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Ballet

Ludmila Pagliero: La aventura de viajar lejos para estar más cerca del mundo interior

Constanza Bertolini
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30 de abril de 2018  • 01:04

La última vez que visitó Córcega Ludmila Pagliero encontró el paraíso. Un valle entre dos montañas, con un pasto verde intenso más esponjoso que un colchón y pozos de agua glaciar. Allí, a los Pozzi, había llegado prácticamente sin querer, digamos que haciendo uso de su libertad de elección. Fue después de una semana de andar a pie, durante uno de esos viajes que cortan su rutina de bailarina estrella en la Ópera de París. Había decidido desviarse de la famosa GR20 que recorre de norte a sur la isla -una caminata de 15 días que completó en una hazaña anterior-, cuando de pronto la sorprendió ese paisaje de cuento: con caballos y cerdos, una flora salvaje en plenitud y. una granja aparentemente deshabitada. "Un refugio, madera, agua de vertiente y el jardín más espectacular que podía tener -pensó-. Me quedo aquí". Y pasaron los días, con alguna que otra visita de caminantes libres como ella, durmiendo en un establo. "Los cerdos salvajes eran realmente los dueños del lugar y si no quería que me destruyeran la mochila en busca de comida era mejor que fuera yo la que durmiera cercada por un vaya. Es mi responsabilidad adaptarme a las leyes de la naturaleza". Fueron tres días y dos noches, por plantearlo en términos de turista, pero absolutamente incomparables. "En ese viaje aprendí el arte de la creación de cuchillos, me ocupé de una huerta y la cocina bajo las enseñanzas de un granjero que, si un crítico gastronómico conociera, no dudaría en otorgarle a sus platos unas cuantas estrellas Michelin. Compartí charlas y risas con desconocidos hasta el día que decidí volver a hacer mi mochila y continuar hacia nuevos destinos, agradeciendo a la vida permitirme vivirla plenamente", recuerda.

Crédito: Diego Spicavow / AFV

El montañismo, el naturalismo -en verdad, ella dice que su pasión es por la belleza: "No hay nada más perfecto y bello que la naturaleza"- no es un hobby que le apareció ahora, a los 34 años, aunque hay cierta madurez en la forma en que lo toma. Empezó desde muy pequeña, cuando su papá le contaba de sus viajes de mochilero, y siguió en familia, yendo de vacaciones en carpa, muchas veces a Córdoba. "Cada uno tenía que cargar con alguna responsabilidad en sus espaldas. La conciencia ecológica seguramente comenzó en esa temprana edad, quizás de forma natural, ya que mis padres me ensañaban a no dejar ningún rastro de nuestro paso por los lugares que visitábamos. Uno aprende a lavar los platos sin intoxicar los ríos, a disminuir los desechos y cargar con su basura, a saber cómo y dónde instalarse porque la naturaleza es la dueña del lugar y hay que respetarla. Con los años ese aprendizaje se fue profundizando y trato de incluirlo lo más posible en mi vida cotidiana".

Para su cuerpo caminar 6 o 7 horas por día con una mochila de 12 a 15 kilos no ha sido un problema. Se preocupa de prepararlo bien antes, se toma su tiempo para estirar y relajar los músculos con movimientos de yoga. "Los dolores se hacen sentir los primeros días, pero después el cuerpo se adapta a ese esfuerzo. Hidratarse, dormir y disfrutar. Eso quiere decir que uno no corre contra el reloj y puede, simplemente, cambiar de rumbo, caminar menos, o quizá la naturaleza misma te pone frente a una tormenta y no te queda otra que esperar que pase", dice. Para ella, el recorrido en una excursión de montañismo es lo más increíble: el descubrimiento, la sorpresa, las primeras noches en soledad lejos de todo, las dificultades. "En el camino uno se llena de conocimiento, crece, aprecia los momentos y los esfuerzos. La cumbre es esa obsesión por ver el mundo desde lo más alto, un instante, para saborear la realización. Pero es en el camino de ida y la reflexión de la vuelta en la que uno crea el viaje".

Para su cuerpo caminar 6 o 7 horas por día con una mochila de 12 a 15 kilos no ha sido un problema. Se preocupa de prepararlo bien antes, se toma su tiempo para estirar y relajar los músculos con movimientos de yoga

Soledad y dolores, dice. Hubo muchas conversaciones alrededor de esos sentimientos que fueron mutando desde que Ludmila dejó la Argentina en la adolescencia para, sin saber que lo hacía, conquistar la cima más alta de su mundo: el ballet. Ya no está la amargura del desarraigo, aunque la distancia siga tallando, y la soledad -que es su segundo nombre- es electiva. Viaja sola, equilibrando la balanza de Libra, su signo, entre intuición y reflexión. La estimula la aventura, le teme a la rutina. "Poder caminar descalza en la tierra, acostarme contra un árbol, bañarme en un río, dormir bajo el cielo estrellado, observar los colores, el cambio de luz, escuchar la lluvia, mojarme en ella, despertar con los pájaros, perderme en ese mundo hasta desaparecer y ser parte de ello me hace sentir muy bien acompañada. Es como estar en el lugar indicado, centrarme. Recargarme de todos esos elementos y encontrar el equilibrio nuevamente lejos de lo superfluo", describe.

La danza y la libertad, cada tanto, aparecen frente al espejo: es común escuchar hablar de un bailarín como un pájaro, pero menos usual es imaginar que realmente tiene alas. No sé si algún día, como un ser mitológico, Ludmila las mostrará, pero hay que estar seguro de que es una mujer con vuelo. Cuando baila, cuando piensa, cuando mira al mundo.

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