El extraño y sangriento final del hombre que se inventó una vida

Jean Claude Romand, el francés que asesinó a su familia
Jean Claude Romand, el francés que asesinó a su familia Fuente: Archivo - Crédito: Philippe Desmazes / AFP
Carlos Manzoni
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7 de mayo de 2018  • 00:40

Jean Claude Romand tenía todo lo que se podía tener. Nacido el 11 de febrero de 1954 en la pequeña localidad francesa de Lons Le Sonnier, su infancia y adolescencia de hijo único habían transcurrido en un hogar en el que nunca le faltó nada. A los 18 años ingresó a la Facultad de Medicina y unos años después anunció que había cumplido su sueño y el de sus padres: ya era médico. No solo eso, con el correr del tiempo llegó a ser un profesional reconocido por sus vecinos y colegas.

Además, su vida personal estaba adornada por otro logro: se había casado con Florence, una chica encantadora, con la que tuvo dos hijos, Antoine y Caroline. Su vida era una vida que cualquiera podría llegar a envidiar: trabajaba en Suiza, cerca de Ginebra, y también se había ganado un lugar como investigador en la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Trailer de la película El adversario, sobre la vida de Romand - Fuente: Youtube

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En la pequeña comarca de Gex, una llanura de 30 kilómetros de ancho que se extiende a los pies de los montes Jura, todos lo querían, lo respetaban y, sobre todo, lo admiraban. Al fin y al cabo, en esa localidad francesa pegada a Suiza, era un triunfador. Tan triunfador era que sus amigos, sus colegas, su suegro y su amante, Corinne (que vivía en París), le entregaban sus ahorros para que él los invirtiera en Suiza y les asegurara una tasa de interés de 18%.

Por si todo esto fuera poco, en su calidad de médico e investigador de la OMS, el hombre tenía varios viajes por año a las grandes ciudades europeas, de los que volvía cargado de regalos para su esposa, su amante y sus hijos. A punto de cumplir los 20 años como médico. llegó el "pincelazo" que lo cambiaría todo: su mujer le empezó a hacer preguntas que él no podía responder (unos meses antes, su suegro le había pedido el dinero que le había dado y, misteriosamente, había muerto al caer de una escalera mientras hablaba con Jean Claude).

Algo no salió bien: El hombre que se inventó una vida

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Al mismo tiempo, avivada y azuzada por una amiga, su amante también había empezado a pedirle el dinero. Jean Claude le inventaba excusas y posponía la devolución. Había algo más: un lunes por la mañana, su madre lo llamó por teléfono alarmada, porque acababa de recibir del banco un extracto que indicaba un descubierto de 40.000 francos (la carta en la que le notificaban la inhabilitación bancaria llegaría en una semana, pero ella ya no podría verla).

Estaban a punto de derrumbarse 20 años de engaños, porque su vida entera era una mentira. Había comenzado con una, luego con otra para tapar esa, después otra y otra. y así se había inventado una vida: no era médico (no había pasado de segundo año en la facultad de Lyon); no tenía trabajo (pasaba los días vagando por los parques o en un estacionamiento); no era investigador de la OMS (jamás existieron los congresos ni las investigaciones). Se había mantenido todo ese tiempo con el dinero que le sacaba a los incautos que le daban sus ahorros para invertir en Suiza y con la venta de medicamentos falsos contra el cáncer.

Cuando su amante amenaza con delatarlo y en su familia empiezan a atar cabos y a desconfiar, se desespera y toma la peor de las decisiones: mata a su esposa y a sus dos hijos. Después, va a lo de sus padres, en la localidad de Clairvaux, come con ellos y cuando le empiezan a hacer preguntas incómodas los mata a los dos a tiros. No se salva ni el perro.

La fría crónica policial le pondrá fechas, nombres y precisiones a esa masacre: el 9 de enero de 1993 asesinó a su mujer, Florence, con un rodillo de amasar, y más tarde a su hija Caroline, de 7 años, y a su hijo Antoine, de 5, usando un rifle del calibre 22. Después, limpió la casa, salió a pasear, y horas más tarde se dirigió a la casa de sus padres, en Jura, donde, después de comer, los asesinó del mismo modo. Su padre nunca le vio la cara cuando le disparó, pero su madre se fue de este mundo viendo lo que no podía creer: su propio hijo apuntándole y disparándole.

Deja a sus padres, a su mujer y sus hijos muertos tapados con edredones y, como si no hubiera pasado nada, viaja a París para encontrarse con su amante a la que tiene engatusada con el cuento de que le devolverá finalmente el dinero. Cuando al fin se encuentra con ella, le inventa un encuentro imaginario el prestigioso médico y político Bernard Kouchner, pero en el camino a ningún lado, de pronto se baja del auto, le dice que tiene un regalo, que cierre los ojos y que le va a colocar una joya. En lugar de eso, la rocía con un gas lacrimógeno.

Acto seguido, intenta matarla, ruedan por el suelo y ella le suplica que no la mate. Se salvó por milagro. Luego de ese entrevero, suben al auto como si nada hubiera pasado. Mientras ella le dice que puede recomendarle algún psiquiatra, él conduce. Al llegar a la casa de Corinne rompe en llanto, hasta que finalmente la deja. Quizá ya estaba pergeñando su acto final.

Regresa a su casa, toma una buena dosis de barbitúricos y prende fuego todo con él adentro. Es rescatado, interrogado y condenado a cadena perpetua. Durante el juicio no tardó mucho en contradecirse y en verse obligado a confesar. Finalmente, cuando le preguntaron el por qué de lo que había hecho, contestó: "Mi familia no hubiera aceptado la verdad".

Pese a la insistencia de la investigación, jamás reconoció haber asesinado a su suegro. Siempre quedó la duda de si el hombre había tenido un accidente en la escalera o si había muerto a manos de Jean Claude. "¿Qué me costaría confesar un asesinato más?", adujo el falso médico cuando lo presionaron.

Toda esta historia, con mayores detalles, fue contada por el escritor, guionista y realizador francés Emmanuel Carrere (que estableció relación por correspondencia con Jean Claude y asistió a su juicio) en su libro "El adversario", y por la actriz, directora y guionista francesa Nicole García, en la película del mismo nombre. Romand estaba en condiciones de empezar a tener salidas transitorias en 2015, pero aún sigue en la prisión de Châteauroux (Indre, en el centro de Francia).

Según contó Carrere en su libro, lo extraño en el caso de Romand es que, a diferencia de otros mitómanos que asientan su mentira en un ápice de realidad, él no tenía nada detrás de su fachada, todo era un inmenso vacío. Su defensa durante el juicio fue tan inexplicable como su accionar previo. Intentó mandar algunas cartas de descargo a antiguos amigos, pero jamás pudo justificar ante ellos o la sociedad por qué había tomado su sangrienta decisión ni por qué se había convertido en el "hombre que se inventó una vida".

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