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Clásico y moderno

Palermo es un barrio con memoria, protagonista de un boom inmobiliario y gastronómico que no tiene fin. En sus calles se mezclan los aromas de las viejas tipas y del empedrado, con los ritmos de buenos y nuevos bares
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8 de octubre de 2000  

Donde se entrecruzan las avenidas Coronel Díaz y Santa Fe, Palermo propone una buena síntesis de esta Argentina finisecular. Allí, sobre una misma cuadra de Coronel Díaz, hay dos bancos, templos de una absorbente pasión nacional, una sede rosacruz, que aporta el airecito esotérico de la new age, y una pizzería, templo también, pero del manjar con que hoy día festejan sus logros los ganadores.

Para completar esa alegoría criolla está faltando el champagne que debe ir con la pizza. De manera muy ad hoc, en la acera de enfrente, la sudeste, se inaugurará pronto una bodeguita que lo hubiese aportado. Pero no será posible. Una cuestión de límites barriales viene a desbaratar el acabado de la imagen alusiva: la acera de la bodeguita no corresponde a Palermo, sino a Recoleta. Ambos barrios, en efecto, se reparten la avenida Coronel Díaz en mitades longitudinales. A Palermo le toca la mitad boreal.

Una manera de explicar esta especie de capricho fronterizo es apelando al hecho de que Pedro José Díaz, el héroe epónimo de la avenida, tuvo un destino histórico con intríngulis salomónico: verse disputado, requerido, tironeado. La Capital Federal y Mendoza lo reclaman; ambas quieren contar entre sus hijos dilectos a este ilustre patriota y guerrero de la Independencia, nacido en una u otra el 19 de marzo de 1801. Y, como vimos, a la vez dos barrios se reparten de un tajo, en la avenida homónima, la gloria patricia de Díaz, razón esta última por la cual la bodeguita del champagne pertenece a Recoleta y no a Palermo, donde hace falta.

Pero finalmente y de todos modos, quizá la misma pizzería de la acera palermitana pueda ponerle el champagne a la alegoría. ¡Qué barrio, Palermo de San Benito, donde hay de todo en cada cuadra, hasta un mastodonte, desenterrado a principios de siglo en Canning y Santa Fe, detrás de los terrenos que eran de Holmberg! ¡Cuánta historia sabrosa! ¡Qué personalidad!

Quien hoy mire hacia las alturas desde el Campo Hípico Militar, quizá logre sorprender el ascenso de un fantasma redondo. A principios de siglo brillaba allí mismo la Sociedad Sportiva Argentina de Palermo, creación del perfecto porteño Antonio de Marchi, barón italiano yerno del general Roca. El 25 de diciembre de 1907, en terrenos de dicha sociedad, fue soltado el primer globo aerostático que ascendió al cielo criollo: Pampero. Lo comandaba Aarón Félix Martín de Anchorena, acompañado en la barquilla por Jorge Newbery.

Este último se había vestido para la ocasión hasta con rancho y corbata, y se hubiera dicho, viéndolo tan de calle, que el ascenso en globo se le antojaba menos peligroso que un juego de feria. Más comprometido con ese vuelo que Newbery, Anchorena llevaba una tenida que incluía gorra y bufanda de lana, prendas que le daban un airecito deportivo muy leve, cosa de sugerir que se tomaba el vuelo con un chorrito de soda.

Podría decirse que hubo una tercera presencia en la barquilla de mimbre: Rosas, y, en cualquier caso, su fantasmagórica sombra, capaz de cubrir a Palermo entero. Para empezar, el capitán del Pampero era pariente de don Juan Manuel, y luego, el suelo que ese día su globo dejó abajo -las 20 hectáreas del club- había pertenecido al Restaurador y representaba una minúscula parte de sus muy extensas tierras palermitanas, un terrón de todo aquel enorme paraje que él mismo había llamado, líricamente, "humilde soledad verde y sonora". Un verdor -Palermo- teñido de Rosas cuya huella fácilmente se descubría por doquiera. Tanto pesaba en Palermo la memoria de ese hombre, que el vuelo de Anchorena en un globo inflado hasta pudo haber inducido una especie de dejà vu entre los espectadores de la Sociedad Sportiva, puesto que una de las bromas predilectas de Rosas tenía carácter aerostático: aplicaba con frecuencia a su bufón Biguá un fuelle, famosa trastada que había inspirado un cielito unitario a Hilario Ascasubi y que éste había puesto en boca de su personaje Paulino Lucero: "¡Ay cielo! de la barriga cómo vendrá el pobrecito, después que lo largue Rosas soplao hasta el infinito.

¡Jesús nos favorezca si viene Biguá!

y nos larga la inflada ¡Qué barbaridá!" Unidos por el espacio y el tiempo palermitanos, Biguá puede ser tenido por antecesor del globo Pampero, aunque nunca lograra despegar. La aeronave de Anchorena, en cambio, se elevó aquella vez, hace 99 años, a 200 metros del suelo.

Hay en Palermo una calle avenida donde no sólo los hombres, sino también los nombres, van y vienen, éstos turnándose para designarla. Todavía le dura su segundo turno a Scalabrini Ortiz. Inmediatamente antes había sido el de Canning, y antes que el de Canning, el de Scalabrini Ortiz por primera vez, y aun antes que el primero de Scalabrini, el primero de Canning: Canning, Scalabrini, Canning, Scalabrini... Como letra machacona de tema bailantero.

Esta calle era, en sus orígenes históricos, uno de los caminos que dividían las suertes o terrenos que Juan de Garay dio a cada uno de los hombres que vinieron de España con él. Tenían, tales lotes, una legua de fondo. El camino llamado fondo de la Legua por razones obvias, hilvanaba aquellas suertes por la retaguardia.

Donde terminaban dos de esos terrenos vivía un embajador británico, Souster, que le arrastraba el ala a Manuelita. Se cree probable que haya empolvado en vano su ala de tanto arrastrarla por caminos de tierra. No obstante, el diplomático hacía a diario -a caballo y de seguro al trote inglés- todo el trayecto de Scalabrini Ortiz para ver a Manuelita en su casona paterna, erigida por donde se entrecruzan Libertador y Sarmiento.

A causa de dicha larga y perseverante cabalgata, cuya dureza se habrá visto endulzada por flemáticas expectativas, el nombre temprano de la calle Scalabrini Ortiz fue Camino del Ministro Inglés. Acorde con el nivel de su función romántica, ese camino era elevado, característica que se advierte todavía en el hecho de que los zócalos de algunas casas, a lo largo de Scalabrini Ortiz, están por debajo de la línea de la calzada.

Hasta que el 19 de junio de 1904 el Garibaldi ecuestre de Eugenio Maccagnini se emplazó en su pedestal de granito de Tandil frente al Zoológico y a la Rural, la plaza Italia se llamaba de los Portones, con referencia a los que cerraban la Avda. Sarmiento -entonces Avda. de las Palmeras-, entre aquellos dos paseos, el de los animales salvajes y el de los domésticos.

Cuando había sudestada, el Río de la Plata avanzaba y lamía las rejas de esos portones, posiblemente con lengua leonina acorde con el color leonado de las aguas. Luego, al retirarse con la bajante, el río dejaba un sinnúmero de algas enredadas en las rejas, como cabellos anémicos en los dientes de un peine.

Los portones obraron un milagro de imaginación onomástica: donde ahora está el Banco. Nación había una terminal de tranvías llamada Los Portones; a su lado, un barcito llamado Los Portones y que frecuentaban los operarios del tranvía, y en el primer piso de ese bar, un hotelito para las peonadas que llegaban a las exposiciones ganaderas y que se llamaba también Los Portones. La letra del tango Tres amigos dice: "Una noche en Los Portones nos libramos de la muerte..." Si no fue en los portones mismos, habrá sido en el barcito, en el hotelucho. Cualquiera de los dos debió de haber sido mortífero.

Fue, seguro, la llegada de Garibaldi lo que impregnó el sitio con la vena pasional itálica, porque la plaza se transformó pronto en punto de citas entre fámulas y conscriptos. A horcajadas en su montura, el padre de la unidad italiana vuelve la cabeza como desentendido de aquellos hechos que se producían en los bancos de la plaza, semivelados por setos perfumados y macizos de aloe. Garibaldi percibiría el rumor de los requiebros como el de un palomar o como el de una Babel de tonadas provincianas a la hora de la siesta.

En agosto de 1929, Julio Bonini, picaflor sentimental, de oficio chofer y antes carnicero, asesinó a su amante Virgina Donatelli, domiciliada en Bustamante 1632, y la despostó en seis partes, a cuchilla y serrucho. Metió las porciones en varias bolsas que ocultó en distintos puntos de los lagos de Palermo. En 1915 había hecho algo parecido Max Ernst. La víctima, en ese caso, era su íntimo amigo Ernesto Conrado Schneider.

En todas las épocas, los lagos palermitanos han sufrido el efecto polucionante de la desaprensión general, y en ciertas ocasiones, de la desesperación de algunos obnubilados, que dejan por allí piernas, cabezas, torsos...

Entre el Aeroparque y los cuarteles de la Policía Montada está lo que aún queda de la boyera, un edificio de principios de siglo que debería llamarse la bueyera por haber sido el lugar donde se encerraba a los bueyes que tiraban de los carromatos y los arados empleados en el mantenimiento del parque Tres de Febrero. Subsiste un muro de ladrillos, dos portones adornados con un lindo trabajo de herrería, un patio adoquinado y en éste un piletón.

Los de ATC son terrenos con destino farandulesco. A principios de siglo estuvo allí el célebre Pabellón de las Rosas, donde actuaron orquestas y conjuntos de grandes figuras del tango, como Greco, Firpo, Arolas Roccatagliatta y Canaro; también la compañía teatral de Parravicini, a quien secundaban Casaux y Muiño, y Lola Membrives, que debutó como cupletista. Junto al Pabellón de las Rosas se abriría más tarde el dorado Armenonville. Pero la historia del Pabellón tiene un hecho cuya rareza la del vecino Armenonville difícilmente pueda empardarle. Hacia principios de 1914 llegó a Buenos Aires Oliver Hardy y se presentó a los porteños en el Pabellón de las Rosas. El Gordo se alojaba en algún lugar de plaza Italia y cada día llegaba a Palermo Chico en tranvía, que lo dejaba a ocho cuadras del Pabellón, distancia que el Gordo cubría a pie y que resultaba extenuante para cada uno de sus 140 kilos. Hablaba un castellano limitado y su gracia natural no fue suficiente para depararle el éxito. Se hundió en el Pabellón y tampoco logró salir a flote en el Parque Japonés de Retiro. Se fue frustrado de la Argentina. En 1915, sólo un año después, llegaría a Buenos Aires Stan Laurel, que actuó como payaso en el teatro Casino, de la calle Maipú. Largos diez años más tarde, Stan y Oliver formarían el dúo del Gordo y el Flaco. Por menos que nada -¿qué es 10 años si 20 no es nada?- Palermo se perdió la hazaña fraternal de acercarlos.

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