En la cumbre de las dos Coreas, Kim cambió las amenazas de destrucción por alabanzas

Adrián Foncillas
Adrián Foncillas PARA LA NACION
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27 de abril de 2018  • 08:42

SEÚL.- Seúl y Pyongyang han corroborado con sus firmas los buenos propósitos de los últimos meses y empujado la península hacia una paz duradera. Kim Jong- un y Moon Jae-in han acordado enterrar siete décadas de fricciones y se han comprometido al cese inmediato de hostilidades. Su intención es que este acuerdo germine a finales de año en un tratado de paz y para ello pedirán las imprescindibles firmas de Estados Unidos y China, involucrados en aquella guerra detenida en 1953 con un simple armisticio.

"Los dos líderes declaran solemnemente delante de 80 millones de coreanos y de todo el mundo que no habrán más guerras en la península y que una nueva era de paz ha empezado", afirma el comunicado conjunto leído tras la cumbre presidencial en la localidad fronteriza de Panmunjom.

También han subrayado su compromiso por la desnuclearización total de la península. La declaración no es nueva y tampoco llega ahora con plazos ni más concreciones pero el contexto actual la hace más verosímil. El sacrificio norcoreano de su arsenal nuclear es uno de los puntos que más escepticismo genera en los expertos. Es improbable que Pyongyang entregue su único seguro de supervivencia, al menos en la forma completa y verificable que exige Estados Unidos.

El comunicado incluye otros acuerdos menos mediáticos pero con sobrado simbolismo como la participación conjunta en acontecimientos deportivos internacionales (ambas Coreas ya desfilaron bajo la misma bandera en los recientes Juegos Olímpicos de invierno que gestaron la distensión presente) o la reanudación de reuniones entre los familiares separados en la guerra.

Un apretón de manos con abiertas sonrisas de casi medio minuto para empezar es una declaración de intenciones que desborda el formalismo protocolario. Confianza donde hubo recelos, alabanzas en lugar de amenazas de destrucción. Moon Jae-in y Kim Jong-in certificaron que un nuevo viento de paz recorre esa península donde un pueblo de hermanos sigue dividido por la alambrada. Los periodistas surcoreanos del centro de prensa rompieron en aplausos y lágrimas en una escena tan emocionante que casi olvidaron que Kim es responsable de violaciones de derechos humanos de dimensiones incalculables. No debió de olvidarlo Moon, un viejo y admirable activista democrático con el suficiente pragmatismo para entender que la diplomacia consiste en arreglar problemas sentándose con gente a la que nunca invitarías a tu cumpleaños. Fue una intensa jornada en la que Moon y Kim dialogaron durante horas, pasearon sobre un puente y abonaron un pino nacido en 1953, año del final de la guerra. Terminaron abrazados tras presentar una declaración conjunta histórica.

"Nueva historia", "nueva era", "punto de inicio"... ambos se habían esforzado en enterrar las enquistadas fricciones que meses atrás empujaban la región al abismo termonuclear. A Kim Jong-un se lo vio muy suelto teniendo en cuenta que el treintañero acudía a su segunda cita internacional en seis años de reinado aislacionista. El mundo discute si sólo pretende ganar tiempo en un contexto económico complicado o se ha propuesto meter a su país en la ortodoxia global. Su puesta en escena subraya su campaña de presentarse al mundo como un líder comme il faut que defiende la paz y está a punto de desembarazarse de su arsenal nuclear. Volvió a preocuparse por el sueño de Moon y prometerle que sus misiles no lo sacarán de la cama con el alba. Ese chiste gastado fue lo más sólido que había salido de la reunión matutina.

Kim Jong-un, con su traje Mao oscuro de los grandes días, había acudido a la orilla septentrional de la Casa de la Amistad, en la localidad de Panmunjon, escoltado por una decena de guardaespaldas. Al otro lado del bordillo que sirve de frontera aguardaba Moon con un traje de ejecutivo. Kim, tras las fotografías pactadas en el sur y aún agarrados de manos, le preguntó si quería viajar a su país. Ambos traspasaron el bordillo en sentido contrario y posaron de nuevo. El día será recordado no sólo porque un presidente norcoreano pisó el sur por primera vez en la historia sino porque un presidente surcoreano volvió al norte una década después. Fue Roh Moo-hyun, padrino político de Moon y coartífice de la política de Amanecer que trajo un raro periodo de calma a la península entre 1998 y 2008.

Los dos presidentes se acercaron a la Casa de la Paz de Panmunjom escoltados por la Guardia de honor. "Una nueva historia empieza ahora, un punto de inicio en la era de la paz", escribió Kim en el libro de visitas.

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