienten el comportamiento de los consumidores. Casi un sacrilegio para un país que abrazó los espejismos del populismo durante tanto tiempo. De este modo, el Gobierno pretende hacer de la necesidad una virtud: enviar un mensaje contundente respecto de su compromiso con los objetivos primordiales de una política que se ve a sí misma como opuesta a los modos de gobernar y a muchos comportamientos ciudadanos previamente dominantes.

Macri y los ideólogos de Cambiemos se sienten la expresión de un cambio cultural de dimensiones copernicanas, el cual pretenden profundizar y reproducir para impulsar una regeneración de valores y prácticas que ayuden a torcer la decadencia que la Argentina experimenta desde hace décadas. Andrés Malamud se refirió a esta cuestión en un reportaje que Astrid Pikielny le realizó para este diario el domingo pasado. Esa confianza en que existe una fuerza a menudo poco aprehensible para el atribulado "círculo rojo" que impulsa al oficialismo a tomar decisiones que, ex ante, parecen por lo menos arriesgadas constituye un intangible muy importante para el equipo gobernante. Legitima posiciones controversiales: quienes las sustentan ya superaron en el pasado circunstancias similares, desafiando el "sentido común" y sorprendiendo a propios y extraños, hasta a los más incrédulos. Ocurrió con el metrobús de la avenida 9 de Julio. Y, sobre todo, con la construcción electoral minimalista que llevó a Macri a la presidencia en 2015. Si esos preceptos funcionaron tan bien hasta ahora, si desde 2005 han cosechado solo victorias... ¿para qué modificarlos?

Ese hiato entre un gobierno que se percibe como el más genuinamente promercado de la historia contemporánea argentina y el "mundo de los negocios", cuyos intereses, según las hipótesis de no pocos críticos y opositores, ese mismo gobierno pretende defender, es otra de las singularidades de esta meseta trabada y resbalosa en la que se encuentran Macri y Cambiemos. No es fácil entender los problemas de comunicación que existen entre ambas partes. En rigor de verdad, al menos buena parte del mercado, tanto actores domésticos como globales, no "compra" el diagnóstico ni los instrumentos que guían la política económica. El gradualismo como religión oficial tiene la inconsistencia de haber transformado un cómo en un qué: al margen del ritmo (terapias progresivas o cirugía mayor), tanto o más importante es definir la agenda (focos, alcance, costos y beneficios, sustentabilidad). En ese punto se acumulan interrogantes que el tiempo agranda, dados los escasos resultados obtenidos, particularmente en el control de la inflación. Por eso, a pesar de la solidez evidenciada por el oficialismo en materia política y del todavía despejado horizonte electoral, esa desconfianza explica la falta de inversiones productivas y las abundantes (aunque volátiles) apuestas especulativas que contribuyeron, al menos hasta ahora, a financiar la transición.

Otro motivo que explica ese divorcio entre el Gobierno y el "círculo rojo" es que las pretensiones regeneracionistas que impulsa el primero en términos de valores y comportamientos afectan los intereses de algunos integrantes de dicho espacio. Lejos de ser "un gobierno de ricos y para ricos", se trataría, por el contrario, de una amenaza para los privilegios de los núcleos de poder. Así pueden considerarse, por ejemplo, la apertura comercial, la negociación con los laboratorios medicinales o la propia cuestión tarifaria. El oficialismo se siente cómodo en su papel de Robin Hood que defiende el interés de consumidores, jubilados y ciudadanos del interior que siempre pagaron más por los servicios públicos. Se enorgullece de su política social y de los subsidios focalizados en los sectores más vulnerables. Espera ansioso el momento de avanzar con la titularización de las viviendas populares, tal vez la iniciativa más revolucionaria planteada por mucho tiempo en la Argentina. Por eso no tiene prisa por reducir la presión tributaria: la considera un mecanismo ideal para disminuir, aunque sea parcialmente, la desigualdad todavía reinante. Gastan mucho, pero creen gastar bien. O, por lo menos, mejor que antes.

El Gobierno no se cuestiona si debe revisar sus hipótesis fundamentales. "Si la realidad contradice mi modelo, entonces la realidad no me sirve", me dijo alguna vez un funcionario de este gobierno, por entonces académico. Si los resultados no son los esperados, tal vez no sea cuestión de personas, egos, tiempos, caprichos o incapacidad para trabajar en equipo. Analizando las experiencias de Vicente Fox en México y del primer Piñera en Chile, gobernar despreciando la política y extrapolando hábitos del sector privado no suele generar finales felices. Más aún, si el terreno cambia, los logros del pasado y las personas y los métodos que explican buenos resultados de ninguna manera pueden servir para enfrentar con éxito los desafíos del presente.

Macri ganó todo hasta ahora: como empresario, como dirigente del fútbol y como líder político. "Equipo que gana no se toca", suele afirmarse en el deporte. Pero atención: la evidencia empírica demuestra que los técnicos que ascienden a primera no logran salir campeones en la máxima categoría. Para alcanzar los objetivos que se ha propuesto -pobreza cero, derrotar la inflación, insertar exitosamente a la Argentina en el mundo, mejorar la competitividad-, Macri no puede seguir haciendo lo mismo. El país necesita los mejores resultados posibles. De nada le sirve navegar por la mitad de la tabla o, peor aún, evitar pelear el descenso.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.