Godard, Amalita y un solo deseo

Hugo Beccacece
(0)
6 de mayo de 2018  

No es fácil imaginar que Jean-Luc Godard, el controvertido director de cine francés, maoísta en su juventud, y una de las personalidades conspicuas de las revueltas de Mayo del 68, coincidiera en sus opiniones y deseos con la empresaria y mecenas argentina Amalia Lacroze de Fortabat ("Amalita"). Sin embargo.

Ese sorprendente descubrimiento me lo deparó la reciente Semana del Cine Francés en Buenos Aires. En una de las avant-premières, vi Le redoutable ("El Temible"), dirigida por Michel Hazanavicius (ganó el Oscar por El artista, de 2012). Por supuesto, "El Temible" es Godard, interpretado por Louis Garrel. La película no es, en rigor, una biopic; toma solo los años 1967 y 1968. Se trata más bien de una comedia satírica sobre el protagonista, por momentos una caricatura (bastante divertida e irreverente). En 1967, el cineasta ya había filmado Sin aliento y El desprecio; es decir, era famoso. Se lo consideraba un genio y un enfant terrible.

Jean-Luc siempre había sido integrante y partidario de la vanguardia, también en política, aunque no le interesaba tanto como el cine, hasta que el levantamiento del 68 lo radicalizó: lo llevó hacia los revoltosos de "la imaginación al poder", al extremismo de izquierda y al cine experimental. Los jóvenes del 68 soportaban los discursos de Godard, a menudo contradictorios y desorientados, porque eran conscientes de la importancia que la adhesión de semejante nombre tenía para el movimiento. Godard también se radicalizó desde el punto de vista cinematográfico. A partir de entonces hizo producciones que dividieron al público; por un lado, estaban los connaisseurs sofisticados y los teóricos, que lo idolatraban; y, por otro, la mayoría del público, que se dormía o se iba del cine 15 minutos después de empezada la proyección.

Hay varias escenas del film en que el Godard de aquellos años, a punto de prodigarse algún tipo de placer (vacaciones de lujo, baile en una discoteca, comida en un gran restaurante o sexo con su bellísima novia, más tarde esposa, Anne Wiazemsky, interpretada por ?Stacy Martin), interrumpe lo que iba a hacer o está haciendo para formularse en voz alta reflexiones del tipo: "¿Pero cómo voy a entregarme al hedonismo capitalista, en vez de hacer la revolución, cuando ocurre lo que ocurre en París?" O "¿Cómo pienso en divertirme, mientras que en Vietnam están matándose?"

Esas frases, en medio de la penumbra del cine, me llevaron, no a 1968, sino a un episodio de mi vida, en 1982, durante la Guerra de las Malvinas. La revista Claudia, de la que era colaborador, me había encargado una larga entrevista a Amalita. Ella tocó todos los temas: los políticos, los bélicos (ya la derrota argentina era evidente para el círculo del poder) y, naturalmente su vida privada. Recordó, por ejemplo, los días de 1964 anteriores al nacimiento de quien sería su primer nieto.

Amalita, con los ojos brillantes de emoción, me contó (cito de memoria): "Le había dicho a mi hija Inés y a todos los que me rodeaban que, apenas se presentaran los primeros síntomas del parto, me lo comunicaran a cualquier hora del día o de la noche. Llegó el momento, me llamaron y yo iba a salir de casa de inmediato, pero me detuve un instante para elevar un ruego. 'Diosito, quisiera tanto que fuera un varón, pero antes (pausa) ocupate de Vietnam'. Y nació mi nieto Alejandro Bengolea jr.".

La nota se publicó en Claudia, en mayo o junio de 1982. Amalita llamó a la jefa de redacción, Mónica Aguerrondo, para felicitarla.

Durante las décadas de 1960 y 1970, muchos en Occidente, como Godard y la señora de Fortabat, aunque tuvieran posiciones opuestas, coincidían en pagar un diezmo moral en forma anticipada por los momentos de felicidad que iban a vivir. Se sometían a una flagelación simbólica y políticamente correcta: imaginaban la sombra de Vietnam interpuesta entre el deseo y su concreción. Pero del 2 de abril al 24 de junio de 1982, la pantalla protectora de lo políticamente correcto se cayó en el país porque la tragedia sucedía aquí. Estábamos desnudos y sin coartada.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.