El "cerebroscopio"

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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4 de mayo de 2018  

El microscopio nos mostró que una gota de agua está colmada de microorganismos. El telescopio, que existen miles de millones de mundos más allá del nuestro. Y, a juzgar por la tesis de un joven científico norteamericano llamado Seth Stephens-Davidowitz, los rastros que dejamos en Internet cuando hacemos búsquedas o nos vinculamos con otros en las redes sociales pueden decir más sobre la psiquis humana que las encuestas o el diván del psicólogo.

Para el célebre Steven Pinker, que prologa Everybody lies ( Todos mienten, Harper Collins, 2017), el libro en el que aquel expone sus argumentos, Stephens-Davidowitz y otros colegas capaces de bucear en las montañas de datos que se desprenden de nuestra incesante interacción con la red digital dieron con una especie de "cerebroscopio", ese dispositivo mítico imaginado por los filósofos para "leer" la mente.

"Los científicos sociales han estado buscando herramientas que expongan los engranajes de la naturaleza humana -escribe Pinker-. Yo las probé todas (tiempos de reacción, dilatación de las pupilas, neuroimágenes funcionales, incluso electrodos implantados en pacientes con epilepsia que estaban felices de contribuir con un experimento sobre el lenguaje mientras esperaban que los atacara una convulsión)". Ninguna de ellas, asegura, ofrece una visión clara de la complejidad del pensamiento humano.

Pero los científicos de datos descubrieron que en la relación privada que mantenemos con nuestras computadoras y celulares somos capaces de confesar las cosas más extrañas. Desde 2009, este investigador doctorado en Harvard con una tesis que hizo usando Google Trends (una herramienta que les dice a los usuarios con qué frecuencia se buscó una palabra o frase en determinados lugares y momentos), les sigue el rastro a esos reveladores clics.

"En aquellos días, no parecía ser una fuente de información seria -cuenta-. Era un instrumento para aprender acerca del mundo, no para que los investigadores aprendieran acerca de las personas".

Pero muy pronto se percató de que nuestras búsquedas de información delatan impulsos y creencias ocultas. Como un sagaz sabueso capaz de deambular por la nueva y vasta Biblioteca de Babel digital, descubrió que la acumulación de datos públicos, que no pueden vincularse con nadie en particular, revela vericuetos de nuestros modos de pensar que están vedados para la mayoría de los métodos disponibles. En efecto, si se formulan las preguntas adecuadas, miles de millones de personas nos convertimos en "sujetos de investigación" felices de participar en experimentos que tabulan las respuestas en tiempo real. ¡El sueño de los científicos cognitivos!

A veces, los datos simplemente confirman lo obvio. Pero hay circunstancias en que difieren ampliamente de lo que nos indica nuestra intuición. Uno de los ejemplos de Stephens-Davidowitz que muestra esta disparidad se da en el terreno de las relaciones sexuales. De las más serias encuestas realizadas en los Estados Unidos surge que las mujeres usan 1.100 millones de condones por año y los hombres heterosexuales, 1.600 millones. ¿Quién dice la verdad? Según la industria, nadie, ya que se venden menos de 600 millones de preservativos por año. Y en Google, la queja más frecuente acerca del matrimonio es no tener suficientes relaciones sexuales.

La conclusión del libro es inquietante: los humanos cultivamos la mentira en gran escala. Les mentimos a nuestros vecinos, a nuestros padres, a nuestras parejas... Y lo peor de todo es que nos mentimos a nosotros mismos.

Por: Nora Bär

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