9 cafeterías que se suman a la movida del slow coffee

Olvidate del cortado a las chapas: la ciudad se llenó de cafecitos adorables para refugiarse de la vorágine.
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8 de mayo de 2018  • 10:46

El cafetín siempre fue parte del ADN cultural de Buenos Aires; sin embargo, curiosamente, el ritual nunca giró en torno a la calidad del café en sí. En Baires teníamos el folclore: la charla, la poesía (“una lágrima”), el gesto para pedir el “cafecito” con la mano y el yeite del vasito de agua y la galletita, pero lo que no teníamos era conocimiento específico sobre la infusión. Eso comenzó a cambiar cerca del 2011 con la llegada de los primeros baristas. Ellos nos introdujeron en el concepto de la especialización y fueron armando sus propios templos. A espaldas de las grandes cadenas, abrieron sus espacios diminutos en los que ofrecen lecciones, curaduría de música, libros y la paz que no se encuentra en la vorágine urbana. Preparate para marcar tu mapa de los cafecitos adorables.

Oss

El arquitecto Fernando Iglesias Molli estaba trabajando como escenógrafo en Oslo, Noruega, por algunos meses, cuando empezó a reparar en el enorme culto al café de la cultura nórdica. Durante ese mismo viaje, decidió seguir de largo por Europa y formarse como barista en Barcelona con el mejor de España, Atanas Chukov. A su regreso, sintonizado ya en la frecuencia del emprendedorismo y la autogestión total, resolvió convertir el garaje de su casa en un búnker del buen vivir. En el interín, estableció una alianza potenciadora con Diego Lobo, uno de los baristas más respetados de nuestro país. Oss tiene solo seis meses, pero, a pesar de ser nuevo en el barrio, ya es uno de los espacios más queridos, de hecho, además de la mujer y la hija de Fernando, algunos vecinos hacen sus aportes de pastelería para completar la carta del lugar.

Qué pedir: la torta galesa, que está a cargo de una vecina del barrio que la cocina con una receta familiar que es secreta desde hace 70 años.

Bonus track: en Oss te pueden preparar un café a través de los cinco métodos posibles, chemex, V60, aeropress, siphon o french press. Aprovechá para aprender.

Dónde: Franklin D. Roosevelt y la vía, Belgrano.

Cuervo

En Cuervo suena Luca Bocci y Perras on the Beach. También discos creados por los clientes del lugar. Desde su apertura, hace un año y medio, es una política de este espacio apoyar lo local y foguear lo independiente. En realidad, Cuervo tiene un concepto rocker clarísimo desde su gestación: nació en referencia a la ropa siempre negra que utilizaban sus fundadores, Pablo Tokatlian y Agustín Caro, para tocar en su banda, Malfatti. Fue a través de esa banda que descubrieron su pasión compartida por el café. “Dice la mitología que el cuervo es negro porque se tostó acercando el Sol a la Tierra para que todo pudiera comenzar”, explica Agustín, quien se enorgullece también de la biblioteca del espacio, de la que podés llevarte un libro si dejás otro.

Qué pedir: el macchiato va de diez con un avocado toast.

Bonus track: en Cuervo hacen su propia leche de almendras y, con la pulpa, rellenan sus croissants.

Dónde: El Salvador 4580, Palermo.

La motofeca

Comenzó siendo una motito cafetera al estilo indio, montada para vender en las grandes ferias gastronómicas, pero su participación fue tan aclamada que desde hace un año se convirtió también en un local propio atendido por una familia entera. La Motofeca exhibe orgullosa el título brindado por la Speciality Coffee Association of Europe a uno de sus fundadores, Walter Mitre. Se trata de un reconocimiento súper exigente que solo pueden brindar tres personas del mundo y certifica la total excelencia de un lugar. Juan Ingaramo es el ahijado de Walter y quien custodia el día a día de La Motofeca. No está solo; su hermana, Melina, y su mamá, Silvana, trabajan con él.

Qué pedir: las preparaciones más intensas de la ciudad: el café dos tiempos, un expreso sobre una base de filtrado y el expreso Motofeca, que equivale a ¡tres! expresos juntos.

Bonus track: entre las joyas que podés encontrar en esta parada del tour “slow coffee”, está la posibilidad de quedarte a ver (¡y oler!) cómo tuestan el café en vivo.

Dónde: Paraguay 627, Retiro.

Catoti

Junto con Oss y All Saints, a pocas cuadras, es parte de un polo de cafeterías que emergieron en la zona. Catoti cumple los requisitos para ser de culto: es chiquito, personalizado y se mantiene con una clientela fiel que gusta de tomar café en las barras dentro o fuera escuchando Daft Punk, The Strokes o Morrissey. Los baristas del lugar se enorgullecen especialmente de su flat white, una preciosa microespuma que cubre un café expreso, simple o doble. Ojo, no es cualquier expreso. Los granos del café, que se tuesta acá, son traídos de una finca familiar en Colombia, de una región de pequeñas casitas con cultivos familiares y orgánicos, en Armenia, Quindio.

Qué pedir: completá este viaje mental por Colombia acompañando tu flat con las arepas.

Bonus track: si lo tuyo no es el café, hay jugos de arándanos, mango, maracuyá y frambuesa deliciosos, orgánicos y reales.

Dónde: Blanco Encalada 2457, Belgrano.

The Shelter Coffee

Parece que en The Shelter no hay que educar a nadie: la clientela es sofisticada y muy formada. Pueden llegar a devolver un café si no les place su preparación. Eso, al equipo de baristas, lo divierte y desafía. Cumplir con las exigencias de paladares entrenados no es fácil. De todas formas, es mucho más difícil no intimidarse ante la visita de clientes que son megaestrellas mundiales. Les pasó hace poco, cuando el vocalista de Red Hot Chili Peppers, Anthony Kiedis, les pidió un expreso; y les había sucedido peor antes, cuando el mismo Mick Jagger se sentó en el elegante sillón capitoné a merendar. La cercanía con los hoteles más caros de la zona y la reputación que el lugar supo hacerse en sus tres años de existencia lo convierten en un espacio proclive a estas experiencias. Como a Anthony y a Mick, te van a recibir Valeria y Patrick, los dueños del lugar.

Qué pedir: acompañá el flat white con yogur solo o con granola, caseros y hechos en el día.

Bonus track: hay jugos detox para sumar a una súper merienda.

Dónde: Arroyo 940, Retiro.

Full City

La dueña de este oasis cafetero, Victoria Angarita, es colombiana y, aunque parezca un cliché, tiene café corriendo por sus venas. Junto con su pareja y socio, el inglés Allan Dorgan, supieron capitalizar la enorme tradición familiar de ella para poner uno de los espacios claves de la escena cafetera porteña. Su padre, Parmenio Angarita, es considerado algo así como “el Maradona del café” en Colombia: es educador y experto tostador y tiene su propia marca de granos. Dirige también una escuela de baristas. Con semejante background, no es de extrañar que este sea un punto obligado para entender la cultura “slow coffee”: buena música, una biblioteca y baristas como Daniel Borras, dispuestos a educarte sobre lo que estás consumiendo.

Qué pedir: acompañá tu latte con un brunch veggie, que trae un omelette con champiñones inolvidable.

Bonus track: como en Cuervo, si te gusta un libro de la biblioteca, podés llevartelo y dejar otro en su lugar, para mantener el círculo girando.

Dónde: Thames 1535, Palermo.

La Noire

Es el espacio más femenino al que fuimos en nuestro recorrido. Está armado en una casona antigua en Villa Crespo en la que todo es de época. Lo que sí es nuevo-nuevo es el café, siempre recién hecho. La pastelería francesa está amasada por su mismísima creadora, Vendela, que además se encarga de seleccionar la música, clásica por la mañana y colorida por la tarde, de la mano de un alegre pop francés. Como si le faltara amor a este espacio, si salís al patio, vas a descubrir sus propios cultivos de menta y albahaca. Juan Pablo Vásquez y Daniela Vásquez Correa son los baristas custodios de la visión de Vendela.

Qué pedir: el latte y la chaussons aux pommes son una dupla hecha en el cielo.

Bonus track: pedile a Juan Pablo que a tu taza le haga un arte latte de animalitos.

Dónde: Bonpland 1173, Villa Crespo.

Alex Coffee Roasters

El grunge, lo urbano y lo industrial marcan la impronta de Alex Coffee Roasters, el primer lugar de café de especialidad en Zona Norte. Nada aquí es casual. Hace dos meses, a través de este local, Juan Ignacio Ferrari comenzó su proyecto de crear su marca propia, un lugar del que tanto su team como los clientes pudieran adueñarse. La cafetería es tan personal que su nombre es un homenaje al perro que tenía la entonces novia de Juan Ignacio, ahora su mujer, cuando se conocieron.

Qué pedir: el flat white va increíble con las tortas que les prepara especialmente Scarlett Cakes.

Bonus track: Alex Coffee Roasters tiene su propia banda. Como todos en el team tocan instrumentos, planean pronto hacer su presentación ahí mismo.

Dónde: Uruguay 6415, local 6, Centro Comercial Buena Vista, San Fernando.

Hasta Starbucks baja un cambio

La cadena se suma a la tendencia del slow coffee. Abrieron un nuevo local en la torre Al Río, en Vicente López, en el que ofrecen experiencias para disfrutar de esta bebida tan versátil como popular: podés elegir el método de filtrado de café que prefieras y, además, podés pedir la experiencia de “Viaje por el mundo del café”, para catar las variedades de todas sus regiones de cultivos.

¿Nos tomamos un café?

Por Darío sztajnszrajber. Filósofo, docente y divulgador de la filosofía.

Tomarse un café siempre es más que tomarse un café. Es más o menos, pero nunca es tomarse un café. Es un final, o una excusa, o una mentira, o un inicio, o un estado de ánimo, o todos los estados de ánimo, o la explosión de un acto creativo, o el devaneo que surge desde un sabor y que va derivando hacia cualquier lugar. Tomarse un café es siempre una deriva. Por eso, tomarse un café nunca es tomarse un café. Puede ser cualquier cosa, menos ser idéntico a sí mismo. Ni siquiera en la retracción con lo cotidiano, cuando decidimos dejarnos llevar por su aroma para que, en el medio de la jornada, podamos volver sobre nosotros mismos. Ni siquiera en el mero acto de su disfrute. Tomarse un café nunca es mero. No. Nunca volvemos sobre nosotros siendo los mismos. Este acto de interrupción, en realidad, nos saca del apego a lo que somos y nos abre a la diferencia. Casi como una metáfora, el olor a café nos disuelve, nos alivia, nos resignifica. Por eso, tomarse un café puede ser un punto de inflexión, una epifanía. Hay algo en su sabor amargo que, como un cachetazo, revela lo que no deseábamos ver. Se puede cambiar el mundo tomando un café, pero también se puede tomar un café y creer que estamos cambiando el mundo aunque todo siga igual. O se pueden cambiar los pequeños mundos desde este nuevo café imprevisible, inaudito, y que algo se mueva. Los ritos nos repiten en lo que somos o nos impulsan a tomar una distancia. Cada nuevo vínculo puede comenzar con un café y, aunque cada relación sea radicalmente otra, el dispositivo parece ser el mismo. Siempre nos invitamos a tomar un café, ¿realmente creemos que cada nuevo vínculo es nuevo? Cada nuevo vínculo y cada nuevo final, con un café de por medio. ¿Qué hace ahí en el medio, el café? ¿Distiende, mancomuna, erotiza, vehiculiza? ¿O será que tomarse un café es mucho más que tomarse un café? Mucho más o mucho menos, pero nunca es el mismo.

5 métodos para preparar café

Por Diego Lobo, Speciality coffee association "Brewing intermediate". Ilustraciones por Josefina Jolli.

  • Chemex. Creada por un químico alemán alrededor de 1940. Se obtiene una taza limpia y muy aromática.
  • V60. La V60 se destaca por su forma cónica y su filtro fino de papel, que dan como resultado una taza alta en acidez y dulzura. la ideó la empresa japonesa Hario.
  • Aeropress. Creada en 2006 por un técnico de la NASA, la aeropress es muy versátil. Gracias a su sistema de presión por aire, se pueden encontrar desde sabores fuertes y dulces hasta suaves y limpios.
  • Siphon. Funciona al entrar en ebullición el agua y trasladarse de su base esférica hacia arriba. Da como resultado una taza de café limpia y fuerte.
  • French press. Clásico método de émbolo francés, utiliza una molienda muy gruesa y se deja infusionar durante unos minutos para lograr una taza suave y postgusto brillante.

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