Cómo resignificar una obra que luce fuera de época

Vestuarios propios del teatro de revistas
Vestuarios propios del teatro de revistas Crédito: A. Colombaroli/ T. Colón
Pablo Kohan
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7 de mayo de 2018  

La italiana en Argel. Ópera de: Gioachino Rossini. Con: Nancy Fabiola Herrera (Isabella), Xabier Anduaga (Lindoro), Nahuel Di Pierro (Mustafá), Damon Ploumis (Taddeo), Oriana Favaro (Elvira), Mariana Rewerski (Zulma) y Luis Gaeta (Hally). Dirección escénica: Joan Anton Rechi. Dirección musical: Antonello Allemandi. Coro y Orquesta Estables del Teatro Colón. Teatro Colón, función del gran abono. Nuestra opinión: buena

L a italiana en Argel, escrita por Rossini cuando tenía 21 años, va quedando, cada vez más, como un antecedente necesario de El barbero de Sevilla, esta sí una auténtica obra maestra que resiste el paso del tiempo. La italiana... está compuesta sobre un argumento que bordea el ridículo, pone sobre el escenario a personajes absurdos y propone gags que eran efectivos hace doscientos años. Esta ópera, con pasajes musicales de auténtica belleza y arias que prenuncian el advenimiento del bel canto, necesita hoy, por lo tanto, de algún puestista con talento que pueda resignificarla para que esas incoherencias puedan tener atractivo. En algunos pasajes, Joan Anton Rechi lo logró, al tiempo que, en su totalidad, planteó otros desaciertos. Además, de una ópera estamos hablando, el elenco tiene que estar a la altura de una partitura sumamente exigente y, en este terreno, también hubo casos de altas performances y otras que no salieron de la corrección, si no de la medianía.

La ópera comenzó de manera estupenda, con una sinfonía muy bien dirigida por Antonello Allemandi y una orquesta que, impecable, aportó exactitud, solos de calidad y los colores e intensidades exactos. Y mientras sonaba la obertura, el aporte escenográfico fue maravilloso: cubriendo todo el frente, se desplegaba, inmenso, un tapiz con la leyenda Casinò d'Algerie, para ubicar la acción teatral en tanto que, en el proscenio, a la izquierda, apoltronada sobre su abdomen, majestuosa, se erigía la efigie de un camello sonriente que, siguiendo a la música, balanceaba su cuello y guiñaba un ojo. Un hallazgo que, en cierto sentido, también habría de quedar como el recurso de comedia mejor logrado de toda la ópera.

En general, la propuesta teatral de Rechi se basa en la multiplicidad de elementos visuales, sucesivos y simultáneos, dentro de una acción que no se detiene nunca, con vestuarios rutilantes y brillosos y plumas propios de un espectáculo de revistas, telones que suben y bajan y dos séquitos silentes, inexistentes en el libreto original, que acompañan a los personajes principales. Uno de ellos está conformado por damas/vedettes travestidas que, entre la exageración, el mal gusto, el grotesco y la nula gracia, adquieren un protagonismo desmedido. No es una observación sobre la cuestión de género -la ópera está atravesada por infinitos casos de indefiniciones genéricas-, sino sobre la demasía de movimientos afeminados por parte de mujeres barbadas. En contraposición, dentro de algunos cuadros y escenas de belleza visual singular, los cantantes lucieron como actores comprometidos que jugaron muy bien sus papeles, algunos, como Nahuel Di Pierro, de manera consumada. Y otros, como Damon Ploumis, un muy buen bajo-barítono bufo, que, aun con el mayor esfuerzo y la mejor voluntad, denotó su incomodidad al tener que cantar luciendo un vestido de auténtica vedette de vaudeville.

El conocimiento del estilo rossiniano por parte de Allemandi y la solvencia de la Estable del Colón son dignos de mención. El tenor vasco Xabier Anduaga se llevó la ovación más estruendosa de la noche cuando hizo su primera aparición con "Languir per una bella". Con su voz potente y una afinación a prueba de saltos y coloraturas varias, literalmente, dejó extasiado al público. Con todo, su timbre es un tanto metálico y hubiera sido conveniente que aparecieran otros colores y matices, más sentimentales y no siempre estridentes. Por su parte, Nancy Fabiola Herrera, la heroína de la ópera, es una mezzosoprano de bajos reducidos que, además, denotó ciertas dificultades con esos pasajes que rebosan en coloraturas. En cierto sentido, pareció más centrada en poder sortearlas que en elaborar musicalmente esas frases tan endemoniadas. Por otra parte, no es con la sensualidad del canto y con la persuasión que Isabella envuelve y estafa a Mustafá, tal como lo pensó Rossini, sino, decisión de Rechi, a partir de ciertas actitudes pendencieras que incluyen blandir bravuconamente un látigo. Y por sobre todos, nuevamente Nahuel Di Pierro, el único vernáculo del elenco estelar, que tuvo voz, interpretaciones y suficiencias en abundancia para construir un Mustafá de colección, tan tosco y tonto como musicalmente admirable.

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