El violinista en el tejado: una fiesta de tradición y talento

Fuente: LA NACION
Pablo Gorlero
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29 de abril de 2018  

Muy buena / Libro: Joseph Stein / Letras: Sheldon Harnick / Música: Jerry Bock / Dirección, coreografía y adaptación: Gustavo Zajac / Adaptación de letras: Gastón Cerana / Intérpretes: Raúl Lavié, Julia Calvo, Sabrina Garciarena, Dan Breitman, Omar Calicchio, Florencia Otero, Patricio Arellano, Manuela Del Campo, Adriana Aizemberg, Germán Tripel, Miguel Habud, Andrea Lovera, Diego Bros, Julia Tozzi, Eluney Zalazar, Damián Iglesias, Augusto Fraga, Alejandro Dambrosio, Andrés Rosso, Diego Martín, Pedro Frías, Laila Maugeri, Emiliano Pi / Dirección musical: Mateo Rodó / Dirección vocal: Sebastián Mazzoni / Escenografía: Andrea Mercado / Vestuario: Alfredo Miranda / Luces: Gonzalo Córdova / Sonido: Gastón Briski/ Dirección de producción: Ana Florencia Blejeer / Producción general: Julieta Kalik / Teatro: Astral / Duración: 150 minutos con intervalo.

Luego del feliz estreno de Sunset Boulevard, sumado al éxito de Sugar y ahora con El violinista en el tejado, se puede afirmar con certeza que el musical de gran formato no ha muerto en Buenos Aires. Es posible siempre y cuando haya algún productor arriesgado y amante del género que le dé la oportunidad a esta ciudad de no perder el cetro de la Broadway de América del Sur y de ver a un elenco enorme de artistas haciendo lo que los hace felices y, sobre todo, cobrando por eso.

Esta cuarta versión de El violinista en el tejado que se ve en Buenos Aires es una auténtica celebración. No solo por los preceptos que pregona esta pieza basada en un cuento popular del gran Scholem Aleijem, sino por el despliegue y la fuerza que tiene esta puesta concebida por Gustavo Zajac (un conocedor de la obra, ya que montó una versión en Seúl hace algunos años). La tradición y la cooperación que reinan en Anatevka -la pequeña aldea rusa donde habitan las criaturas de esta historia, en 1905-, confrontan aquí con la disolución de una forma de vida, la segregación y el avance de una intolerancia que no cesará nunca. Tevye, el lechero padre de cuatro hijas, tiene una meta: conseguir que cada una de ellas pueda casarse con el mejor partido de la aldea. Pero los tiempos cambian y ya no podrá decidir con absolutismo patriarcal.

Hasta esos nuevos vientos que arrasan con las costumbres harán que él mismo y su esposa Golde se cuestionen si están juntos por amor, por costumbre o porque así alguien lo decidió alguna vez.

Sin la necesidad de requerir demasiados cambios escenográficos, Gustavo Zajac logró asociar a un equipo creativo ideal para conformar una unidad de estilos, formas y buen gusto. La atractiva escenografía diseñada por Andrea Mercado no solo es condensación sino la pintura exacta para las criaturas y sucesos que dan vida a Anatevka. Es síntesis y funcionalidad. Del mismo modo actúan el diseño de luces de Gonzalo Córdova, que facilita climas y acentos, y el vestuario diseñado por Alfredo Miranda.

A ellos se suma una orquesta muy bien conducida con mucha seguridad por el muy joven Mateo Rodó -una auténtica revelación-, quien contó con la erudita colaboración de Sebastián Mazzoni en el trabajo vocal. Si bien el libro de Joseph Stein es impecable en su estructura, desarrollo de historias y de personajes, las canciones de Jerry Bock y Sheldon Harnick son heterogéneas. Hay un puñado de momentos musicales únicos, irreemplazables, hermosos y necesarios así como dos o tres canciones tediosas que aletargan resoluciones. Pero en su labor de puestista y coreógrafo, Zajac sortea cualquier dificultad de este clásico del género con un manejo dinámico del tempo teatral y el espacio. "Tradición", la obertura de El violinista en el tejado, es una de las más brillantes que se hayan hecho. Planeada por el equipo original de la obra (Harold Prince, Jerome Robbins, entre ellos), en poco más de siete minutos se presenta el conflicto, los personajes y el marco en el que se desarrollará la acción.

Zajac distribuye el movimiento escénico con habilidad y logra momentos realmente bellos sin descuidar la dirección de actores. Su conocimiento de danzas judías se ve plasmado en cuadros potentes, plenos de vitalidad y habilidad. Tanto el cuadro de la taberna, comandado por Lavié y el gran Omar Calicchio (que además de lograr una composición acertada, baila y canta en un alarde de talento), como el baile de las botellas durante el casamiento, son eficaces, estremecedores y emocionantes.

Raúl Lavié es un tipo que sabe qué soñar. Los creativos originales de este musical, con Harold Prince a la cabeza diseñaron en Tevye a un personaje tan delicioso como exigido. Requiere de un gran actor que lo encarne y que, a su vez, refleje en su voz su convicción, sus nobles deseos, su autoridad y sus vulnerabilidades. A Lavié le sienta muy bien este entrañable lechero judío. Lo dignifica, lo vuelve vivo, palpable y tan emotivo como simpático. Que el Negro canta bien ya lo sabemos todos, pero aquí vuelve a demostrar lo inmenso que es como actor. Su momento solo en escena, con Dios como confidente y legitimando esa necesidad de cantar a través de la emoción en "Si yo fuera rico" es sublime. Con su labor, él le otorga a esta versión de El violinista... el título de "evento". Porque además de ser un montaje brillante, hay que ver esta pieza para no perderse el gran trabajo de Lavié.

En general todo el elenco es impecable y con ductilidad para todas las áreas que requiere el musical. Además de Calicchio merecen destacarse los trabajos de Julia Calvo, quien le saca buen partido a su Golde; Florencia Otero, siempre sobresaliente, dándole valor al escenario; Patricio Arellano, en una gran composición integral; Dan Breitman, que a través de una creación brillante se gana aplausos espontáneos; Manuela Del Campo, con la personalidad exacta para su Java; Sabrina Garciarena, con suma corrección; Julia Tozzi, encantadora; y la gran Adriana Aizemberg, como la casamentera, experiencia y simpatía. Salvo algunos pequeños desajustes interpretativos propios de un estreno, es un elenco parejo con el que se puede admirar a los talentos locales del género. Del ensamble merecen destacarse los trabajos de Andrea Lovera, Damián Iglesias, Eluney Salazar, Alejandro Dambrosio y Andrés Rosso.

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