Holanda: aunque está lejos de ser un narcoestado, la preocupación va en aumento

El sindicato de policía advirtió sobre una creciente actividad de bandas ligadas al tráfico; volvió a instalarse el debate sobre la política de tolerancia hacia las drogas
El sindicato de policía advirtió sobre una creciente actividad de bandas ligadas al tráfico; volvió a instalarse el debate sobre la política de tolerancia hacia las drogas Fuente: Archivo
Luisa Corradini
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30 de abril de 2018  

AMSTERDAM.- El 10 de marzo de 2016, la cabeza de Nabil Amzieb, de 23 años, apareció en un bar de Amsterdam conocido como centro de reunión de los traficantes de drogas de la capital. Su cuerpo fue descubierto más tarde, en un auto incendiado en otro parte de la ciudad.

Aquel episodio quedó en la memoria como el capítulo más sangriento de una guerra de bandas que, según las autoridades, es responsable del 20% de los crímenes cometidos en los últimos años en Holanda, país que, pese a todo, registra uno de los índices de homicidios más bajos de Europa.

Esa guerra había estallado en 2012 cuando un cargamento de cocaína se volatilizó en el puerto belga de Amberes. El reguero de violencia que continuó probó que incluso un país como Holanda, conocido por su política de tolerancia, puede convertirse en víctima de una "guerra de la droga".

Naturalmente ninguna de las decenas de miles de personas que llegaron al país más liberal de Europa para festejar el Día del Rey -cumpleaños del actual monarca Guillermo de Orange- y aprovechar un fin de semana de cuatro días recordó aquella escena cuando acudieron a los centenares de coffee shops del país para fumar unos gramos de marihuana, autorizados por ley a nacionales y extranjeros.

El sindicato de policía holandés (NPB), sin embargo, mira ese fenómeno con otros ojos. Una encuesta interna reveló que la mayoría de sus miembros están convencidos de que "Holanda se ha convertido en un Estado narco". En un panfleto de una decena de páginas difundido en febrero, los policías afirman que la producción y la venta de narcóticos han alcanzado un nivel tan grande que el reino figura "a la cabeza de la clasificación mundial en cifra de negocios ligada al cannabis, a la producción de drogas sintéticas y a la importación de cocaína, que transita sobre todo por el puerto de Rotterdam".

Instaurada en la década de 1970 justamente para dar un golpe mortal a las redes clandestinas y favorecer la reinserción de sus miembros, la política de gedoogbeleid (tolerancia) con las drogas suaves es cada vez más criticada por algunos sectores de la sociedad.

Aunque la gente no lo sepa, todas las drogas están prohibidas en Holanda. Es ilegal producirlas, poseerlas, venderlas, importarlas y exportarlas. "Si el gobierno concibió esa política particular que tolera la posibilidad de fumar marihuana, según condiciones estrictas, fue para reducir la demanda, la oferta y los riesgos que corren los usuarios, sus allegados y la sociedad", explica Willem Opstelten, profesor en la Universidad de Amsterdam. "Por esa razón, afirmar que Holanda se ha transformado en un narcoestado es una aberración. La verdad es que los responsables de la policía hicieron una excelente campaña de comunicación: el argumento del narcoestado sirvió para sacar al día sus reivindicaciones de obtener más personal y más recursos", agrega.

Legalmente, ese consumo se sitúa en una zona gris. Turistas y holandeses pueden procurarse la marihuana en los coffee shops, simples cafés autorizados a vender drogas suaves, y no más de cinco gramos por persona y por día. Los coffee shops no tienen derecho a hacer publicidad ni pueden aceptar el ingreso de menores de 18 años, deben controlar en forma estricta el acceso e, incluso, muchos negocios obligan a sus clientes a pasar por pórticos de seguridad para detectar metales.

El otro problema de esa legislación es el turismo ligado al cannabis. A tal punto que por un momento las autoridades pensaron en limitar la compra solo a los holandeses. Holanda es el único país europeo donde es posible adquirir droga libremente. Y aunque la iniciativa no haya aumentado el consumo, bastaba mirar este fin de semana las colas de personas que esperan para poder acceder al interior de uno de esos cafés para comprender la magnitud del fenómeno.

"La tolerancia también existe, bajo otras formas, en Bélgica, Italia, la República Checa y Alemania", precisa Opstelten.

Como sus colegas del sindicato de policía, el jefe de la policía de Amsterdam, Pieter-Jaap Aalbersberg, también lanzó hace pocos meses un llamado que provocó el efecto de una bomba. Para él, la ideología "libertaria" de medios de comunicación e intelectuales los llevó a inventar una historia "totalmente hipócrita" de la relación apacible del país con la droga.

"Desde hace décadas yo veo policías angustiados por el narcotráfico que avanza en el país, mientras que los políticos siguen llevando a las nubes un modelo social encantador, basado en inocentes fumaditas entre amigos", dice.

Aalbersberg afirma que en este momento existen en el país unos 200 bandas de adultos o juveniles. Un reciente sondeo reveló que, de 4000 alcaldes y representantes municipales consultados, un cuarto ya fue amenazado por delincuentes.

"Hace cinco años, un asesino a sueldo costaba 50.000 euros. Hoy es posible contratarlo por 5000 euros", asegura. "En 2016, los coffee shops defendidos por los simpáticos periodistas fueron blanco de disparos con armas de fuego diez veces, síntoma subyacente de una real actividad criminal", agrega.

Simultáneamente, los expertos alertan sobre "un flujo creciente de cocaína en Amsterdam". "A eso se agrega una masiva producción de estupefacientes químicos. En 2016 fueron desmantelados 15 laboratorios en Brabant, 14 en Limburg y 12 en Zuid-Holland", concluye.

Confrontado a ese diagnóstico poco halagüeño para un Estado que se ubica en el círculo de los virtuosos europeos, el ministro de Justicia holandés, Ferdinand Grapperhaus, tuvo que reaccionar. "Nuestro país lucha en forma eficaz contra el crimen, en particular contra el comercio ilegal de la droga", dijo. Sus colaboradores admiten extraoficialmente que "los policías sin duda necesitan medios suplementarios".

"El país perdió el control del comercio de la droga", persiste Pieter Tops, del sindicato de policía. "Es verdad que, contrariamente a un Estado narco, en nuestro país no existe una de sus grandes características: la corrupción de las fuerzas del orden", señala.

Los expertos agregan que la falta de formación de los investigadores de la policía, sus carencias en el manejo de nuevas tecnologías y el peso de la burocracia impiden una lucha eficaz contra las redes, que, no hay duda, aumentan en todas partes del mundo.

"Como en el resto del planeta, la reputación de los traficantes holandeses en materia de eficacia y capacidad técnica es una realidad, sobre todo cuando se trata de la instalación de laboratorios", asegura Opstelten.

En todo caso, ninguna estadística permite saber con exactitud la composición de los clanes de la droga en Holanda. Pero la opinión predominante es que estos están controlados por minorías étnicas: los colombianos y surinameses se ocupan del tráfico de cocaína, los marroquíes importan marihuana y los chinos se especializan en las drogas más duras.

Entonces ¿qué hacer para poner término a un monstruo que parece tener mil cabezas?

"Las opciones no son muchas: terminar con los coffee shops o autorizar la producción de drogas suaves, a fin de evitar la ilegalidad", dice Vera Bergkamp, diputada del partido de centroizquierda D66, miembro de la coalición gubernamental.

Gracias a una información confidencial, hace dos meses la policía holandesa descubrió un laboratorio en el subsuelo de una casa en Best, pequeño pueblo a 20 kilómetros de la frontera belga. Hallaron 539 plantas de cannabis y un sofisticado sistema de producción. La operación daba una ganancia de 66.000 euros cada diez semanas, según el informe policial.

Para terminar con esa situación, el gobierno de centroderecha del primer ministro Mark Rutte acaba de lanzar un programa piloto de cuatro años para explorar las consecuencias de la legalización, la estandarización y el gravamen de un tipo de excelente marihuana, que garantizaría la seguridad de los consumidores y terminaría con el tráfico ilegal.

Otros han decidido lo contrario. Numerosas ciudades resolvieron cerrar los coffee shops. Tanto en La Haya como en Rotterdam ya existen barrios sin cannabis, mientras que Amsterdam piensa reducirlos. Hoy hay 537 en todo el país: 300 menos que hace 20 años.

Pero los holandeses no están totalmente de acuerdo: un 54% desea conservar los coffee shops -aun cuando el 57% nunca haya fumado marihuana-, 59% se declara a favor de la legalización del consumo y 64% apoya su cultivo.

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