Paradojas de la aventura humana

Verónica Chiaravalli
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29 de abril de 2018  

¿Es toda vida que se precie de humana una aventura? ¿O la aventura es apenas una anomalía al pie de página de la existencia? En su bello ensayo titulado, justamente, La aventura (Adriana Hidalgo), el filósofo italiano Giorgio Agamben propone una genealogía del término para pesquisar, en los usos que le dieron el arte y la filosofía, aquellos de sus sentidos que, según la época, fueron modelando la experiencia humana.

La reflexión de Agamben se nutre de la literatura medieval y del pensamiento moderno. Rastrea el origen de la palabra hasta sus probables fuentes latinas, que siempre remiten a "algo misterioso o maravilloso, tanto positivo como negativo, que le sucede a un hombre determinado". Y, partiendo del doble filo de un concepto que toca a la vez lo que ocurre por azar y lo que no puede no ocurrir y compromete al sujeto, esboza una primera consecuencia: para el caballero de los relatos de la Edad Media "la aventura es tanto un encuentro con el mundo como consigo mismo".

Esta noción (y valoración) de la aventura, caerá en el transcurso de la Modernidad, sobre todo de la mano de Hegel, que -tergiversando la intención de los medievales, en opinión de Agamben- pondrá el acento sobre el carácter exterior y accidental de la aventura respecto de la vida ordinaria y de quien la protagoniza.

Pero aquí Agamben introduce un giro crucial que restaura el poder vivificador de la aventura. Con Georg Simmel, muestra cómo se concilian en ella contingencia y necesidad. Y recuerda que, si bien la aventura "consiste en la salida del conjunto de los hechos de la vida" paradójicamente los intensifica: "El concepto de aventura se define por el hecho de que algo aislado y casual contiene un sentido y una necesidad y a pesar de su contingencia y su extraterritorialidad frente a la vida, debe formar parte integral de la naturaleza y del destino de aquel que la lleva adelante". Y cierra su razonamiento (en verdad, abre un vastísimo campo para el lector ávido de aventura intelectual) con una conclusión de hondura conmovedora: la aventura "muestra al mismo tiempo las características de la actividad y de la pasividad, de la seguridad y de la inseguridad, por lo tanto, por un lado nos hace tomar posesión del mundo de manera violenta y decidida y, por el otro, hace que nos abandonemos a él con defensas y recursos infinitamente menores a los que usamos en la existencia cotidiana". Actividad y pasividad a la hora de enfrentar las rutinas y vicisitudes de la peripecia diaria, nos recuerda el filósofo, son aspectos inseparables de lo que, en definitiva, es la vida.

La aventura, Giorgio Agamben, Adriana Hidalgo. Trad.: Mercedes Ruvituso

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