La importancia de tener un hermano

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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28 de abril de 2018  

Si no tenemos hermanos, los buscamos en la vida hasta encontrarlos. Esto es así porque en el ser humano hay un deseo profundo de contar con la fraternidad como valor y referencia, para que el camino que debamos transitar no sea tan árido. Sentir con alguien la cercanía de un destino compartido, valores y sueños gestados en la misma matriz, un rasgo o un gesto en común o un sentimiento surgido de la historia que solamente se entiende si se estuvo allí, en aquel momento cuando en la lejana infancia tantas cosas se forjaban desde sus cimientos... Todo eso marca el significado de la hermandad, esa que se tiene o que se busca más allá de la familia de origen.

Decía el Martín Fierro que la ley primera era la unión de los hermanos, para que los de "ajuera" no los devoraran. Bastante razón tenía. De hecho, el gaucho encontró en su amigo Cruz a ese hermano que, si bien no compartía genética, sí compartía destino y valores, ese sentir entrañable de la amistad que forma un lazo tan profundo que trasciende la sangre para hacerse fraternidad.

En tiempos de "cuentapropismo" en todos los órdenes, la hermandad está silenciada, pero sigue vigente. Hay hermanos y hermandades de todo tipo. Algunas se ejercen desde el compartir del asado dominical vivido como liturgia; otras, por el contrario, se vivencian desde la distancia del desencuentro o a través de las peleas sordas por la herencia (tan intensas como el amor herido). Hay hermanos que no se ven, pero se acompañan a distancia, y están los que se buscan solamente cuando la vida cruza fuerte y se procura, en ese momento, alguien "del palo" que entienda la sintonía íntima de la propia tribu...

Como se ve, hay muchas maneras de vivir la hermandad, todas ellas intensas, aunque puedan estar aletargadas, como ocurre cuando hermanos distanciados se encuentran tras años y años de broncas disfrazadas de indiferencia. Allí, cuando ya es mucha el agua que ha pasado bajo el puente o, justamente, cuando alguno de ellos ha partido de manera definitiva, como un volcán surgen emociones de esas que solamente un hermano puede producir. Es habitual ver esos reencuentros en los que las anécdotas de las peleas quedan en eso, anécdotas, y se ve lo que une más allá de ellas.

Allá en la infancia, aquellos hermanos que aparecían en el paisaje eran el otro necesario para que el narcisismo no hiciera de las suyas. Se aprendía a compartir, a dejar de ser centro de la escena, a hacerse un lugar a los codazos cuando era necesario, a sentir la crudeza que se daba en aquellos ritos y universos generados en común.

Es verdad que muchos hermanos compiten entre sí. La gestión parental suele ser poco hábil a la hora de impartir justicia y evitar que exista puja por lograr un espacio bajo el sol. Cuando las cosas no son ordenadas, la fraternidad a veces se torna un campo de batalla en el que se busca ganar el propio sustento. Los celos, la ley del más fuerte, la dictadura de los más chiquitos ("pobrecitos"), los hermanos problema y los sobreadaptados que no generan inconvenientes (y ese, justamente, es su problema)... El escenario es tan prolífico como lo es la humanidad, pero con el añadido del sentir de la hermandad que, como decíamos, puede estar silenciado, pero nunca deja de existir.

La ley primera es la unión de aquellos que son hermanos, sin idealizaciones, pero sin dejar de percibir que la hermandad es parte de lo que somos. Iguales, distintos, unidos pero no mezclados, aun cuando haya grietas que parezcan insalvables. Al final, la hermandad se hace valor, y cuando las cosas se hacen difíciles, es muy probable que haya un hermano disponible, sea o no de sangre, para derrotar el destierro y hacernos saber que somos parte de una trama, esa que nos hace ser familia, a pesar de todo.

El autor es psicólogo y psicoterapeuta@MiguelEspeche

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