Lo único que hice fue jugar: una intrincada historia de familia

Fuente: LA NACION
Pablo Gorlero
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30 de abril de 2018  

Buena / Libro y dirección: Sebastián Irigo / Intérpretes: Gerardo Chendo, Laura Oliva, Federico Buso, Sebastián Politino, Josefina Scaglione / Vestuario: Analía Morales / Escenografía: Julieta Kompel / Iluminación: Sebastián Francia / Asistencia artística: Nadia Crosa / Asistencia de dirección: Roberto González Segura / Coreografía: Vanesa Garcia Millán / Sala: Espacio Callejón, Humahuaca 3759 / Funciones: martes, a las 20.45.

Pueblo chico, hace unos cuarenta años. Una familia tipo: madre, padre, tres hijos. Pero el ámbito aparentemente no contaminado de una urbe pequeña puede resultar una prisión cuando se desencadena algún conflicto no habitual, reprobado. Todo comienza cuando Manuel (Gerardo Chendo) está por recibir a unos invitados especiales y, antes, decide contarle al público su historia. A través de un entrañable texto, Sebastián Irigo toma al espectador de la mano y lo lleva a un pasado no tan lejano, a un universo íntimo en el que uno se hace cómplice. Los juegos de la niñez, la inocencia y el afán por la familia ideal se cruzan con malas decisiones, autoritarismo familiar y obsesiones.

En Todo lo que hice fue jugar, el autor muestra dos mundos: el planeado, el de la familia que degusta lo cotidiano y comparte blancos, negros y grises, y, por otro, el de lo aparentemente inesperado. El vicio del rígido jefe de familia hace tomar una decisión valiente a su mujer: separarse. Pero claro, "pueblo chico, infierno grande". Esa osadía hará que su libertad tenga tremendas complejidades. Desde la dramaturgia, Irigo le brinda aire a esta historia a través de los relatos en primera persona del menor de la familia, Manuel, para no hundirse en el melodrama.

Y a través de su puesta en escena, el mismo Irigo demuestra su habilidad en la utilización del espacio y buen balance de los climas escénicos. Los juegos de los chicos remedando aquellas series de los 70 y 80 como Bonanza o SWAT son entrañables, aunque, por momentos, repetitivos. Una virtud del director es el aporte de climas musicales, así como los chispazos coreográficos logrados por Vanesa García Millán.

Gerardo Chendo, como Manuel, es el eje de esta propuesta, en un trabajo equilibrado entre su adultez y su niñez. Lo mismo ocurre con los papeles de sus hermanos, encarnados por Josefina Scaglione y Sebastián Politino. Se sabe que no es trabajo fácil encarnar a niños, pero es evidente que el director ha hecho una labor metódica en ese sentido. Por su parte, Laura Oliva -de presencia fulminante en escena- es sólida, determinante y fresca a la vez, mientras que Federico Buso le imprime autoridad y tozudez a este padre por el que uno siente tanta antipatía como compasión. En resumen, un interesante viaje por la historia de una familia.

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