La desobediencia tecnológica y la creatividad cubana

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
El libro de la familia, editado en 1991
El libro de la familia, editado en 1991 Crédito: Gentileza Technologicaldisobedience.com
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1 de mayo de 2018  • 00:33

Está la idea de que para inventar algo nuevo necesitamos siempre de algo más. De una computadora más potente, de mejores herramientas, de una formación académica más sofisticada, de tal o cual material -realmente excusas podríamos imaginar miles. Pero en contra de todos estos prejuicios, la creatividad tiende a surgir de la falta de recursos y no de su sobreabundancia.

Alcanza con recordar al santo patrono de los makers, el mismísimo Angus MacGyver. Más allá de que como adultos con mínimo uso de razón deberíamos poder reconocer que con un tapete de goma, dos portavelas metálicos y cable telefónico no podríamos hacer un desfibrilador, hay algo que MacGyver sí tiene para enseñarnos: para crear algo nuevo debemos poder trascender la mirada superficial. Esto es, debemos lograr ver a las cosas ya no desde lo que muestran sino desde lo que ocultan.

Lejos de ser mero palabrerío inspiracional, esto es exactamente lo que en varias partes del mundo forzosamente tuvo que suceder. Y quizá uno de los mayores ejemplos es el de Cuba, en donde a partir de la caída del muro a fines de los años 80 y la posterior disolución de la Unión Soviética hubo que enfrentar una profunda crisis de desabastecimiento.

Cuando la economía de Cuba comenzó a colapsar Fidel inauguró el "período especial en tiempos de paz", un eufemismo para la culminación de 30 años de aislamiento. Como señala Ernesto Oroza, artista cubano que se dedicó veinte años a documentar la creatividad en Cuba, esto comenzó en los años 60 con los ingenieros abandonando la isla hacia los Estados Unidos. En su ausencia, era necesaria una alternativa: "Fidel empujó a que la gente aprendiera a trabajar con máquinas y aparecieron montones de personas que reparaban. Se llamó al movimiento la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores."

Abonando la hipótesis de que la creatividad surge de la escasez de recursos, cuánto peor era la crisis cubana, más poderosas eran las invenciones de sus habitantes. Oroza cuenta que en todos lados podía encontrarse soluciones a problemas cotidianos: "Transporte, juguetes para niños, comida, ropa, todo. Todo empezó a tener sustitutos producidos por las personas."

Incluso antes de disolverse la URSS, el gobierno cubano venía recopilando soluciones caseras a todo tipo de problemas. El ejército se había encargado de identificar, en publicaciones internacionales como Mecánica Popular, reparaciones sencillas de electrodomésticos, consejos medicinales, fitoterapia e incluso sugerencias para la protección y la supervivencia. La motivación original había sido tener una publicación preparada en caso de invasión norteamericana.

Si bien la invasión no llegó, en 1991 el ejército publicó " El libro de la familia", una suerte de revista de hágalo usted mismo pero de cientos de páginas. Un año más tarde, y aún en plena crisis, salieron a averiguar qué había sucedido con todos estos hacks de la vida cotidiana. Así es como se publicó " Con nuestros propios esfuerzos", esta vez recopilando las ideas surgidas de los cubanos mismos.

Con marcado espíritu soviético, en Cuba los objetos comunes generalmente estaban estandarizados. Todos tenían la misma lavadora, el mismo teléfono, mismo televisor. En el caso de la lavadora, y como ejemplo paradigmático, Oroza cuenta que se lo cortaba a la mitad, porque la secadora siempre se rompía y había que "desecharla". Lo pone entre comillas porque el motor terminaba en un ventilador, en una máquina para pulir zapatos, en una copiadora de llaves o incluso una máquina para procesar frutas.

A esta actitud frente a los objetos Oroza la denomina "desobediencia tecnológica", que no es más que la capacidad de complejizar, ir más allá de las posibilidades reales que nos da un objeto y lograr superar las limitaciones que este nos impone.

Los objetos nos imponen límites, dice, tanto a su uso, a su reparación como a lo que podríamos eventualmente hacer con ellos. Pero este código establecido no siempre satisface nuestras necesidades. Es por eso que al modificar un objeto, al hackearlo, comenzamos a tener chances de lograr satisfacer lo que precisamos, superando sus cualidades originales.

Oroza cuenta que dio con la expresión "desobediencia tecnológica" investigando las creaciones cubanas a lo largo y ancho de la isla. El concepto, con un poco disimulado guiño a Thoreau y lo que sus palabras inspiraron, le permitía sintetizar la forma en que los cubanos se plantan ante la tecnología y cómo le faltan el respeto a sus criterios de autoridad. "Yo siempre hablo de una imagen: que tanto como el cirujano que de tanto abrir los cuerpos se hace insensible a la sangre, al olor de la sangre, a las vísceras, al cubano le pasa igual," compara Oroza.

Esto es porque el cubano, acostumbrado a desarmarlo todo y ver cómo es por dentro, deja de lado la unidad de los objetos. Ya no se le presentan como entidades únicas, sino que el cubano "con la mente violenta ese tipo de cosas" y logra verlas ya no por cómo le marcan que son, sino por cómo podrían llegar a servirle a sus propios fines.

Debería quedarnos en claro que no necesitamos de 30 años de embargo económico para lograr ser más creativos. En cambio, alcanza con forzarnos a cambiar la mirada sobre lo que nos rodea. Cuando MacGyver absurdamente encuentra la solución al problema que tiene presente entre las dos o tres cosas que tiene alrededor, que solo necesitan de ser recombinadas de forma inesperada, nos está marcando una estrategia que nada tiene de absurda.

Si la originalidad está sobrevalorada, y la creatividad surge de la capacidad para recombinar de manera inesperada aquello que tenemos a nuestro alcance, si logramos mirar con otros ojos a los objetos que nos rodean vamos a estar de repente frente a mucho más que lo que contemplábamos en un comienzo.

Cuando logramos saltar cualquier tipo de barrera y trascendemos los límites estéticos, legales, económicos, según Oroza nos estamos liberando. Y esa liberación, concluye, es una liberación moral.

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