Agustín Pichot: en el nombre del padre

La historia del rugbier argentino más reconocido de hoy está marcada por el ejemplo que le dejó Enrique, su papá; una forma de vivir y jugar que no admite encasillamientos
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10 de diciembre de 2000  

-Agustín, ¿alguna vez imaginaste que ibas a terminar viviendo de esto? Del rugby, digo.

Agustín es Pichot. Y juega a... esto desde que tiene memoria, que es como decir desde los 4 años. Difícil pensar que, cuando empezó, suponía ya que su habilidad con la pelota ovalada se convertiría en su trabajo. Difícil. Casi tanto como encasillarlo a él, ahora que es famoso y reconocido, en una sola definición, sea esta influida por lo que hace, por el ambiente en que se mueve, por como habla y se viste. Por como es.

Mejor es escucharlo. Esto de convertir al rugby en un medio de vida. A ver si fue algo calculado.

-No, ¿sabés que no? Y soy muy consciente de que nunca pensé al rugby como un trabajo. Antes que nada, porque mi viejo fue siempre mi modelo, era un espejo para mi forma de vida, y él tenía una visión muy especial de este juego. Gracias a él, que laburaba todo el día y se rompía el lomo desde los 17 años, yo pude jugar. O, al menos, pude dedicarme sabiendo que tenía un sustento económico detrás. Mi viejo me decía: "Vos estudiá y jugá, todavía no te preocupes por laburar". Para mí fue bárbaro, pero yo digo que esa es un poco la parte gris del rugby.

-¿Por qué parte gris?

-Bueno, porque eso es lo que hace que muchas veces el rugby no esté al alcance de todos, creo.

-Que sea elitista.

-Claro... Ojo, no por la parte social, ¿eh?, que es ahí donde se confunden las cosas. Porque se hace la ecuación: "Plata, puedo, papá me banca, soy un chico bien, los chicos bien juegan al rugby". Es como si fuera un enunciado de lógica, ¿no?, pero aplicado al rugby.

-Eee... Es una pregunta complicada, je, je... Yo digo que es feo caratular a las personas, sea lo que sea, odio eso. El tema de si vos sos rugbier, si vos sos rockero, si vos sos... Porque siempre se hace en negativo, ¿no?, en función de crítica. Jamás buscando o sacando lo positivo. Entonces, el rugbier es concheto, va en patota y se pelea; al rockero no le importa nada...

-La etiqueta, bah...

-La etiqueta, yo odio eso, por eso no me fijo. Y por suerte tuve una educación muy buena, por lo amplia, y todos mis amigos fueron del barrio. Me crié en un barrio, hice cosas de chicos de barrio, no respetaba los códigos de quien puede ser considerado un chico bien. Siempre usé el pelo largo, juego con las medias caídas, fui a recitales de rock desde que me acuerdo y, de hecho, sigo yendo. Lo que siempre respeté fue mi entrenamiento y mi forma de jugar. Eso fue lo que respeté, a full. Y lo que amé. Por un lado fui un chico bien, sí. Tampoco me quiero hacer el rebelde... Porque fui a un colegio como el San Juan El Precursor en San Isidro y soy de Martínez. Pero tuve la suerte de vivir la realidad, de que en mi vida haya un equilibrio que me permita saber siempre, o casi siempre -por lo menos lo intento- dónde estoy parado. Y saber, también, que nadie te regala nada.

Agustín Pichot está parado, hoy, en el centro mismo del ovalado mundo del rugby. Sólo que sería un error pensar -como el mismo diría, un preconcepto- que allí se acaba todo y que eso surgió de la nada. Y que alguien le regaló algo. Su estilo de juego, por un lado, y su carisma, por todos, lo han llevado a ocupar un lugar, un protagonismo, que seguramente tampoco imaginaba cuando empezó. Basta decir que, como alguna vez Hugo Porta, hoy él es el sinónimo de rugby argentino en cualquier rincón del planeta.

Imagen simbólica de los Pumas actuales donde éstos jueguen, su talento -como el de otros deportistas argentinos- se volvió materia de exportación: cada fin de semana despunta su vicio muy lejos de San Isidro, en las canchas de los inventores de este juego, en Inglaterra, ahora con los colores del Bristol como antes fueron los del Richmond. Antes, mucho antes, aunque hoy sólo cuente con 26 años, habían sido los del CASI. Club al que él llegó, claro, de la mano de quien marcó su vida para siempre y como nadie.

"Mi viejo. Por mi viejo empecé en el rugby. El había jugado en la Primera del CASI (entre el 1965 y 1970). Era rugbier, más rugbier que cualquiera que te puedas imaginar. Era el tipo más ovalado del mundo. El tuvo muchas veces la oportunidad de ser dirigente; y siempre dijo que no. Se plantó: Mis hijos están primero y nunca voy a hacer nada que pueda afectar la carrera de ellos. Eso es algo que yo le voy a agradecer eternamente. Jamás, jamás lo vi con una corbata de los Pumas o metido en el medio de algún encuentro o nada... Si hasta renunció a la comisión directiva del CASI cuando mi hermano Enrique y yo empezamos a jugar en el plantel superior. Yo sabía lo importante que era para él ir al club los jueves, quedarse a cenar después de la reunión, y por eso le decía: No seas tonto, papá, seguí. Pero él me contestaba: Dejá. Yo llego a ir a una reunión, me siento y a alguno se le ocurre decir algo de mi hijo, lo tengo que agarrar a trompadas. Así era él. Y ahora lo entiendo, lo entiendo muy bien."

Enrique Alberto Pichot, además de padre de familia y contador, era básicamente un apasionado del rugby. Pasión que les transmitió, intacta o tal vez aumentada, a cada uno de sus hijos. Como dice Agustín de su hermana Bárbara (de 29 años), un poco en broma, un poco en serio: "Hubiese sido un rugbier fenómeno, sólo le faltó ser varón. Pero es una excelente maestra jardinera, ¿eh?" Eso sí, está casada con Juan Sabatté, hooker de la primera del CASI. Hasta su mamá, Cristina, vive los partidos con la misma pasión de un hincha. Enrique, el mayor, de 28 años, es el actual medio scrum del CASI y Joaquín, el menor, de 20, también usa la camiseta Nº 9 e integra el plantel superior (llegó a jugar unos minutos en primera). Una cuestión de familia, entonces. Una forma de vida, transmitida de generación en generación.

"Hubiera querido conocer a mi abuelo paterno, Horacio. Se mató en un accidente de moto cuando mi viejo tenía 17 años. Por lo que me cuentan, era un enfermo del rugby. Un vago hermoso que vivía en Núñez y era dentista, pero más que eso, rugbier. Jugaba en Obras Sanitarias, y también hacía de referee y dirigía. Su vida pasaba por ahí. Trabajaba dos o tres días a la semana; el resto del tiempo, cerraba el consultorio y ahí mismo se juntaba con sus amigos, una banda que se llamaba La Voz de la Guinda, para hablar de rugby. El coleccionaba, en unas carpetas negras, de ésas de cartón duro, escrito a máquina, partido por partido, todos los resultados de Obras en cada división. ¡Un loco! "Así era mi viejo, también.Todos los diarios que había, con una foto mía o de mis hermanos, los compraba. No le alcanzaba con tener uno. Los iba guardando, hasta armar un verdadero museo. Cuando pasaba algo de rugby, el mundo se paralizaba y la vida entraba en pausa para él. Vos llegabas a tocar un video de un partido mío, que él mismo había grabado y que veía setenta veces en una semana, y explotaba la casa. Volvía del trabajo, se servía un vaso de vino y se iba abajo, donde tenía armadas sus cositas, a verlo una y otra vez. Paraba la jugada donde yo hacía algo bien, la repetía, y si venía alguien se la mostraba".

Cuando Enrique Alberto Pichot murió, a los 53 años, culpa del cáncer, el 30 de abril de 1999, su hijo Agustín había recorrido ya un largo camino en esa pasión que los unía más aún que la sangre. Y si bien ese chico, que rompía todos los moldes de un rugbier clásico, a veces resoplaba de fastidio cuando se alargaban las charlas con su padre, está claro que escuchó cada una de sus palabras. No sólo no dio un paso sin consultarlo; también se propuso, ante él y en forma de promesa, lo que conseguiría después.

Agustín era, y es, Fichín en las calles de San Isidro. El apodo tiene que ver con su adicción a los juegos electrónicos y a su insaciable necesidad de contar con fichas para jugar el Double Dragon o el Kung Fu Master. Ahora ha virado levemente su pasión hacia la informática. Son famosos sus e-mails, el chateo lo desvela y, cuestiones de imagen de por medio, cuenta con una excelente página personal en Internet, www.apichot.com, solventada por Starmedia.

Allí, él mismo cuenta sus primeros pasos. "Quiero rescatar que lo más importante de mi vida en el rugby infantil fue que ahí empezamos a formar el grupo que hoy llamamos la 74, que obviamente éramos los chicos nacidos en aquel año. Podría decir que compartí con ellos toda la adolescencia. Los sábados, para mí, eran sagrados. A las 8.30 me levantaba para ir a jugar (me acuerdo, patente, que aunque lloviera lo hacía ir a mi viejo a la placita del club, para que ahí me dijeran que las canchas estaban inundadas). Ese día era el peor de la historia, me llevaban al cine o a cualquier lado, pero era lo mismo que si me estuvieran atando. Todo el folklore de los micros naranjas escolares que nos llevaban al anexo del CASI en Escobar o el viaje en auto con amigos, el estar desde las 9 hasta las 12 jugando, era espectacular. Después, iba a comer ñoquis a la casa de mi abuela, María Angélica, con la familia y arrancábamos a ver la Primera. Esa fue la estructura de mi casa y sigue siendo, porque Enrique es el que juega ahora en la Primera."

El continúa, también, con la historia: "La etapa más interesante, para mí, empieza en las divisiones juveniles. Venía con un perfil un poco soberbio, me llevaba el mundo por delante, era muy caprichoso, inquieto, muy malcriado y así fue como de a poco me fui dando varios golpes. El primer gran salto fue en Menores de 16 años. En un partido amistoso con Belgrano, a principios de año, me acuerdo que le protestaba todo al árbitro y en una de esas tantas veces me mandó debajo de los palos; en los últimos diez minutos perdimos el partido. El martes nos juntaron a todos en el entrenamiento, nos sentaron y comenzó una charla. Marcelo Pipo Larrubia, una excelente persona con la que tengo muy buena relación, empezó a hablar. Y lo primero que dijo fue: Rescato la actitud de ustedes, pero quiero resaltar la actitud de uno de ustedes, quiero hablar de vos, Agustín. Y me empezó a dar con munición archigruesa. Que era un malcriado, que no pensaba en los demás, que esas actitudes de chico caprichoso -un chico de 15 años- ya no las podía tener, que así no iba a llegar a ningún lado... A partir de ese día cambió todo. Desde ese día, mi vida fue rugby absoluto. Vivía y moría por el rugby y por llegar. Quería demostrarle no sólo a él, sino a mí mismo que yo podía llegar.Y estaba convencido de que iba a ser el mejor. Suena muy arrogante, pero en ese momento era así".

No fue fácil la continuidad hasta el definitivo despegue. Internas políticas que nunca faltan y que su padre detestaba lo dejaron fuera del plantel de los Pumitas que fue al Mundial de la FIRA en 1993 (lo convocaron después, para el Sudamericano), como antes había sucedido con su hermano, y la vida en el CASI ya no fue tan agradable: al pibe que se quería llevar el mundo por delante lo mandaron al equipo B de los Menores de 19.

"Me rescataron dos grandes tipos, Oscar Cercelli y el Tano Mazzini. Y después otros, como Alejandro Chiquito Travaglini, Guillermo Cacho Varone y Fernando Pope Morel, confiaron en mí y en el Colorado Patricio Fuselli, que era el talento de mi grupo, y nos pasaron de los Menores de 19 a la Primera sin escalas. Entonces sí, todo fue alucinante." La alucinación corresponde a 1994. El CASI estaba en Segunda y logró el ascenso, a él lo convocaron para jugar seven en todos los torneos posibles y también, por primera vez, para los soñados Pumas. El ambiente del rugby empezaba a hablar de ese petiso de pelo largo y medias caídas que jugaba... a otra cosa.

Agustín es Gus, en Inglaterra. Con eso basta para identificarlo en un país donde el rugby compite con el fútbol el primado de la popularidad y donde no es sencillo ser argentino. Menos, jugando al deporte que ellos crearon. Salvo, claro, que se lo haga bien.

-Y con esa visión que tu familia tiene del rugby, ¿les gustó que te hicieras profesional?

-Al principio fue muy raro, pero siempre me apoyaron y se dieron cuenta de que era inevitable.

-¿Por qué?

-Porque cuando recibí la primera oferta para irme a jugar al exterior era muy chico (20 años). Cuando volví de jugar el Seven de Punta del Este, en enero de 1995, me llamaron de París: "¿No querés venir a jugar como profesional?", me preguntaron. Y en esa época acá no se sabía nada de eso, casi no había argentinos afuera. Yo decía que sí, pero, la verdad, no tenía ni idea. Imaginate, nunca tuve agente ni nada.

-Entonces...

-En 1995 me convocaron para los Pumas (su debut fue en la gira por Australia) y en 1996 me llevaron al Seven de Hong Kong. Allá me llamaron por teléfono desde Inglaterra, los del club Saracens. "Agustín, te estamos siguiendo, tenemos esta oferta, ¿querés venir?" Para mí, era un montón de plata. Y era muy chico, muy ingenuo. "Bueno, vengan y hablamos", les dije. ¡Yo tenía 21 años! Y se me apareció el inglés en Hong Kong. "¿Qué tal? Soy Mike Reed, hablé con vos por teléfono, soy el representante de Saracens." Y a mí se me puso la cara blanca. Y empecé, que sí, que no. Hasta que el tipo me apuró: "Bueno, ¿vas a venir? Acá tengo el contrato, para que lo firmes". Sólo atiné a decirle que me lo diera, que lo iba a leer.

-Ni pensabas firmarlo.

-Yo estaba solo en un hotel de Hong Kong, ¿qué iba a hacer? Agarré el contrato, que era el primero que veía en mi vida, y me metí en el cuarto, solo. Yo sabía que no iba a firmar. Estaba estudiando y ¿cómo le decía a mi viejo que me iba, así, de un día para el otro? Entonces le dije que lo tenía que consultar con mi familia. Los tipos me apuraron, que habían ido hasta Hong Kong sólo para eso... Zafé y me volví para la Argentina. Y me senté con papá, con la copia del contrato en la mano. Ni me miró, sólo me contestó: "No estás listo". Así era mi viejo: cuando le preguntabas cosas importantes, se acababa el fanatismo. Era objetivo y duro. Yo reaccioné como un nene caprichoso, enojado. A los dos meses, un día que hoy recuerdo con una mezcla rara de alegría y tristeza, me acerqué y le pregunté: "Papá, ¿por qué dijiste que no estaba listo?". Y él me contestó: "Porque si vos te vas de al lado mío, yo me muero". Hasta el día de hoy me pega esa frase. "Levantarme a la mañana y que vos no estés, sería fatal para mí", me dijo. Me explicó, también, por qué él sentía que yo todavía no estaba listo. Y enseguida me dijo: "Vos vas a firmar contrato a fines de este año, después de la gira por Inglaterra (1996)." Una cosa rarísima, ¿eh?, rarísima... Porque, aparte, yo me lastimé ese año. Me rompí la rodilla y a la gira no fui. Pero me llamaron a Buenos Aires desde Inglaterra y me dijeron: "Queremos contratarte para el Richmond".

-Justo después de...

-Justo después de la gira de la que me habló mi viejo y a la que yo no había ido. Lo encaré a papá y el me contestó: "Andá". Yo firmé en enero de 1997. Hacía cuatro meses que estaba roto, se me habían destrozado los ligamentos cruzados. ¡Con muletas fui a firmar el contrato! Una cosa increíble. Me acuerdo que salió una foto en La Nacion, es un recorte que yo tengo enmarcado y colgado en mi cuarto: Se va el mejor, era el título. ¿Te acordás, Flor, de la nota esa?

Agustín le habla a Flor, Florencia, de 25 años, su mujer desde hace mucho tiempo, tanto que la cosa empezó a mediados de los noventa, en una fiesta del colegio. El, del San Juan; ella, del Michael Ham. Flor asiente con la cabeza y con una sonrisa. Es alta y castaña clara, y es fácil suponer que no parece extranjera en Inglaterra.

Sobre su pecho descansa Valentina, de dos meses, un hermoso carácter, ojos claros y el pelo negro azabache furioso, que nunca le cortaron, igual al del padre. No es posible fotografiarlos a todos juntos, a menos que se consigan escenas de reuniones familiares. Sin histeria, pero con firmeza, aseguran que quieren preservar esa intimidad de los vaivenes de la fama repentina. Flor es estudiante de medicina y este año, apenas Valentina le dé un respiro, piensa terminar su carrera, en la Argentina o en Inglaterra.

Mientras tanto, Agustín también sigue estudiando en la universidad, aun cuando es un muy bien remunerado rugbier profesional. En Londres, alarga su carrera de marketing y administración de empresas.

El chiche de su buena vida en el Reino Unido es un BMW Z3, "como el de James Bond". Y también la posibilidad de viajar a encontrarse con amigos en cercanos puntos de Europa. Por ejemplo, a ver a Eduardo Heguy jugar al polo en Inglaterra; o a Madrid, donde el anfitrión es Santiago Solari y el punto de encuentro Demaría, un restaurante a la argentina en el corazón de la capital española. Allí y por el jugador del Real Madrid conoció a Andrés Calamaro, músico que se ha ganado un buen lugar en su nutrida discoteca personal. También, claro, y ya que ahora vive y juega en Bristol, a cuarenta minutos de Londres, lugar donde la música se siente de verdad, sigue con la costumbre de los recitales.

El resto, entrenamiento y partido, entrenamiento y partido. "No sé, hay como una fantasía de que uno vive como un rey. Y por ahí, cuando mis amigos vienen a visitarme a mi casa, me dicen: ¡Huy!, es difícil esto. ¡Huy!, está lloviendo, ¿vas igual a entrenarte? ¡Huy!, mirá la cancha como está". Y sí, todos los días voy a entrenarme, con la cancha como esté, así es la cosa y está todo bien. Y ése es tu laburo... Y llegás a la noche y pedís que alguien te tire una soga porque estás... ¡muerto! Qué restaurante ni salida ni nada: Flor, preparame algo de comer. Y a dormir."

Ahora, en Bristol, está Flor. Pero antes, en Richmond, estaba solo. "Fueron durísimos aquellos primeros tiempos. Encima, la fiesta de despedida de mi casa había sido terrible, como si me estuviera yendo a Alaska por diez años y nadie me fuera a ver. Una nostalgia terrible. Pero yo me había puesto un plazo: tres meses. Caiga quien caiga, tenía que aguantar tres meses. Si funcionaba, bien; si no, me volvía... A los dos meses estaba ¡feliz! Extrañaba un montón, ¿eh?, pero por primera vez sentía que tenía algo mío. Que tenía mi auto, que tenía mi casa, que tenía mi sueldo, que podía ir a comprar algo sin tener que pedírselo a mi papá, sin tener que decirle, como le decía siempre: Viejo, bancame en la tarjeta que me acabo de zarpar".

Cuatro años después, bien puede decir que lo logró. No sólo por lo que gana con su juego, sino por lo que vale su imagen. Hoy por hoy su cara aparece al lado de un logo de Adidas, British Airways, Peugeot, Heineken o Eden Park.

Agustín es el capitán del Bristol, como antes lo fue del Richmond. Y, se sabe, la capitanía no es sólo una denominación en un equipo de rugby. Tiene que ver con el liderazgo y con el estilo, no sólo de juego.

-Suena impresionante eso de la capitanía. ¿Cómo llega un argentino a ser capitán en un club inglés?

-Es muy interesante. Sobre todo porque la capitanía no me la dieron de entrada; me la gané, que es mucho más lindo. Hoy miro atrás y digo: "¡Qué animal, las cosas que hice!" Llegué a un club totalmente nuevo y le dije al capitán que las cosas se tenían que hacer como yo creía.

-A la pucha...

-No, si yo entré cruzado al club. Mal, mal... Pero tiene que ver, creo, con el puesto en el que juego. El medio scrum es la distribución, la decisión, tácticamente es el más importante. Ahora cambió mucho el rugby, pero en ese momento no se podía aceptar que el número ocho decidiera qué hacen los backs, por ejemplo, porque no da, no da... Hoy por hoy, el juego pasa por el nueve y el diez, es clarísimo, no hay otra forma. No es porque yo juegue de nueve; es un tema táctico como, no sé, será el diez en el fútbol. Lo que pasa es que en el fútbol todos ven el panorama y en el rugby hay varios que están todo el partido con la cabeza enterrada en el piso.

-¿Y entonces?

-Bueno, Ben Clarke, octavo y capitán del Richmond y capitán de Inglaterra, era el dueño del equipo. Y vino un chico de América del Sur, con pelo largo y las medias caídas, a decirle lo que tenía que hacer... Bueno, terminamos a los golpes en un entrenamiento, un desastre.

-¿Y te peleaste a piñas?

-Me pasaron un par de trompadas cerca que, si me llegan agarrar, todavía estoy enterrado en la cancha de entrenamiento. Pero es como con todo: te tenés que hacer valer. Si dudás, no te imponés nunca. El día que me tiró esas trompadas era para volverse a Buenos Aires desde ahí mismo, pero yo me lo tomé de otra manera. Como una plataforma donde hacerme fuerte. Por esos días, encima, me desgarré. Dos meses afuera.

-Todo mal.

-Todo mal. Bueno, entonces, cuando me recupero, viene la gira de Australia por la Argentina. Y, para mí, los Pumas son los Pumas. No había ni media duda. Entonces, agarro y le digo al técnico, apenas me repongo: "Bueno, la semana que viene me voy". El tipo me mira y me dice: "¿Adónde te vas?" A jugar con los Pumas, adónde iba a ir... Y el tipo me dice: "Escuchame, nene, estuviste dos meses lastimado y vos querés que yo te ponga este sábado para irte el próximo. Hacé lo que quieras, pero vos no jugás..." Chau, me tomé el avión y me fui. Me fui a jugar la Copa Latina, en Francia, después les ganamos a los Wallabies . Y después regresé. Me encontré con el tipo. "¿Cómo te fue?", me preguntó. "Bien, me fue, bien", le contesté. "Sí, ya me enteré, ¿y vos creés que acá vas a jugar?", me preguntó. "Problema tuyo", le contesté yo, que me sentía reseguro. "Por ahí volvés a jugar en un mes", me amenazó. "Está bien", le contesté.

Empecé a entrenarme como un perro. Jugué un par de partidos, volví a exigirme y me volví a desgarrar, en febrero de 1998. Después, por fin, jugué siete partidos seguidos, al equipo le fue bien y terminé bárbaro. Al otro año, seguí en el mismo club, con el mismo técnico. "Me ganaste", me dijo el tipo. "¿Qué te gané?", le pregunté yo. "Me demostraste, durante doce meses, que eras el hombre que yo necesitaba para mi equipo... Y ahora queremos que seas el capitán". Me mató. "No, creo que no estoy listo, todavía. Es muy fuerte que sea un argentino el capitán de un equipo inglés. Por ahí hay algún jugador que..." Y él insistió: "No, no, los jugadores me pidieron que vos seas el capitán". Era la primera vez que pasaba en Europa.

-Describime la escena, en el vestuario, antes de salir a la cancha.

-Jamás preparé nada. Es lo mismo en castellano que en inglés. A veces es una puteada, a veces es un elogio. Pero no por haber sido o haber dejado de ser capitán cambié alguna vez mi forma de ser o de jugar. Esa es la clave. Ser vos mismo... Entonces, hago lo que siento, según vea al equipo en el vestuario. He dicho cada... taradez.

-La mayor, ¿cuál fue?

-No, por Dios, no lo digas -le ruega Florencia-.

-Una vez que me iba de gira con los Pumas, les dije a mi compañeros que los iba a extrañar. Dije eso y un pilar se emocionó, con lágrimas y todo. Estuve muy sentimental...

-Del Richmond al Bristol, ¿fue un salto?

-Sí. Pero porque creo que todos los cambios que uno hace son para arriba. Siempre se aprenden cosas. Y lo que quise, cuando elegí el Bristol, fue ir a un equipo en el que podíamos armar algo desde adentro, desde la base. Yo podría haber ido a un equipo más grande, al Toulouse, por ejemplo, donde hubieran doce o trece internacionales. Pero preferí la lucha.

-¿Y ahora?

-Vivo al día. Pero el contrato con el Bristol se acaba y ya empezaron las ofertas, a full. Saben que el equipo no está muy bien y que si no renuevan el plantel va a ser difícil que me quede. Quiero luchar, pero con armas. Por eso me traje a Felipe (Contepomi).

-¿Cuánto tuviste que ver en las contrataciones de Eduardo Simone y de Felipe Contepomi?

-En el caso de Eduardo, vinieron con el nombre y me preguntaron. Yo, obviamente, les dije que sí. Lo de Felipe fue una imposición mía. Soy amigo de él, sabía lo que necesitaba, facultad, todo... Una vez que le conseguí eso, lo llamé. No me podía decir que no. Nuestro apertura era malo, ya no daba más... Y a mí, el diez me cambia el humor.

-¿Cómo es esa historia?

-Me cambia el juego, en realidad. Necesito un apertura que piense cómo estoy jugando yo, que me interprete. Y yo necesito saber qué está pensando el diez. Con Felipe pasa eso: nos entendemos de memoria. Tenemos la misma filosofía del juego.

Agustín tiene una filosofía de juego, eso está claro. Por eso, quizá, no le ha resultado fácil la vida en el rugby argentino.

-Siempre te costó convencer a los técnicos y a los entendidos. Que eras muy desordenado, que nadie te podía seguir, que eras indisciplinado tácticamente...

-Siempre va a haber algo. Ahora debe ser que tengo el pelo muy largo y que me tapa los ojos.

-Pero con el profesionalismo, y por ahí con la paternidad, creciste. Algo habrás cambiado.

-¿Ustedes piensan que yo cambié mi forma de jugar?

-No, pero te afirmaste.

-No, lo pregunto porque antes los críticos me decían que yo era individualista y no era conductor. ¡Antes! ¡Y resulta que ahora yo juego exactamente igual! "No, Europa lo cambió", dicen. ¿Les muestro los videos? De ahora, de antes. O cambió el juego, o cambié yo. O ninguna de las dos cosas y ellos se dieron cuenta. La concepción es la misma. No podés modificar una concepción de jugar. Lo que cambia es la experiencia. Como cuenta Maradona del gol a los ingleses, en su libro: él había errado uno en una jugada parecida y cuando tuvo otra oportunidad la resolvió de otra manera. Pero se dio cuenta después.

-¿Vos pensás que en el rugby argentino la popularidad se vuelve en contra?

-Sí. Pero no la popularidad en sí misma. Sí que, para algunos, parece que el rugby sólo tiene que pertenecer a un grupo, con ciertos códigos y reglas. Muchos yo los comparto, pero otros los critico. Sería muy triste como persona si me dejara convencer por códigos que no son tan trascendentes. Por ejemplo, una tontería: en un momento, me prohibieron jugar con las medias bajas.

-¿En el CASI?

-No, no, en los Pumas. En el CASI, no, estaba todo bien, si es mi casa... En los Pumas. Estuve todo un día pensando. Lo hablé con un amigo, me acuerdo, porque si le preguntaba a mi viejo seguro que él me decía: "Subite las medias y callate la boca, a ver si te sacan". Pero, bueno, lo que pensé fue: "¿Estoy haciéndole mal al equipo por jugar con la medias bajas?" La cosa es que jugué un tiempo con las medias arriba. Y me di cuenta que no hacía otra cosa que pensar en eso. Que no era yo. A los 5 minutos del segundo tiempo, de caliente, me las bajé, fac, fac... Y me sentí mejor. Lo mismo pensaba con otra cosa: "¿Le hago mal al equipo si me vuelvo popular y firmo autógrafos y respondo a las notas que me piden los periodistas?" Porque yo era "el mediático", yo era el que salía "en 362 notas". Y por eso, los palos me llovían. Subliminalmente, pero llovían. Por suerte, en mi vida apareció el Mundial de Gales 99, donde muchos fuimos los protagonistas. Incluso los que "no eran mediáticos". ¡Nadie esquivó un micrófono, en Ezeiza, cuando volvimos, ¿eh? Ahí, respiré: hasta el de más bajo perfil fue a cantar a la tele, a... "Marequear", como me dicen en la interna: porque yo, para todos, soy "Juan Carlos Mareco". Simplemente por contestarles siempre a la gente y a los periodistas.

-¿Te sentís más reconocido afuera que adentro?

-En el exterior hay menos preconceptos: analizan tu juego y punto. En la Argentina, no: acá cuestionaron a Hugo Porta y a Marcelo Loffreda, ¿qué quedaba para mí?

-¿Qué hacés para cambiar las opiniones adversas?

-Nada, si se guían por preconceptos, no hay forma de manejarlo. No podés cambiar y adaptarte a los demás, porque dejás de ser vos mismo. Una vez escuché que decían que yo era un invento del marketing: la verdad, no creo que porque seas buen pibe y manejes las relaciones públicas te contraten de Europa o te convoquen para Los Pumas.

-El Mundial fue clave...

-A mí me hizo sentir mucho más tranquilo. A los Pumas los unió, los sacó adelante, los hizo populares. Y la mejor demostración fue el Monumental lleno, el otro día, en el test-match con Sudáfrica. No me voy a olvidar más de eso.

-Ahora se recuerda como un cuento de hadas, pero por los problemas en la conducción al principio una novela de terror.

-De repente nos quedamos solos. Nos dijimos: "Muchachos, vamos al papelón". No me olvido más, nos juntamos algunos, creo que fue el mismo día que renunció Pipo Méndez: estaban todas las condiciones dadas para que lo del Mundial fuera un papelón... Entonces dijimos: "Basta, no nos ocupemos de quién nos va a entrenar, basta, estamos acá y vamos a entregar lo mejor que podamos, entre nosotros". Y el equipo respondió, en todo sentido. Las cosas salieron bastante bien, hicimos un buen papel. Tampoco fue un éxito: ¡campeones del mundo no salimos!

-¿Vos querías salir campeón del mundo?

-Y, no sé si campeón del mundo, pero perdimos en los cuartos de final.

-¿Podrían haber terminado arriba del quinto puesto?

-A mí, ser quinto no me significó absolutamente nada. Perdimos con Francia y asì como salimos quintos por diferencia de puntos, podíamos haber sido séptimos, octavos, lo mismo...

-¿Tenés idea de cómo se vivió acá?

-Sí, algo. Pasa el tiempo y me doy cuenta de que me hubiese gustado también vivirlo como hincha. Me di cuenta por los e-mails que llegaron. ¡Era increíble, mandaban mensajes de todos lados! Nos llegó uno de un pesquero desde Malvinas, la gente me decía por la calle: "¡Pichot, maestro!" -Antes dijiste: Por suerte llegó el Mundial, ¿tanto lo necesitabas?

-Me moría por jugar un Mundial. Lo de 1995, haber estado en el de Sudáfrica sin jugar ni siquiera un minuto en los tres partidos era una espina clavada. ¿Por qué pasó? Y... habría que preguntarle a otras personas por qué no jugué...

-¿Te marcó para lo que vino después?

-Sí, ni qué hablar... Y como a mí me gusta buscar el lado positivo de las cosas, digo que me enseñó que en el rugby también había política, que en una selección argentina no sólo se manejaban cuestiones de juego. Y me enseñó a lucharla.

-¿Por la promesa a tu viejo, también?

-Desgraciadamente él no llegó a verme jugar el Mundial. Había viajado especialmente a Sudáfrica para eso y no me pusieron ni un minuto. Después, apenas le anunciaron que estaba muy enfermo, me dijo: "Te juro que voy a llegar al Mundial..." (Se emociona) Desgraciadamente no llegó, no llegó. Y eso es lo único que me rompe las pelotas en mi vida: me parece injusto que no hubiese podido estar, porque si hay alguien que se hubiese sentido la persona más feliz de la Tierra viéndome jugar en el Mundial, ése era mi viejo.

Ficha técnica

Fecha y lugar de nacimiento: 20 de agosto de 1974, en Capital.

Altura: 1,74 m.

Peso: 79 kg.

Test-matches: 32 (con 10 tries).

Debut en la Primera del CASI: en 1994, en Segunda división; con este equipo terminó primero y regresó a la máxima categoría. En 1995 conquistó el Nacional de Clubes y el Seven de la URBA.

En la selección: en 1993, quedó al margen del plantel de los Pumitas para el Mundial de la FIRA, pero luego intervino en el Campeonato Sudamericano, que ganaron con comodidad.

La primera convocatoria para la selección fue en 1994 para jugar seven. Participó en los torneos de Taipei (China) y Punta del Este; en ambos fue campeón y lo eligieron el mejor jugador.

Su primer partido en los Pumas fue el 22 de abril de 1995, en Australia, frente a ACT Canberra (derrota por 33-16). El primer test-match lo jugó en esa misma gira, el 30 de abril, en Brisbane, frente a los Wallabies (caída por 53 a 7); en ese partido apoyó su primer try con la camiseta nacional.

En el exterior: en 1997 debutó en Richmond, de la primera división de Inglaterra, donde actuó dos temporadas. En 1999 pasó a Bristol, el equipo actual.

Con los Barbarians: jugó cuatro veces para los Barbarians. El 6 de abril de 1996 jugó ante Cardiff; el 17 de agosto de 1996, ante Scottish XV (anotó un try); el 24 de agosto de 1996, ante Gales; y el 23 de mayo de 1999, frente al Leicester, y hoy participará del encuentro con Sudáfrica, en Cardiff.

Mi hermano Enrique, el mejor

"Enrique, aparte de ser mi hermano, es mi mejor amigo. Tiene una mezcla imbatible: la sangre y la amistad. Toda mi familia es muy especial, nos protegemos mucho. Pero Enrique es un referente para mí. Es un crack, siempre hizo todo bien. El jugó a los 17 años en Primera. Yo venía desde atrás y él me demostró clase y altura, cosas que no sé si alguna vez yo voy a tener. La historia fue así: en marzo de 1994, él jugaba en la Primera y, como yo venía de juveniles (menores de 19 años), decidió dar un paso al costado; entonces, dijo: Yo me cambio de lugar para que mi hermano juegue en Primera. Kike bajó a la Intermedia y así llegué a la Primera del CASI. Me demostró que es lo máximo. Lo que soy, mucho o poco, se lo debo a él.

"En lo deportivo, diría que le debo casi todo, porque fue él quien me incentivó a intentar ser el mejor, jugando todas las tardes de rodillas en su cuarto al rugby, a no salir de ahí hasta que no terminábamos agotados. Lo veía a él en la Primera, y me decía: Yo tengo que jugar así..." En ese momento, él era como una mezcla de Maradona y de Redondo. Enrique es mucho más elegante que yo para jugar y tiene mucha clase.

"Para mí, los mejores medios del mundo son el sudafricano Van der Westhuizen, el australiano Gregan y el neozelandés Kelleher. Con estar ahí, tercero o décimo, es lo mismo.

"Cuando era más chico, yo no iba a ver a ningún un jugador en especial: sólo iba a ver al CASI. Era un hincha más, a full. Recuerdo particularmente el equipo del 85, con Morel, Courreges, Sanés, Branca, Cobelo, Posleman, Allen, Travaglini, Nicholson, López Imizcoz y Varone, y el del 90, que era un poco una bandita, pero me gustaba mucho porque estaba mi hermano."

Improvisación y talento

Para describir las cualidades de Agustín Pichot como jugador, alcanza con sólo hacer referencia a su sorprendente capacidad para hacer fácil lo que para los demás es complicado. Es talento puro. Improvisación. Lo mejor que tiene es que siempre sabe lo que va a suceder, está una jugada adelantado; en las situaciones más compremetidas, siempre inventa una solución. Hipnotiza con destellos de su magia.

Dentro de una cancha, Agustín se desespera por atacar; se aburre si no puede hacerlo. Esa obsesión por desplegar un rugby netamente ofensivo lo desvela, lo hace buscar siempre una salida. Le impide conformarse. Pero eso no es todo, porque a la hora de defender no saca el cuerpo, tacklea al que sea.

Lo único que lo puede complacer es ganar. No va con su forma de ser eso de "una derrota digna". Su lucha por ser el mejor en todo es permanente, es la fuerza que lo moviliza. Así se ubicó -y se mantiene- en la elite. Luego de la Copa del Mundo de Gales 99, muchos medios europeos presentaron su seleccionado ideal, y en esos rankings Pichot tuvo presencia masiva. Al medio scrum de los Pumas se lo ubica entre los tres mejores en su puesto. El sudafricano Joost van der Westhuizen es el indiscutido Nº 1, y después están él y el australiano George Gregan. En ocasión de la gira del seleccionado argentino por Australia -en junio último-, el técnico Daniel Baetti, ex medio scrum, lo comparó así con el moreno de los Wallabies: "Agustín tiene algunas desventajas por donde le toca jugar, nada más. Pero sus cualidades, sobre todo como atacante, son mayores que las de Gregan. Creo que Agustín reúne mayores condiciones; ofensivamente es superior y su defensa es mucho mejor que la del australiano. En cuanto a cuestiones técnicas (pases, kicks y otros recursos), los dos están parejos".

Rod Macqueen, coach de Australia, también hizo público su reconocimiento: "El hace una diferencia muy grande en los Pumas, es el estratego. Pichot es el medio scrum ideal para tener detrás de un pack fuerte y aguerrido".

Otro de los técnicos que lo conoce bien es Bob Dwyer. Su admiración es conocida; tanto que el ex entrenador de Australia fue el que lo pidió para el Bristol. Y en un artículo de la revista Inside Rugby, Dwyer lo definió de esta manera: "Su mente no se puede quedar quieta mucho tiempo y eso, en cierta forma, es lo que lo hace un jugador tan fantástico. Es extremadamente escurridizo y estoy seguro de que ni él sabe cuál será su próximo paso; ésa es la esencia del juego de los Pumas. Pichot tiene la habilidad para dejar parados a los defensores, y todos los jugadores que lo enfrentan salen diciendo que no pueden dejarlo solo".

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