Lo que nos une: emoción sin solemnidad ante una tragedia innombrable

Gabriela Toscano, Germán Palacios y Tomás Kirzner en plena acción
Gabriela Toscano, Germán Palacios y Tomás Kirzner en plena acción
Verónica Pagés
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5 de mayo de 2018  

Lo que nos une / Libro: David Lindsay-Abaire / Adaptación y dirección: Carlos Rivas / Intérpretes: Gabriela Toscano, Germán Palacios, Soledad Silveyra, Maida Andrenacci y Tomás Kirzner / Escenografía: Jorge Ferrari / Iluminación: Gonzalo Córdova / Vestuario: Mónica Toschi / Sonido: Guillermo Pérez / Música original: Bruno Rivas Toscano / Asistente de dirección: Denise Yáñez / Producción general: Adrián Suar y Nacho Laviaguerre / Sala: El Nacional, Corrientes 960 / Funciones: miércoles y jueves, a las 20.30; viernes y sábados, a las 21; domingos, a las 20 / Duración: 100 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Ocho meses atrás murió Dani, el hijo de 4 años de Julia y Federico. La pareja se quedó sola en una casa enorme pensada para toda una familia. No saben qué hacer con tanto espacio, tantos recuerdos, tanto silencio. En algún punto de ese tiempo transcurrido sus modos de doler se fueron bifurcando. Un mismo dolor, distintas sus maneras de transitarlo. Julia, imposibilitada de otra cosa más que de recordar y sufrir en un círculo infinito, empezó por tratar de correr esos recuerdos, a guardarlos en cajas, a sacar la presencia explícita de su hijo que aparecía en juguetes, en fotos, en la ropa. Vano intento. Federico, por su parte, encontró algo de consuelo en un grupo de padres que habían pasado por la misma experiencia. Uno hacia afuera, otro hacia adentro. Difícil encontrarse en ese recorrido incierto. También está Perla, la mamá de Julia, que trata de ayudar como puede y casi siempre la pifia. Y Vicky, la hermana de Julia, que acaba de quedar embarazada y no sabe qué hacer con eso que culposamente le produce alegría. Y Tadeo, el joven involucrado en el accidente fatal, que necesita acercarse, pedir disculpas aunque nadie lo culpe.

Un drama. De esos que se vuelven inimaginables. De esos que cierran la garganta de un segundo a otro. Difícil, pero amablemente narrado, vivido y atravesado por este gran elenco que armó el director Carlos Rivas. Con Gabriela Toscano a la cabeza, todo se impregna de una profundidad dolorosa que, sin embargo, deja bastante lugar al sarcasmo, la ironía y el humor. Nada es lineal ni unidireccional en lo que les pasa a todos ellos, y cada uno juega esos sutiles cambios con verdad y compromiso. Toscano tiene algo en el andar, en el llevar su cuerpo dolorido que emociona, y ni qué hablar cuando su mirada empieza a opacarse. Germán Palacios, muy creíble en su rol, tiene la vitalidad del que le pone garra aun abajo del barro; esforzado y doliente, intenta tirar de un carro que cada vez siente más pesado. Soledad Silveyra está impecable en esa madre atolondrada, divertida, pero sumamente sensible y empática que trata de curar las heridas de su hija. Maida Andrenacci tiene tremendo desafío en sus duelos con Toscano y sale cómoda y airosa. Muy buen trabajo también el de Tomás Kirzner, que debuta como actor de teatro en este dramón que produce Adrián Suar, su papá. El muchacho pasó por un casting junto a otros ocho jóvenes actores y vale la pausa ya que se podría inferir cosas equívocas, lo que sería injusto porque Kirzner, con su Tadeo, lleva adelante un trabajo difícil con muchísima sensibilidad. Toda una sorpresa.

Sin dudas, el trabajo del director Carlos Rivas tiene mucho que ver con el modo en que cada uno encarna o trata de encarnar su personaje. Lo que hay es verdad, emoción, furia, dolor, risa y nada pero nada de solemnidad frente a lo innombrable, la muerte de un hijo. A cargo también de la adaptación, Rivas fue cuidadoso en no regodearse en el texto con golpes bajos innecesarios, misma premisa que queda en claro en la puesta y en el vínculo que ayudó a construir entre los personajes. No hace falta más drama que el que hay. El límite es delicado, pero se nota y se agradece.

La escenografía de Jorge Ferrari muy tirada hacia proscenio acerca (en muchos sentidos) de manera impactante esa casa atravesada por el dolor. Las luces de Gonzalo Córdova acentúan ciertos momentos y dialoga con las emociones, en otros.

En definitiva, una muy buena propuesta para aquellos que se animen al convite. No es necesario ser demasiado audaz sino querer disfrutar de una puesta sensible y hermosamente realizada por un gran equipo.

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