Cambiemos, una propuesta moderada en apuros

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
(0)
28 de abril de 2018  

En pocos días, la Argentina se precipitó en una crisis. Su contenido no es novedoso: insatisfacción social, descenso de la popularidad del Gobierno, escalada del dólar, duelo entre el Banco Central y el mercado financiero. Este escenario reavivó la incertidumbre, el síntoma típico de un país volátil. Ese no saber qué va a pasar reúne a las generaciones: está incrustado en la conciencia de los mayores y empieza a ser vivido dramáticamente por los jóvenes, embarcados en proyectos a mediano plazo de un gobierno que se pretende innovador. Esta semana muchos adultos corrieron, una vez más, a convertir sus pesos en dólares, mientras los jóvenes que obtuvieron créditos hipotecarios seguían con angustia la evolución de la divisa, porque el crecimiento de apenas unos centavos en su precio implica un incremento de miles de pesos en la deuda que contrajeron con los bancos. En otro plano, los actores fuertes del mundo financiero desarrollaban sus estrategias defensivas: fondos llevándose el dinero, inversores postergando decisiones, cambios de cartera, empresas deslizándose en el pánico porque las tasas llegaron al 30%. Y especuladores frotándose las manos por la misma razón.

Los sondeos que se conocieron esta semana confirmaron el escenario. Sus resultados son preocupantes para el Gobierno y estimulan a la oposición, que empieza a entrever una meta impensable hace seis meses: volver al poder en 2019. Los datos de Poliarquía exhiben una caída significativa de las expectativas sociales y económicas: menos del 20% considera positiva la marcha del país y la economía, el 52% cree que la situación empeoró el último año, aunque el 40% se aferra a la esperanza de que mejore en los próximos meses. La aprobación presidencial cae al 45%, uno de los puntos más bajos de la serie histórica, junto con la confianza en la capacidad de la administración para resolver problemas. En paralelo, se polariza la imagen de Macri: poco más del 40% tiene buena opinión de él, algo menos de ese porcentaje lo cuestiona. En síntesis, aun en descenso se mantienen las expectativas positivas para un sector de la sociedad, lo que sirve de soporte al Gobierno. Sin embargo, se acumulan evidencias que tornan angustiosa la reelección, como se sostuvo la semana pasada en esta columna.

Para entender las acechanzas de Cambiemos hay que recordar dos premisas del comportamiento de los votantes contemporáneos: sus adhesiones son frágiles -líquidas, para usar términos de Bauman- y tienden a debilitarse aún más si la recompensa material no se verifica. El votante lábil puede bancar por un tiempo a un gobierno por razones políticas (confianza en sus líderes, optimismo, rechazo a la oposición), pero a la larga prevalecerán para él los motivos económicos. La jerga popular acuñó una frase nihilista e insuperable para describir este fenómeno: "billetera mata galán". Quiere decir, al menos para la política: el amor es interesado, no alcanza con la promesa, se demanda bienestar. Ahora bien, lo que el votante aguarda depende de las expectativas que posea y este es un punto central para entender el drama de estos días. Al alcanzar el poder, Cambiemos se encontró con un malentendido que no desactivó: altas expectativas de bienestar se proyectaban en el nuevo gobierno cuando la economía, enferma de populismo, ya no podía satisfacerlas.

Como sabemos, los desaguisados de Cristina no concluyeron en una crisis terminal. Macri heredó un enfermo grave, aunque disimulado. La inflación de las expectativas y los precios siguieron de la mano. Con la teoría de que hay que dar buenas noticias (si la esperanza es verde, el optimismo ingenuo es amarillo), Pro desechó recordar el desastre heredado, con lo que mantuvo vivo el deseo candoroso de sus seguidores. Fiel a su estratega, declaró la caducidad del peronismo y la política tradicional, poniendo el foco en un ciudadano abstracto e indolente, que consume soluciones prácticas y se desentiende, por anacrónicos, de los dramas colectivos. Pero debemos ser justos: la estrategia no resultó del todo errada, si no fuera porque se demostró impotente ante la inflación y su efecto devastador para la mayoría. Este no es solo un problema de los sectores bajos, lo es del conjunto de las familias, confrontadas con sus presupuestos insuficientes y sus altas expectativas. La famosa "gente" de Pro se está desgranando porque le dijeron que venían a resolver sus problemas y aún no aparecieron. En la época de las apps se demora el delivery. No obstante, y más allá de las limitaciones del proyecto, la sociedad argentina está ante un gobierno que le propone un objetivo moderado, aunque difícil: cambiar ciertas costumbres para parecerse a sociedades más sobrias, como la uruguaya o la chilena, por ejemplo. A pesar de las dificultades, no estaría mal volver a considerar esta propuesta, porque tiene su lado razonable, en un mundo donde al fracaso de la moderación le sigue el extremismo, bajo la forma de populismos trasnochados, o de ortodoxias que arreglan la economía pero destruyen la sociedad.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?