Turn Up the Quiet Tour: prolija, solvente, pero sin swing

4 de mayo de 2018  

Bueno / Intérpretes: Diana Krall (voz, piano), Karriem Riggins (batería), Robert Hurst (contrabajo), Anthony Wilson (guitarra) y Stuart Duncan (violín) / Soporte: Lucho Milocco / Sala: Teatro Gran Rex.

La canadiense Diana Krall es una de las mujeres más taquilleras del jazz. Pero lo más interesante está en el inteligente manejo que hizo siempre de los repertorios. Ella va del pop al jazz sin rasgarse las vestiduras, y tanto puede hacer un disco como Walflower, de 2015, en el que recrea a The Mamas and the Papas, The Eagles, Bob Dylan o Joni Mitchell, como volver ahora, con Turn Up the Quiet, a un jazz más clásico, y hacer sus versiones de temas de Irving Berlin, Cole Porter, John Mercer o Richard Rodgers & Lorenz Hart. Y amante y conocedora de la cultura de Brasil, también involucrar sambas y bossa novas en sus repertorios.

Diana Krall tiene la particularidad de que jamás va a decepcionar. Su concierto de Buenos Aires, y salvo por un pequeño momento en que un bebé llorando la distrajo y pasada la broma inicial terminó incomodándola, transcurrió en el marco de su conocida pulcritud y prolijidad. Arrancó, como en cada uno de los últimos puntos de su gira, con "Deed I Do", de Fred Rose. Hizo pocos de los temas del disco que venía a presentar: "L-O-V-E", "Moonglow" y una agradable y algo edulcorada versión de "Night and Day", de Porter. Transcurrió el episodio de la interrupción por el llanto con un buen solo de voz y piano para "A Case of You", de Joni Mitchell. Homenajeó a Nat King Cole con "You Call this Madness" en el que fue el mejor momento de la noche. Pasó por Tom Waits con "Temptation". Se hizo muy tradicional con "On the Sunny Side or the Street". Y ya en el momento de la larga tirada de bises volvió a levantar vuelo con "Just Like a Butterfly That's Caught in the Rain", de Mort Dixon.

Claro que esa misma prolijidad, solvencia y pulcritud que son un mérito, pueden convertirse -y de hecho ocurre con Krall en muchos momentos del show- en cierta frialdad. Es prácticamente imposible cuestionarla formalmente. Los temas están siempre bien tocados, los músicos tienen larguísimos espacios para la improvisación y son diestros con sus instrumentos, recurre a sonidos y solos, sobre todo en la guitarra y el violín, que parecen más del estilo de un concierto de rock que de uno de jazz, y hasta la simpatía y la dulzura de sus comentarios parecen estar meticulosamente estudiados. Pero el swing, esa misteriosa palabrita que cualquier oyente de jazz puede decodificar sin explicarla, faltó una vez más a la cita.

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