Suscriptor digital

Hernán Cornejo

De la cuna a la cima

La primera vez que bailó en público fue a los nueve años. Una década más tarde, es solista del American Ballet Theatre y se presenta en teatros de todo el mundo. Todavía adolescente, ya es una verdadera estrella
(0)
3 de septiembre de 2000  

Ahí está, detrás de las nenitas que bailan como cisnes. Ahí está el niño, casi oculto en un rincón de la sala, envuelto en sus propias largas piernas, puro ovillo. Ahí está y lo mira todo. Entonces alguien se acerca. Un señor alto llamado Wasil. Le da caramelos (suele convidarle a menudo), lo invita a su oficina, le cuenta un secreto.

Nadie sabrá nunca cómo fue ese diálogo. Sólo se conoce que el señor alto salió, se acercó a la madre del niñoovillo, y le dijo: Mañana me lo trae con mallita y zapatillitas de ballet, porque va a empezar con las clases.

En ese momento, Herman Cornejo tenía ocho años. Ahora tiene 19 y un puesto de solista en el American Ballet Theatre de Nueva York.

Estuve dos años viendo cómo mi hermana hacía danzas. Hasta que, un día, el maestro Wasil Tupin se me acercó. Yo era muy chiquito y no sé bien qué me dijo, pero me debe haber preguntado si me gustaba lo clásico y le dije que sí.

Herman tiene estupendos brazos. Ahora están desnudos, hechos piedra, sosteniendo el cristal de un cuerpo alado. Erica, su hermana, se está dejando alzar lánguidamente. Es tiempo de ensayo: desde principios de agosto ambos forman parte de la gira que el Ballet del Mercosur (de Maximiliano Guerra) está haciendo por Uruguay y la Argentina. A Herman, esta serie de espectáculos lo encuentra en un momento de gloria: hace poco fue ascendido a solista del ABT, una de las mejores compañías del mundo.

Sentía que quería ese puesto, pero no pude perseguirlo demasiado porque el objetivo se cumplió pronto, a los seis meses de haber ingresado. Ahora mi meta es llegar a principal, pero estoy convencido de que para eso hace falta mucho trabajo. Mi problema es que siempre, desde chiquito, todo lo que me proponía llegaba pronto, y eso no es necesariamente bueno. No es pedantería, pero tiene su costado difícil: si te dan el sí muy rápido te podés encontrar a los dieciséis años con una responsabilidad tremenda que podés llegar a cumplir, pero no con la misma excelencia con que podrías haberlo hecho con algunos años más de experiencia.

Festejó los 16 bailando en el Luna Park con la compañía de Julio Bocca. Pocos días después, sacaba lustre a su garbo en el concurso de ballet más prestigioso del mundo: el de Moscú. Bocca le vio condiciones y, si bien la edad mínima para participar era dieciocho, gestionó una excepción que valió la pena. Menor de edad, entonces, con apenas dos semanas de preparación y un esguince acuchillándole el pie, Herman participó. Y ganó. Y dos años más tarde pasó a formar parte junto con Érica del selecto grupo de bailarines que integran el American.

Es extraño hablar de fechas con el chico. Es raro, y provoca taquicardia. La primera vez que Herman bailó en público y profesionalmente fue a los 9 años, en una función para escuelas. A los diez ganó la medalla de plata en un concurso de Arte y Cultura, y a los trece, la de oro. A los catorce, Julio Bocca lo invitó a ser parte de su compañía de ballet; a los dieciocho, entró en el ABT y, a los diecinueve, fue ascendido a solista: un puesto por el que, para llegar, muchos deben criar ampollas varios años. Y, aun así, es normal que no lleguen.

De chiquito ya me prepararon para sentir las cosas como son.

Contesta cuando se le pregunta si extraña, si alguna vez sintió nostalgia por un ratito de calle y fútbol, por una tarde de sol, y amigos, y bicicletas.

Como lo que yo quería hacer era ballet no es que perdí mi niñez; es algo confuso. Es difícil pensar que un chico de ocho años tenga claro que quiere hacer ballet, pero es así. Por lo tanto, no creo haber perdido cosas, ¿No es cierto? He elegido otro camino. Sí, me hubiera encantado jugar al fútbol. En el colegio había educación física y a mí me separaban porque, para evitar que me lastimara, tenía un permiso. Y por ahí sí, perdí el tema de jugar a la pelota, que me encantaba. Pero viví otras cosas que me hicieron feliz. Me acuerdo de que cuando estaba en el colegio era El Bailarín y, bueh, lo de siempre, todos los prejuicios de que sos o no gay... Ellos al principio no entendían. Después, en séptimo grado, muchos empezaron a venir a preguntarme cómo me estaba yendo. Pero ahí dejé para dar libre el último año, y entré a los catorce en la escuela de Julio. Y a partir de ahí todo fue más fácil, porque sólo tenía contacto con chicos vinculados con la danza.

-Pero con ellos no podías jugar al fútbol.

-No creas. Ahora, en Nueva York, con mis compañeros nos reunimos en un parque a hacer partidos.

-¿Y si se lesionan?

-Bueno, por eso somos un grupo de bailarines: cuando uno tiene la pelota lo dejamos que se vaya nomás, nadie lo para porque no nos queremos lastimar. Sólo sufre el arquero.

Chinos, italianos, colombianos, checos. Los amigos de Herman, en Nueva York, son igualitos a él: llegan con el diccionario bajo el brazo, esperando una audición que les abra las puertas del cielo.

Con Erica nos manejábamos con un librito con frases hechas en inglés, y también había latinos que estaban desde hacía más tiempo y nos ayudaban. Suerte que estaban, y están, mis viejos, porque si no las cosas serían todavía más difíciles.

-¿Qué es tan difícil?

-Por ejemplo, mantener un equilibrio entre lo que uno hace arriba y abajo del escenario. Se suben los humos a la cabeza. Ellos me ayudan con eso.

Desde que los hermanos Cornejo se entregaron al baile, mamá Edith se transformó en ama de casa y de sus hijos. Papá Ricardo, en cambio, es militar: dedicó su vida al arreglo de aviones hasta que hubo que dejar el terruño, en San Luis, para mudarse a Buenos Aires: la nena tenía que estudiar en el Teatro Colón. Ricardo, entonces, prefirió pedir el pase y cambiar su trabajo manual por una oficina en Retiro. Entretanto, Herman seguía con su rol de niñoovillo: era tan tímido que ni siquiera se animaba a izar la bandera del colegio.

-¿Querés karate? ¿Fútbol? preguntaba mamá Edith, tierna y desesperada. Como si los músculos calientes pudieran curarle algún pudor, fue obligado amablemente a hacer alguna actividad física. Hasta que el nene eligió patinaje artístico. Y cuando tiempo más tarde vio a Erica bailando como un ángel, se cambió al ballet. Con la llegada de los hermanos al American, los padres también se mudaron. Esta vez hubo que ir más lejos: Washington. Ricardo pidió el traslado y ahí están, cerca de la cría, viajando los fines de semana para lavarles la ropa, salvarlos del fast food, acunarlos un poco.

Necesitamos charlar con ellos, sentirlos cerca, contarles esas cosas que no podemos contar a nadie.

-¿Cosas como qué?

-Y... el ambiente del ballet es muy duro, y la competencia puede ser muy sucia. Es fomentada ya desde los profesores, que empiezan a hacer diferencias entre los alumnos. Muchas veces me han robado las mediaspuntas con las que tenía que bailar, o he encontrado que les habían puesto agujas. O me acuerdo que las veces que me esguincé tuve que sufrir bromas: te empujan o te ponen el pie y dicen ¡Uy, cierto que estabas esguinzado! Esta carrera es muy difícil. Un día podés ser una estrella y al día siguiente te pueden decir que no servís para nada. No es como el fútbol, donde uno puede jugar mejor que el otro pero ambos se mantienen en el equipo. En el ballet hay muchos bailarines... pero al salir al escenario hay uno solo. Y todo el mundo quiere estar ahí. ¿No es cierto?

¿No es cierto? La pregunta eterna y repetida. Una muletilla, quizá. O la constante necesidad de confirmar que todo esto que pasa Nueva York, las giras por el mundo, los fans esperando durante horas con flores y ositos y cartas de amor es real.

-¿Recordás en qué te gastaste el primer sueldo?

-Por lo general, siempre ahorro. Venimos de una familia que años atrás estaba en un nivel medio, y nos costó mucho llegar adonde estamos. Y ahora que alcanzamos un piso, trato de cuidar el dinero para seguir más adelante. Mis viejos me enseñaron a ahorrar. Si tuviera que pensar en algún gasto, a lo sumo te digo que en vestuario.

-¿En ropa?

-No, no. Vestuario. Fuera de las temporadas en el American, con Erica tenemos muchas galas por el mundo. En general nos dicen qué quieren que bailemos, aunque también nos preguntan qué queremos bailar. De una forma u otra, tenemos que aceptar y decidir en función del vestuario que tenemos, y es por eso que queremos tener los trajes de todas las obras, para poder seguir viajando por todo el mundo. Así es como uno se empieza a hacer conocido.

-¿Y qué hacen en el tiempo libre?

-Y... ahí es cuando hacemos las galas por el exterior, o funciones como esta que estamos haciendo con Maxi.

Uno insiste en preguntar qué le pasa al chico cuando baja del tablón, llega a casa y son vacaciones, y no hay agendas ni relojes y hay un sol radiante allá afuera. Herman finalmente entiende, brilla con sonrisa encantadora, y contesta: Duermo.

Cornejo según Cornejo

Por Erica, hermana de Herman y miembro del American Ballet Theatre

Siempre nos preguntan si competimos entre nosotros, y la respuesta es no. A Herman lo adoro. Gracias a Dios a los dos se nos han dado las cosas a su tiempo, con más o menos suerte. Por lo general siempre vamos iguales, bailamos juntos... En cualquier lado donde estoy bailando y él no está, pienso: "Ojalá estuviera mi hermano..." Somos muy pegotes y muy compañeros, siempre nos cuidamos, apoyamos y corregimos mutuamente. Yo soy la que le prepara el desayuno y le hace los tecitos cuando está enfermo. Y mi hermano me protege de la gente que está alrededor. Allá nuestra vida cambió. Durante la temporada trabajamos casi todo el día. A mí me gusta levantarme temprano. Pero a mi hermano no: como le gusta dormir y dormir, se levanta cinco minutos antes y sale, y siempre se compra el café en la calle con una donna y va comiendo a las apuradas, y llega y toma la clase. A él le fascina la comida chatarra. Pero eso sí: a pesar de que le encanta la comida chatarra, siempre extraña la carne argentina.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?