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El caso Bornermann

Elsa Bornemann es una de las escritoras argentinas más exitosas de literatura para chicos. En mayo se cumplieron 30 años de la aparición de su primer libro, que publicó cuando tenía 16. Pasen y vean quién es esta señora rubia a la que ya leyeron y adoraron dos generaciones
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24 de septiembre de 2000  

-¡Bornemann, Elsa!

-Presente, señorita.

-Muy bien. ¿Nos puede decir el nombre de su mamá?

-Sí.

-A ver, díganos.

-Blancanieves.

La carcajada de todo el grado no le hizo mella, ni entonces ni después. Cada una de las veces en que la maestra preguntó, ella respondió lo mismo. Que su mamá se llamaba Blancanieves Fernández, y que era cierto.

"Cada vez que yo decía Blancanieves, todos empezaban: Ja ja, la mía Caperucita, la mía Cenicienta. Se creían que era un invento."

Pero no. Blancanieves Fernández es morena, descendiente de portugueses y españoles, casada -a disgusto de ambas familias- con el alemán de Hannover, Wilhelm Karl Henri Bornemann, relojero y campanero venido y quedado para colocar reloj y campana del Concejo Deliberante.

"Papá vino con otros alemanes en la época de Yrigoyen, pero en 1930 los agarró la revolución de Uriburu y no les quisieron pagar, entonces los compañeros volvieron a Alemania y lo dejaron a mi papá para que cobrara." Colocando otro reloj en Harrod´s, Henri se cruzó con Blancanieves que salía de la tienda bamboleando su morenez del bracete de una amiga. Henri no pudo resistir el resbaloso encanto latino. El resultado fueron tres hijas mujeres, incluyéndola a Elsa, la menor de todas, que ahora se cepilla un flequillo rubio en las oficinas de quien es su agente literario desde hace un año, Guillermo Schavelzon.

"Gracias a Willy recuperé los derechos de autor. Algunas editoriales no me pagaban, y para recuperar los derechos sobre mis libros querían que les pagara 50 mil pesos por cada uno." En 30 años de carrera, que se cumplieron en mayo último, ha publicado 35 libros, más de la mitad de los cuales vendió la friolera de 100.000 ejemplares. Ella no parece preocupada por las cifras. Lo primero que uno ve cuando mira a Elsa Bornemann es a una mujer que ríe. Una mujer que ríe tanto que uno no diría que ayer nomás fue bonzo.

"Tuve un accidente de incendio. Tuve 14 operaciones. El accidente fue en 1997 y el alta fue en abril de este año." Como una vecina que le cuenta sus cositas a otra, narra la quemazón. Era medianoche. Miraba una película de ciencia ficción cuando la imagen se empezó a mover. Se levantó para estabilizarla y aprovechó para encender un cigarrillo.

"Prendí un fósforo, la chispa saltó y me quemé toda, el pelo, la cara, la oreja, la ropa. Me empecé a apagar con la mano izquierda. Me quedé como pasmada. Justo ahí tengo un espejo grande y yo veía eso y... me quedé paralizada." No gritó. Sus perras ladraron hasta que llegó su marido japonés y la cubrió con el acolchado para apagar a Elsa de tanto fuego. Y Elsa se apagó.

"Creí que perdía la mano porque me había quedado como la del increíble Hulk. Se puso verde, con agua adentro. Tengo todas cicatrices por acá, por acá. Me hice sacar fotos, tengo el año y medio fotografiado, toda vendada, parezco la momia. Ja." No tiene cicatrices a la vista, pero asegura que bajo la seda tranquila de la blusa se ocultan las costuras. No quiso cirugía estética.

"Fueron 14 operaciones de cirugía reparatoria, no quiero otra operación más. Si te pasa cuando sos adolescente es más historia, pero ahora si voy a la playa y me pongo una malla de 1900 para que no se me vea de dónde me sacaron piel de las piernas para el injerto, qué me importa, voy lo más tranquila."

Está acostumbrada a los accidentes. De chica, por preferir los juegos bruscos, se quebró varias veces los brazos y las piernas. Su padre Henri guardaba los yesos en su taller del fondo. Bracitos y piernas blanco mugre pendían del techo. Es que Elsa prefirió siempre los juegos bruscos de varón a la delicadeza que llevaban a cabo cada tarde todas las nenas de Parque Patricios, un barrio de inmigrantes ucranios, polacos, lituanos, españoles, franceses y rumanos.

"A las cinco de la tarde, todas tenían que bañarse y sentarse en la puerta a conversar. A mí me tenían que ir a buscar al campito porque estaba andando en bicicleta, jugando con los varones. Cuando yo nací, mi papá estaba esperando que naciera un varoncito. Pero después dijo: Bueno, está bien porque el varón está destinado a viajar y la mujer se queda. Quería ponerme Elisabeth, con s y th, a la alemana, pero no se podía. Entonces le dijeron que lo tradujera, y me puso dos veces el mismo nombre. Elsa es Elsie, el diminutivo de Elisabeth, e Isabel es el mismo nombre, traducido. Igual me dicen de cualquier forma: Elsa Brugerman, Borderman. El más gracioso fue cuando hace años alguien llamó al director de la biblioteca de mujeres Marcelo T. De Alvear para decir: Quiero hablar con la profesora Doberman."

Doberman, Brugerman, o Borderman, el padre de Elsa, hermano de hermanas y padre de hijas, temía que el apellido se perdiera con él. Entonces, Elsa hizo una promesa.

"Una cosita le dije a mi padre. Le dije: Yo voy a ser escritora, entonces tu apellido va a seguir. El me dijo: Bueno, pero firmá con el apellido de tu madre, porque vos vas a escribir lo que sientas y eso te va a traer problemas."

Enciende otro cigarro. Tiene un aire de muñeca de otro tiempo cuando se pone a explicar el principio de la vocación.

"Yo siempre escribí. En la escuela me preguntaban quién me había escrito la composición. Yo decía: No, la escribí yo. Me mandaron a escribir sola a la dirección y se convencieron. En el secundario se dieron cuenta antes, porque yo me ponía a leer algún libro. Venía la profesora y decía: ¿Qué está leyendo? ¡Cortázar! No se puede, no está recomendado." No iban a contarle a ella lo que estaba recomendado. Ella, que se trepaba a los estantes prohibidos de la biblioteca cada vez que estaba sola en casa.

"Mamá y papá leían mucho. Mi mamá tenía los libros que no se podían leer forrados de blanco y cada vez que me quedaba sola, me iba corriendo a buscar uno de los blancos. Así leí el Libro del matrimonio perfecto, Ana Karenina. Andá a saber lo que yo entendía." Lo que entendió bien, desde joven, fue que la vida era un libro con capítulos crueles que había que leer enteritos sin soltar una lágrima. Empezó a entenderlo el día que su padre se fue de visita a Alemania, por seis meses, y regresó siete años más tarde.

"Cuando se fue, yo tenía 11 y volvió cuando tenía 17. Lo fuimos a buscar al puerto. Me miró y me dijo: Pero yo no te conozco más. Le respondí: Yo a vos tampoco. Se tuvo que quedar a hacer juicio para que su madre pudiera quedarse hasta su muerte en la casa donde vivía. Yo hacía carteles y les sacaba fotos, y le mandaba." Los carteles decían: Papi, volvé, mentiroso. Se ríe sin pena cuando se acuerda de la nena en Parque Patricios llamando a su padre del otro lado del mundo.

"Mamá estaba muy triste porque papá no volvía."

Las historias de Bornemann, entonces. Algunas, de chicos pipones y contentos. Otras, de nenas y nenes que se llevan mal con el mundo y con la vida, de nenes perdedores, pedantes o adorables, de chicos que se asustan, se enamoran, sufren, y hasta odiados por abuelas arpías. "En la vida uno no puede impedir que sea una criatura la que sufre. Pienso que incorporada a la literatura, pueden leer su problemática como si fuera un cuento." Tenía 16 años cuando llevó su primer libro -Tinke tinke- a una editorial. Lo publicaron y aterrizó en el programa radial de Blackie, que lo elogió hasta la locura. En dos semanas se agotó la primera edición y la editorial le preguntó si tenía otro. Tenía: Espejo distraído, que se ganó la Faja de Honor de la SADE. La vida de Bornemann fue un salto acelerado. A principio de los años setenta, estudiaba Letras, escribía, publicaba y trabajaba en una empresa japonesa donde conoció a un señor japonés con el que se casó. Elsa tenía 18. El, más de treinta, y dos hijos.

"Descubrí un mundo de hombres. Ahí me di cuenta de la diferencia entre un hombre y un chico. Mi marido se llama Nobuyuki. Quiere decir: Proclamación de la felicidad. Cuando yo entré a trabajar, se acababa de quedar viudo y tenía dos chiquitos. Los sábados a la mañana los llevaba al trabajo y yo empecé a relacionarme con los nenes, un día me invitó a almorzar y en cuatro meses nos casamos." Antes de eso, Elsa sólo había noviado con niños. Aunque, a decir verdad, hubo otro hombre. Elsa amaba a Gregory Peck. "Me enamoré a los 4 años. Cuando él vino a Buenos Aires hace poco, me tradujeron al inglés el poema que escribí en el Libro de los chicos enamorados, que se llama Poema de la enamorada del actor de cine, para que se lo diera. Mi hermana me decía que fuéramos a verlo al hotel, pero me dio una inhibición total. Ahora le voy a mandar unos poemas traducidos, y le voy a decir que es mi amor imposible."

En 1977 publicó Un elefante ocupa mucho espacio. El libro fue tildado de subversivo y la Junta militar prohibió su venta en todo el territorio nacional y un poquito más allá también.

"La recomendación de la prohibición vino de parte de mujeres argentinas, escritoras. Lo supe cuando subió Alfonsín, cuando tuve el sumario gracias al director de la Cámara del Libro. Pero durante 30 años, los únicos problemas con mis libros los tuve por adultas y adultos. Nunca por los chicos. Cuando salió Socorro, las críticas dijeron cómo puede ser, estos cuentos de terror les van a hacer mal a los chicos. Los libreros dicen que es el tipo de libros que más les piden. Lo de Un elefante... fue terrible. Cuando vi el sumario, ahí estaban los 15 cuentos, analizados uno por uno, y leyendo ese sumario vos pensás ésta es un monstruo tirabombas. Decía que el libro atacaba la moral, la Iglesia, la sociedad, el individuo y a todas las instituciones, que estaba escrito con una finalidad de adoctrinamiento para el accionar subversivo. Yo soy muy pacifista y que me pusieran como tirabombas, me cambió bastante. Siempre fui de dormir poco, pero como decían que los milicos venían entre las dos y las cinco de la mañana, casi no dormía. Ahora cualquier ruido me despierta."

Un año antes de la prohibición había ganado el Premio Internacional Hans Christian Andersen, con apenas 25 años. En 1994, ganó el Konex de Platino. Escribió libros que ya son clásicos para dos generaciones: Socorro, Queridos monstruos, El libro de los chicos enamorados. Este año se presentaron cinco nuevos títulos: Disparatario, Nada de tucanes, Sol de noche, A la luna en punto y El niño envuelto. Cuando el sábado 29 de julio último se presentó en la Feria del Libro Infantil y Juvenil, la recibió la ovación de 600 personas. Cuando la Feria cerró, Elsa continuó firmando a puertas cerradas, por una hora más. Hace años que vive en el mismo departamento redondo de Palermo que ya le queda chico, repleto como está de bibliotecas, pero no se quiere mudar por amor al barrio y a sus animales, dos perras y dos gatos que se corren y no se alcanzan nunca. Ahora, después de dos separaciones, vive con su marido, Nobuyuki.

"Con mi marido ya estamos en la tercera etapa. Uno de los problemas que teníamos era la escritura. Para mí esto es una pasión, pero la familia dice que es una obsesión. Yo escribo ocho horas por día." Pausa. "Ahora somos como... hermanos. Y él me dice: Viste, no apareció el príncipe azul.

-¿Y vos estás esperando el príncipe azul?

-No, porque ya no creo. Pero cuando veo gente que se enamora a los 80 años digo: "¿Y por qué no?" Pero te digo que estos últimos tres años, estar conmigo era como estar con la momia. Por la quemazón.

-¿Pero vos dirías que tenés una vida feliz?

-No. A veces sí, como todos. He tenido etapas mejores que otras. Me hace feliz escribir. Me encantan los chicos. Pero es un sube y baja. Me duele mucho la vejez de mi mamá. No me resigno a la pérdida de mi padre. Mi papá había quedado hemipléjico y un día la mandó a comprar arenques a mi mamá, se encerró en el baño y se pegó un tiro. Abrieron la puerta con un vecino y mi papá estaba en la bañera, con el agua arriba de la cabeza. Para que si le fallaba el tiro, se ahogara. Eso dijo la policía.

Pero la propia vejez no la asusta; tiene sus motivos para contestar, rápida y segura. "Ja. Porque pienso que no voy a llegar a vieja. Me fallaron los griegos que decían que al que los dioses aman muere joven, entonces yo creía que me iba a morir muy jovencita. Va pasando el tiempo, y digo: Entonces, los dioses no me aman." Por eso, quizá, le gusta la infancia. Un territorio extremo. A veces, un lugar desesperado.

"Yo... tengo una hipersensibilidad patológica con todo lo que sea negativo. A mí me encantan los chicos, hasta que crecen. Algunos siguen como eran, pero son minoría. Yo perdí dos embarazos, después de casarme. Pero crié a los dos chicos de mi esposo. Ellos no tenían recuerdos de la mamá, y siempre me preguntaban: ¿Vos te vas a morir? Sólo a los doce años tomaron conciencia de que yo era la madre adoptiva. Lo que me queda en el tintero es no haber tenido mis hijos. Bárbara y Cristóbal siempre están conmigo, pero me hubiera gustado mucho..."

-¿Bárbara y Cristóbal son los hijos del primer matrimonio de tu marido?

-No, son los que yo perdí antes de los cuatro meses de embarazo.

Los chicos le escriben cartas en las que le cuentan cosas que no les contarían ni a su almohada. Ella es una prima que los entiende. Ellos le cuentan sus líos de amor y la invitan a sus casamientos.

"Me produce una enorme culpa no poder contestar todo. Los chicos me confiesan muchas cosas, como si me conocieran, quizá porque encuentran verosimilitud en los cuentos. No necesariamente mis cuentos terminan bien. La literatura infantil es muchas veces vista como literatura de segunda. A mí el interlocutor adulto no me interesa tanto como los chicos. Me gusta ser de los primeros escalones. Que les pase a los chicos como me pasó a mí con muchos autores, que gracias a ellos seguí leyendo."

Dickens, Poe, Mark Twain, le despertaron el apetito. Junto a las desgracias de Oliverio Twist brillan con una fiebre especial los cuentos de horror como El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga. "Yo tengo desde chica almohada de plumas, y la toco siempre antes de acostarme." Revuelve, entonces, buscando el horror. Pero a veces el horror llega sin invitación. "Yo tenía 12 años. Estaba nadando, en casa de unos amigos que tenían pileta de natación. Mi mamá me dijo: Sacate la malla y vení a comer. De repente salgo y todos se me quedan mirando con los ojos abiertos como platos. Yo sentía una cosa dura en el cuello. Me sacudo con la mano, y cae una araña enorme, peluda, unas patas así de gruesas."

Los ojos se le agrandan recordando la araña. Ojos de muñeca insomne, de persona que duerme con los ojos abiertos.

"Ese día, me quedé sin hablar como siete horas."

Dice, como quien recuerda el horror.

Siete Elsitas

"El último gran libro que leí fue El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. El llevó a la práctica algo con lo que yo fantaseo desde chica. Yo digo que soy siete Elsitas. Pessoa era 4 o 5, pero se lo creía. Para mí es una fantasía, pero me doy cuenta de que depende con quién estoy, aparece una u otra. Llegué a contar siete Elsas. Hay una que me da miedo: la amargueta, la melancólica, la triste. Otra me encanta: la que conserva las cosas más infantiles, la que me hace reír a carcajadas. A veces atiendo el teléfono y pongo voz de nena y digo: No, mi mamá no está. La vez pasada me llamó el maestro Antonio Russo. El hizo una cantata sobre poemas de amor míos para chicos, y llamó a casa para avisarme que estaba componiendo, que me quería conocer. Me dice ¿Puedo preguntarle qué edad tiene? Le digo: 87 para 88. Y me dice: Ah, pero entonces mire, aunque estoy a diez cuadras yo le mando un remise, o voy a buscarla, o va mi hijo. No -le dije-, no se moleste, yo tengo quién me lleve. Una semana después voy al estudio, toco timbre, sale él y dice, todo preocupado: Oh, ¿qué le pasó a la señora Bornemann? Usted es la nieta?. Me encanta hacer cosas así."

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