Ir al cumpleaños de la reina Isabel II... en Buenos Aires

Crédito: Ignacio Sánchez
Una cronista fue invitada al lujoso festejo que se realizó en la residencia británica, sin la presencia de la homenajeada
Natalí Ini
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28 de abril de 2018  

"En la residencia británica estoy desde 1992, acá recibí a lady Di, a los Rolling Stones y a la familia real. Solamente me falta conocer a la reina Isabel y al príncipe William", cuenta Sam, el mayordomo privado de la residencia del embajador británico en la Argentina, mientras con la mirada busca a uno de los mozos para que me sirvan algo fresco. Samuel Eduardo Victoria ("sí, Victoria, como la reina", dice sonriendo) está a cargo de cada detalle de la mansión y es, sin dudas, uno de los responsables de esta elegante noche de fiesta. En las redes sociales circula como #CumpleLaReina, porque la fecha fundadora de esta celebración es el cumpleaños de la reina Isabel II, este año el número 92. Y no sé si será un guiño de humor inglés, pero estamos en un cumpleaños y la cumpleañera no está.

Circula mucha gente, vestidos largos, corbatas, moños, brillos y muchos canapés, pero la mirada se me va hacia los techos, las arañas de cristal que cuelgan en cada uno de los salones, los cortinados pesados de color ocre, los sillones estilo Luis XIV y los telares que decoran las paredes. Esta mansión está ubicada en "La Isla" de Recoleta, perteneció muchos años a la familia Madero-Unzué. Se convirtió en la residencia británica hace 100 años y fue declarada monumento histórico nacional. En el vestíbulo me hipnoticé con el diseño en damero del piso, que alterna mármoles negros y blancos, para luego atravesar la puerta de hierro y divisar la escalera de honor de estilo neoclásico inglés.

Sam tiene una corbata verde y amarilla, un anillo de oro y un jopo perfecto. Llegó hace más de 20 años desde Tucumán y a los pocos meses comenzó su trabajo en este lugar mágico. "Vivo acá en el tercer piso, me casé y tuve a mi hijo Oliver. Toda una vida en esta residencia", cuenta. Mientras converso con él al pie de la escalera de honor, una señora se acerca a saludarlo. Ella está con su marido y le dice: "Él es el que nos recibe con té y brownies cuando venimos a la tarde". Se dan la mano. Cuando se alejan, me cuenta que son los dueños de un importante banco. Nos escolta el imponente retrato oficial de Su Majestad la reina Isabel II, nos cruzamos con otras personas que lo saludan, esta vez en inglés. Pero la conversación se corta cuando ve que una mujer sube al ascensor. Acelera el paso, mete medio cuerpo en el ascensor para marcarle el piso. Ella le agradece y dice "Relájese un rato, Sam, hoy es día de fiesta". Aunque tiene una asistente, al mayordomo le cuesta delegar.

Las gaitas escocesas anuncian el comienzo del discurso del embajador Mark Kent, que nos da la bienvenida a esta celebración británica. Nos dice que son días de festejo para la corona porque este fin de semana se casarán el príncipe Harry y Meghan Markle, e invita a que nos saquemos la foto con el fondo del castillo de Windsor, donde será la boda, como para hacernos sentir más cerca. El discurso tiene un tono descontracturado y no tarda en llegar el chiste del fútbol, el recuerdo a la mano de Dios, y su admiración hacia Jorge Burruchaga, jugador de la inolvidable selección del 86, quien subió al estrado para recibir una camiseta de la selección inglesa. Luego pasó a hablar de temas más delicados, como fue la identificación de los caídos en Malvinas de hace pocas semanas y la colaboración entre ambos países para concretar el viaje de sus familias a las islas, para rendirles homenaje. En pocos minutos logró recorrer con diplomacia todos los temas de las relaciones entre la Argentina y el Reino Unido.

Luego se entonaron los dos himnos y el embajador brindó por el pueblo argentino con malbec y con whisky escocés por el pueblo británico. Alzó su vaso y dijo: "God save the Queen". Y en esa frase se condensó toda una historia que por estos días se ve en la serie The Crown. Esta frase nace de una canción patriótica del Reino Unido. Antes era "God save the King", pero un día llegó la reina Isabel II, la que hoy cumple años.

Los salones del primer piso están llenos de gente, reconozco a algunos funcionarios públicos, escucho acentos variados. Si existiera un índice de sonrisas, el de este evento sería altísimo. Todos sonríen con aroma a buen whisky.

Cuando salgo a la galería, me impacta el tamaño de ese jardín, la cantidad de árboles. Esta parte es un territorio anexado, no estaba en la construcción inicial. Encuentro una exposición de autos de alta gama: Jaguar y Mini Cooper, las marcas británicas por excelencia. Muchos se sacaban fotos y entre los comentarios se escuchaba: "¡Esto es una nave espacial!". Pero la realidad es que ninguno de los autos tenía algo futurista, sino más bien esa elegancia, ese clasicismo inglés.

Mi cálculo no es exacto pero ese jardín debe medir más de una cuadra de largo. Metida entre los árboles diviso una hermosa piscina con las reposeras perfectamente acomodadas alrededor. A medida que camino, el bullicio desaparece y por un rato siento lo que debe ser estar en esa casa cuando no hay 800 invitados. Todo es silencio hasta que aparecen los gaiteros, tres muchachos vestidos con las polleras escocesas (en inglés kilt). Es que, según me había explicado minutos antes Eduardo Macrae, presidente de la Asociación Escocesa Argentina, ese es el atuendo de fiesta. Y para este verano inesperado de abril, parece la elección perfecta.

Más entrada la noche, el embajador Kent empieza a recorrer el jardín estrechando las manos de todos los invitados. Me acerco a saludarlo y a agradecerle la invitación, pensé que sería algo rápido pero se detiene a charlar, me pregunta cómo la estoy pasando. Le comento que es la primera vez que estoy en la residencia y que estoy maravillada. "La entiendo, yo nací en un pueblo de 120 personas y aquí estoy. La primera vez que entré a la casa, me perdí. Cuando no hay eventos, la paz del jardín es un placer. Viví en muchos países pero este lugar es realmente único", dice Kent mientras recorre con la mirada todo el espacio y bebe un trago de whisky. Dice que está enamorado de Buenos Aires, del clima, del verde, disfruta de ir a correr y de ver fútbol.

Mientras converso con el embajador, la banda de la Fuerza Aérea Argentina musicaliza con "Quizás, quizás, quizás" y "Despacito". Me ofrecen canapés con salmón, queso de cabra, unos dátiles envueltos en jamón crudo. Para seguir estimulando el paladar, me acerco a la mesa de los quesos cheddar. Los norteamericanos se apropiaron de este queso que nada tiene de anaranjado. El cheddar es un queso muy antiguo, de origen inglés, tiene un estacionamiento largo. Los entendidos me recomiendan combinarlo con una mermelada de pomelo. Una delicia. Y ahora sí que mi sed está en su punto máximo. Me acerco a la barra, la carta de tragos ofrece bebidas de empresas británicas. Elijo un gin tonic o como dicen los ingleses "Gin and Tonic" con unas rodajas de pomelo disecado y pimienta rosa.

A las 23 decido irme; todavía hay gente. El souvenir es un paquete de Walkers, las galletitas preferidas de Su Majestad la reina Isabel. Son típicas de Escocia, pero populares en todo el Reino Unido y el resto de Europa. En este cumpleaños de lujo, me siento una invitada consorte.

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