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Grandes Esperanzas

Cayó desde un tercer piso, tuvo siete fracturas de pelvis y de diez costillas pero se propuso volver a caminar

Jimena Barrionuevo
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4 de mayo de 2018  • 00:52

"Tengo que limpiar esa canaleta porque se me va a inundar el departamento y en este momento es lo último que necesito", pensó Valeria Milazzo /35) mientras iba a buscar un secador de piso y se disponía a sacar la nieve que se había acumulado en la canaleta del techo de la ventana de su cuarto. Era julio de 2017 y hacía cuatro días que San Martín de los Andes, la ciudad donde reside, había quedado aislada por un fuerte temporal que azotó a esa ciudad y a otras áreas aledañas. La nieve había hecho estragos y Valeria quería evitar que la canaleta que tenía entre ceja y ceja colapsara y su casa se llenara de agua. Entonces, con ese objetivo en mente se colgó de la ventana y comenzó a sacar la nieve que había empezado a derretirse. El sol asomándose entre las nubes fue lo último que vio esa fatídica tarde de invierno.

Cinco días antes del accidente, San Martín de los Andes había quedado completamente cubierta por la nieve
Cinco días antes del accidente, San Martín de los Andes había quedado completamente cubierta por la nieve

Volvió a abrir los ojos siete días después. Estaba en la clínica San Carlos en la ciudad de San Carlos de Bariloche, a la que había llegado derivada desde el Hospital Ramón Carrillo de San Martín de los Andes, inducida al coma. Esa tarde en su departamento, mientras limpiaba la nieve, había caído unos doce metros hacia la parte interna de su edificio. La parte izquierda de su cuerpo había golpeado contra un montículo de nieve y Valería quedó boca abajo, con la cara sumergida en el agua. "Prácticamente me estaba ahogando. Gracias a Dios entraban al edificio dos vecinos: Roberto y Aldo, quienes escuchaban un sonido similar al gemido de un gato y la palabra ayuda. Con la poca fuerza que tenía, levantaba la cabeza pidiendo auxilio. Me giraron y les conté lo que me había pasado. Llamaron a la ambulancia, y fue así que llegué al hospital", recuerda.

Valeria no sólo había sobrevivido a la caída, sino que además no presentaba daño neuronal. Pero el panamorama no dejaba de ser completamente desalentador: tenía diez costillas fracturadas en dos partes, el omóplato izquierdo fisurado y lo más grave, hasta ese momento, siete fracturas en la pelvis. Se hizo entonces una junta médica en el hospital y se decidió que lo mejor era no trasladarla, dada las condiciones de las rutas que estaban cortadas por la nieve y esperar al día siguiente. "El doctor Luciano Eliceche tomó la guardia del hospital alrededor de las nueve de la noche, y decidió que la mejor opción era trasladarme. Su decisión fue vital. Si empeoraba, el Hospital no contaba con los recursos para sortear la situación y la cadera estaba inestable. A la una de la madrugada, entubada, me derivaron a San Carlos de Bariloche. En la Clínica San Carlos me esperaban. Y, contra todo pronóstico llegamos sin ningún problema a la clínica, a pesar del hielo y la nieve". Pero todavía faltaba resolver la parte traumatológica. Valeria se sometió a una cirugía para que le estabilizaran la pelvis y le colocaran unos tutores. El sacro estaba literalmente hecho trizas.

Pausa reparadora

Agosto empezó con buen pronóstico. Valeria fue dada de alta y pudo regresar a San Martín de los Andes, bajo la modalidd de internación domiciliaria. Empezaba otra etapa, otro desafio. Colchón anti escara, anticoagulantes, sonda vesical, metadona, evitar intercurrencias, protocolos para muchas cosas. Fueron tres meses de aprendizaje y de paciencia, mucha paciencia.

"Había que realizar placas cada 15 días. Por esto, era necesario trasladarme de la casa de mamá al centro médico. Eran unos dos kilómetros. El barrio donde vive mi mamá es muy pintoresco, pero aún no están pavimentadas las calles (hace unos 20 años que estamos esperando que las asfalten). Me acuerdo que la primera vez que me trasladaron, con siete fracturas en la pelvis, diez en las costillas y una fisura en el omóplato, el ripio hizo que me estallaran lágrimas de dolor".

Aunque estaba en la cama, Valeria fue rigurosa con la rutina de ejercicios que le preparaba semana a semana su kinesiólogo Darío Mamuchi. El "vas bien Valeria, vas muy bien" era una bomba de estímulo para su recuperación. Mientras tenía colocado los tutores, mantener una pierna elevada un minuto era como ganarse una medalla olímpica. "Nunca me pregunté por qué me había pasado a mí, sino para qué. Mi vida se detuvo por completo. ¡¡Pero fue tan reparador!! En todo sentido. Era una persona independiente que pasó a depender 100% de los demás. Estar inmovilizada me hizo activar mi alma y mi mente. Empecé a valorar cada parte de mi cuerpo, mi brazos se convirtieron en mis piernas. Mi espalda se bancó 90 días en la misma posición".

Dos meses después Valeria pudo sentarse por primera vez desde el accidente. Los recuerda como los tres minutos más gloriosos de su vida. "¡Estar a noventa grados otra vez era tocar el cielo con las manos! ¡Lloré de felicidad! Qué lindo que es todo desde otra perspectiva". Las primeras semanas solo podía estar sentada en la cama cinco minutos y tres veces al día. Esperaba 24 horas para esos cinco minutos. "Reconozco que fue la parte más difícil del proceso. Era muy loco, porque durante los tres meses de inmovilización, los días volaban, pero cuando llegó la hora de empezar a caminar, las horas no pasaban más".

Ejercitando con su kinesiólogo y amigo, Darío Mamuchi
Ejercitando con su kinesiólogo y amigo, Darío Mamuchi

A veces se quebraba y las lágrimas brotaban sin control, pero Valeria no se iba a dar por vencida. "Cada vez que me invadía la angustia, pedía las tobilleras y los elementos que me había indicado mi kinesiólogo para hacer ejercicios y fortalecer los músculos. Era la única solución y no me iba a dar por vencida. Si me había salvado de morirme y tenía a los mejores médicos en mi camino, yo tenía que hacer mi parte".

Un camino de espera

Estaba en franca mejoría. Al poco tiempo logró ponerse de pie y dar sus primero pasos. Atrás había quedado la chica que caminaba sola. Había que aprender todo otra vez: punta talón, punta talón, flexionar las rodillas, levantar los pies. "Sin dudas, fue la etapa más dura. Yo estaba convencida de que me sacaban los tutores y empezaba a caminar. Si algo aprendí fue a esperar".

El accidente hizo que Valeria pudiera restablecer muchas relaciones personales que estaban quebradas. Algunas se volvieron a quebrar, pero las importantes quedaron. "Entendí que no todos están obligados a estar al lado de uno. Que no hay que compartir adn para que el otro se muera de dolor si te pasa algo. El amor no es una cuestión genética. Yo era una persona que vivía para mi trabajo. Una chica del 2000: independiente, con un buen pasar . Pero cuando estaba en cama me di cuenta que no era tan feliz como pensaba. Estando en la cama era feliz. Porque por primera vez en mi vida tenía un objetivo muy claro: caminar, y ese objetivo dependía mucho del esfuerzo que yo hiciera. Tenia que ser paciente. Y esa no es una de mis virtudes. Pero aprendí a esperar. Tenía que confiar en los demás. Yo no delegaba nunca, pero NUNCA, nada. Tuve que aprender a hacerlo. Tuve que aprender a delegar algo tan simple como que me lavaran los dientes. Siempre estaba apurada. En la cama no había tiempo para estar apurada".

De pie con el Dr. Yoshihara, el día que le dieron el alta de internación domiciliaria.
De pie con el Dr. Yoshihara, el día que le dieron el alta de internación domiciliaria.

Exactamente cuatro meses después de la caída, desayunó en su casa. Y en enero ya estaba de regreso en su trabajo. "Fueron meses con un objetivo claro, volver a caminar. Meses de esfuerzo, aprendizaje, crecimiento y mucho cambio. De aceptación, porque si bien estoy completamente recuperada, los días de humedad y frio el cuerpo me lo hace saber. No puedo usar esos tacones altos que solía calzar. Pero les aseguro que nunca fui tan feliz como lo soy ahora. Sigo siendo Valeria, pero una versión mejorada de mi nació el 19 de Julio de 2017, mi nuevo cumpleaños. Obvio que hay días en los que la rutina me arrastra, pero cuando salgo de mi trabajo y pienso que puedo contar, con una enorme sonrisa, lo que me pasó, que vivo para contarla, me lleno de paz".

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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