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Mi gran pasión

Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes

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30 de abril de 2018  • 00:13

"No te harás imágenes, ni te inclinarás ante ellas ni las honrarás", reza el segundo mandamiento, ese que jamás hemos podido cumplir. Vivimos en un mundo entregado a la idolatría. Me declaro pecador. La carne es débil. Sin embargo, el metal, fuerte y sólido, es mi mayor debilidad. El movimiento iconoclasta no pudo con nosotros, los que, día tras día, nos inclinamos ante el becerro de dos ruedas.

Las motos, en efecto, son un ícono sagrado que, en algún caso, sirve incluso para desplazarse. Para que un ícono sea eficaz debe ser universal, de modo tal que pueda ser adorado por la mayor cantidad de fieles. Así, la moto es el objeto de adoración del Hells Angels barbado que huye por la 66, pero también la del policía que lo persigue. Es el símbolo de la libertad que montaba Peter Fonda en Busco mi destino (Easy Rider) y la que soportaba el peso demoledor de Schwarzenegger en Terminator. El Che Guevara, cuando ignoraba que habría de transformarse él mismo en un ícono, recorrió América Latina en La Poderosa, una Norton de 1947 sin amortiguación.

Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes
Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes Fuente: LA NACION - Crédito: Julián Bongiovanni

Que la motocicleta es un ícono pagano no es para mí una hipótesis literaria; lo sé por experiencia: cada mañana me inclino ante mi fetiche y, cual Verónica ante el paso del Mesías, froto un paño sobre su irresistible anatomía, le ofrezco mi aliento al ojo impar del faro y, cual jesuita, lavo sus negros pies de caucho. No existe sensación más reconfortante que accionar el arranque y escuchar la voz profunda, sabia y pausada de un motor del año 1938, como el de la vieja Zündapp que reposa junto a mi biblioteca como testimonio de mis dos grandes pasiones: los libros y los fierros. Nada más literario que montar mi antigua Harley del 48 que, como el Quijote a Sancho, conduce a su inseparable ladero: un sidecar en el que llevo a mi familia.

De acuerdo con los estereotipos, los escritores deberíamos adorar las pipas, las lapiceras, las máquinas de escribir y las ediciones raras. Alguna vez, un crítico literario, refiriéndose a mí, dijo: "¿Dónde se ha visto un escritor arriba de una moto con una rubia abrazada?". Aclaro que la rubia es la madre de mis hijos y que me resultaría un tanto injusto obligarla a correr detrás de la moto solo para no escandalizar al reseñador de libros. Semejante comentario no hace más que poner en evidencia la ignorancia del crítico: en la casa-museo de Horacio Quiroga se puede admirar la motocicleta que lo ha sobrevivido.

La relación de los escritores con las motos es de larga data. Cuenta Enrique Cadícamo en sus Memorias que, para que un tanguero pudiese arrogarse tal título, debía haber manejado alguna vez una moto de más de 300 cm3. En el mismo libro se ve al autor de "Los mareados" sobre una antigua HD de válvulas laterales. Una tarde lluviosa 1987, sentado junto al ventanal del bar La Academia, Osvaldo Soriano recordaba la Tehuelche que solía manejar durante su adolescencia.

Cada vez que consigo volver a la vida a una moto siento la misma felicidad que produce devolverle la voz a aquellos personajes que han sido injustamente silenciados por el tiempo y el olvido
Federico Andahazi

Mi primera moto fue una Douglas 350 de 1947. Una elegante moto inglesa, antecedente británico de las BMW de cilindros boxer, que obtuve en canje por una guitarra Gibson Les Paul. Estaba perdidamente enamorado de mi Douglas y suponía que habría de ser aquel un romance de por vida. Pero se cruzó en mi camino una pulposa Sunbeam 500 repleta de curvas. Fuimos felices: era una amante tan apasionada que cuando su motor bicilíndrico vibraba yo sentía que se me aflojaban los dientes. Fui "bigamotor" al conocer a una Triumph Tiger de la que enviudé al poco tiempo cuando se me fundió frente al Cavanagh. Confieso que he tenido encuentros ocasionales con una alemana, una BMW R 69s del 60. También, una breve aventura con una preciosa belga FN. Y admito que he estado con orientales: conocí los placeres que me prodigaran una Suzuki 650, una Honda Goldwing 1000 del 77 y hasta una Kawasaki Police como la de Poncharello.

Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes
Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes Fuente: LA NACION - Crédito: Julián Bongiovanni

La búsqueda, restauración y el mantenimiento de una colección de motos es una tarea gratísima aunque nada sencilla. Rescatar de un galpón una moto dada por muerta, olvidada y convertida en una masa ininteligible es un trabajo que, a priori, se diría imposible como la resurrección. Muchas veces el grueso sudario de grasa y polvo protege las motos de la letal amenaza del óxido. Una vez exhumada y puesta en el banco de trabajo, hay que comprobar el estado de la pintura original, el estado del cuadro y, sobre todo, el del motor. Es raro que se pueda conservar la pintura de fábrica, aunque sí es posible a veces admirar los pigmentos originales antes de repintarla. Aunque nos emocionemos al comprobar que el motor gira sin dificultades y los cambios entran sin delatar obstáculo alguno, debemos saber que, para ahorrar problemas futuros, es necesario desarmar hasta la última arandela y sustituir las piezas gastadas. Cada vez que me toca presentar un libro en el exterior, aprovecho para traer algún repuesto aquí inhallable: desde pequeños accesorios cosméticos hasta pesadísimas piezas motrices. Cuando mis editores me proponen un paseo en los momentos libres, en lugar de la visita a los sitios de rigor, les pido que me lleven a los desarmaderos de los suburbios: con sorpresa, por encima de los lentes de leer, me ven revolver chatarra. En Estambul conseguí el filtro de aire de una Indian, y en Atenas, cerca del puerto del Pireo, compré un cuadrante para el velocímetro de una Moto Guzzi.

Poner en marcha una moto luego de años de restauración es el momento más emocionante. Después de tantas jornadas de trabajo arduo, por fin llega el gran día. Recuerdo la primera vez que estuve frente al gran desafío. Tragué saliva, llené el depósito de aceite, cargué nafta cuidando no salpicar la pintura, respiré profundamente y, por fin, accioné la patada. Al tercer intento el motor carraspeó, vaciló un momento y, de inmediato, rugió con el brío de un animal salvaje. Desde entonces su voz inimitable no ha dejado de hacerse oír.

Siempre me digo que el oficio del escritor no es muy diferente del de restaurar motos antiguas. La mayor parte de mis novelas transcurren en épocas remotas y sus protagonistas son personajes que han quedado sepultados bajo el peso de la historia. Cada vez que consigo volver a la vida a una moto siento la misma felicidad que produce devolverle la voz a aquellos personajes que han sido injustamente silenciados por el tiempo y el olvido.

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