La Renga en la tapa de RS: La historia completa de una banda que se volvió demasiado grande

Chizzo Nápoli y Tete Iglesias en abril en Villa Mercedes
Chizzo Nápoli y Tete Iglesias en abril en Villa Mercedes Fuente: RollingStone - Crédito: Ignacio Arnedo
Entre una popularidad expansiva y su afán de mantenerse al costado del mundo, el trío de Mataderos superó un historial de shows suspendidos, internas políticas y trabas burocráticas para conseguir el triunfo más arduo del rock
Bruno Larocca
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7 de mayo de 2018  • 16:54

Una estructura tubular gigantesca de conexiones que derivan en una matrix de energía biotrónica, y los músicos de la banda de rock más grande de Argentina están parados entre derrames tóxicos, humanoides encerrados en tubos de ensayo y un suelo agrietado por la contaminación. “Uno, dos, tres. Uno, dos, tres, oooh.” Son las 9 de la noche fría del viernes 6 de abril en el Estadio Único La Pedrera, en Villa Mercedes, San Luis, y Chizzo Nápoli vocaliza mientras reniega con un acople que se filtra entre el micrófono y la pared de Marshalls. Tete Iglesias está ahí, a dos metros, con el bajo Fender vintage marrón colgado, esperando agazapado para salir a correr por las dos alas del escenario que conectan con las plateas. “Uno, dos, un acople”, dice el cantante mirando fijo el mangrullo, como buscando una explicación mientras Tanque Iglesias ajusta las tuercas del hi hat de su batería doble bombo negra. “Bueno, hagamos esta”, propone Chizzo. Y lo que sigue es el riff monstruoso de la intro de “Tripa y corazón”, un hard rock clásico de 1998 que habla de la importancia de confiar en uno mismo, y el vozarrón de Chizzo que hace vibrar las chapas del estadio. Cuando termina el tema, se saca la campera de jean y se queda en remera. Gaby Goncalves, el manager, camina entre los parlantes de retorno y supervisa que todo esté en su lugar.

Para mañana a esta misma hora, se espera que 35.000 personas cubran las plateas y las 9.000 placas de coverfield blanco que protegen el césped de este moderno estadio que hoy luce casi desierto. La idea original de La Renga era abrir 2018 con un show en el Estadio José María Minella de Mar del Plata, donde se habían presentado por última vez en diciembre de 2015. Parecía todo acordado –la productora contaba con la autorización municipal, había presentado el plan con el operativo de desarrollo y seguridad, y la demanda de entradas volaba–, pero desde el Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires informaron que no contarían con el personal policial necesario.

La historia de shows suspendidos, inhabilitaciones, trabas burocráticas, falta de respuestas de las autoridades gubernamentales y denuncias de discriminación por parte de la banda no es nueva, y los obstáculos en provincia fueron interpuestos tanto durante la gestión de Daniel Scioli como en la de María Eugenia Vidal. En febrero de 2016, el grupo tuvo que cancelar su show en San Pedro y lo mismo sucedió un año después en San Juan. El problema no era estrictamente bonaerense, pero cuando a fines de marzo surgió la posibilidad de mudar el recital a Villa Mercedes, la banda publicó en sus redes un escueto comunicado: “Una vez más el gobierno de la provincia de Buenos Aires inventa un motivo para no dejarnos tocar en Mar del Plata (...) No vamos a dejar de tocar. A la carga mi rocanrol”. Y el show se trasladó a una ciudad situada a más de mil kilómetros de la sede original.

Ahora, en la prueba de sonido, el que marca un-dos-tres es Tanque con los palillos en alto, y la banda toca “Nómades”, un rock & roll rutero del último disco, Pesados vestigios, y Chizzo prende fuego la Les Paul con un solo mientras comienza a inflarse un pulpo naranja gigante que mueve los tentáculos sobre los músicos.

La puesta técnica –sonido, escenografía y luces– montada en La Pedrera es una obra gigantesca que llevó varios meses de planificación, el trabajo en conjunto de dos productoras y un equipo de más de mil personas. Para trasladar la estructura y el armado de este megaescenario de 75 metros de ancho por donde veremos correr a Tete, se necesitaron 18 camiones con acoplado y cuatro generadores eléctricos. El estadio cuenta en cada cabecera con una pantalla de led de 110 metros cuadrados, pero la banda ha decidido no usarlas y, en su lugar, instalar en los costados del escenario los habituales telones sobre los que proyecta las imágenes en vivo. “Además de mucho trabajo y sacrificio, es impresionante la cantidad de dinero que se invierte en estructura y seguridad”, dice el productor José Palazzo, que llegó hasta Villa Mercedes a pasar el fin de semana invitado por la banda. “Cuando ves todo este trabajo, es imposible no sentir la injusticia de que un asesor le diga a un gobernador ‘no lo hagamos porque es peligroso’.”

Parece que hay algo en el sonido que a Chizzo no le convence y cambia la Les Paul por la guitarra custom “motoralmaisangre” que le fabricó el luthier Marcelo Bray. El saxofonista Manu Varela se suma esta vez en armónica para hacer “Lo frágil de la locura” junto a la sesión de vientos Las Cucarachas de Bronce, y el grupo gana en densidad. Tete trepa la plataforma de la batería y balancea el cuerpo hacia atrás como haciendo equilibrio con el bajo.

La Renga está tocando ante un grupo de veinte amigos y familiares con la intensidad y el volumen descomunal a los que nos tiene acostumbrados. Si no fuera por los tres hombres de seguridad que, de espaldas a la banda, se encargan de controlar que los amigos y familiares no filmen la prueba de sonido, cualquiera podría pensar que estamos en un meet & greet organizado por la banda más impredecible y convocante del rock argentino.

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El mismo día que Pity Álvarez perdió cuatro vuelos a Tucumán, los músicos y asistentes de La Renga recorrieron los 750 kilómetros que separan Buenos Aires de Villa Mercedes en un viejo micro de gira. Salieron el jueves 5 de abril a la medianoche y llegaron pasado el mediodía al hotel Epic, un edificio con todas las comodidades frente a la plaza principal. Viajaron toda la noche y parte de la mañana en medio de una tormenta con ráfagas de viento que azotó la Ruta Nacional 7. Después de registrarse en el hotel y hacer la prueba de sonido, cumplieron con el ritual de cada gira: músicos, manager, familiares, asistentes, plomos, amigos y personal de seguridad comieron un asado debajo de una de las tribunas del estadio. Una filosofía que conservan desde el origen, hace exactamente 30 años en las calles de Mataderos.

Ahora son las 4:30 a.m. del sábado 7 de abril, faltan menos de 24 horas para el show que marcará el regreso de La Renga después de las seis fechas en Huracán, y en un escenario pequeño del único bar rockero de Villa Mercedes, Tanque en batería, Miyo Miglioranza (asistente y encargado de monitoreo) en guitarra y Palazzo en bajo, están zapando el tema “El viejo” de Pappo mezclados con la banda local Sin Causa. A dos metros de esa escena, rodeado de 50 seguidores que también vinieron a hacer la previa en este bar, Tete contempla el show improvisado con un vaso de cerveza en la mano y una sonrisa, y posa abrazado a los fans que le piden una selfie. En la mesa que el dueño del bar preparó para la banda están también Gaby, Manu, el sonidista Jorge Leggio, la mujer de Tete Silvina Cendón y los hijos de varios integrantes del staff. En total son más de veinte. El grupo de amigos que salía de gira con una banda de rock ahora se ha transformado en una familia que sale a la ruta. Pero falta Chizzo. Alguien dice que se quedó en su habitación descansando, después del largo día que incluyó firma de remeras y banderas de los fans que se acercaron a la puerta del hotel.

“No esperaba que subieran a tocar”, dice el dueño de Stone Bar, Kike Devia, con la voz todavía entrecortada por la emoción. “Cuando pasaron por la puerta, a la tarde, vieron un trapo gigante que colgamos en el frente y decía que hoy iba a haber un tributo a La Renga. Creo que esto es algo que te pasa una sola vez en la vida.”

"La plataforma es física porque estás ahí, pero la música es como cruzar un umbral", dijo Chizzo. "Uno vuela."

La escena tiene algo de surrealista: la banda de rock más popular del país viendo en vivo su propio tributo. Y después compartiendo, durante unos 40 minutos, un escenario minúsculo horas antes de su concierto más importante del año.

“Imaginate que empezaron en un bar”, le dice el sonidista del local a su jefe. “Por eso ahora los vagos están ahí y no se quieren bajar.”

Después de los recitales masivos en Huracán del año pasado, La Renga se presentó por sorpresa en el festival Metales Brillan al Sol de Parque Avellaneda, en un motofestival solidario en el partido de Malvinas Argentinas, y en un encuentro en Bariloche a favor de los pueblos originarios. Si alguien llevara el registro histórico de sus presentaciones sorpresa, seguramente la cifra superaría a la de shows oficiales. “Chizzo y Tete no pueden pasar mucho tiempo sin subir a un escenario”, dice un asistente de La Renga. “Es algo más fuerte que ellos.”

“La plataforma es física porque estás ahí”, decía el cantante en 2011, hablando de la diversidad de escenarios. “Pero la música es como cruzar un umbral. Uno vuela.”

Palazzo dice que lo que pasó en ese bar de Villa Mercedes no es casualidad. Para él, la relación cercana que se da entre los músicos de una banda de estadio como La Renga y el público que los sigue es un caso inédito en la historia del rock argentino. “Siguen siendo los mismos”, dice Palazzo. “Lo único que cambió es el kilaje en la balanza y el volumen de pelo. Por lo demás, siguen siendo los mismos tipos. No conozco otro fenómeno así.”

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‘Éramos amigos del barrio que nos juntábamos en una esquina. Yo llevaba mi viola y otro llevaba la suya. Y soñábamos que estábamos arriba de un escenario.”

El barrio del que habla siempre Chizzo es, como casi todos saben, Mataderos. Y ese escenario virtual quedaba en la esquina de Eugenio Garzón y Homero. En un paisaje de casas bajas y fábricas pequeñas, un grupo de pibes de familias de clase media trabajadora curtían la esquina de regreso del colegio secundario. Entre cervezas, charlas de música, partidos de fútbol en el Club Sol del Plata y zapadas con la criolla, llegaba la noche y el momento de regresar a casa. Tete trabajaba como operario en una fábrica de cables de bujías del barrio y tenía como jefe a su hermano Tanque –dos años mayor–, que por entonces tocaba la batería en un grupo de heavy metal llamado Nepal. Chizzo iba al colegio secundario industrial Don Cornelio de Saavedra, de Parque Avellaneda, y hacía trabajos de plomería con el padre, Víctor Nápoli. Con ese trabajo se compró la primera guitarra eléctrica, una Faim 335, que aún conserva.

El vínculo con la música comenzó mucho antes de su gusto por Vox Dei y Creedence Clearwater Revival: allá por 1971, cuando en el Wincofón de la casa de los Nápoli sonaban los simples de Leonardo Favio, Sandro, Elvis Presley, Bill Haley y Los Teen Tops. A los 4 años, cuando viajaba en colectivo con la madre, el pequeño Gustavo se paraba frente a los pasajeros y cantaba el clásico de Favio “Ella ya me olvidó”.

El pequeño Gustavo Nápoli cuando cantaba temas de Leonardo Favio en los colectivos
El pequeño Gustavo Nápoli cuando cantaba temas de Leonardo Favio en los colectivos Crédito: Captura video

Antes de empezar a tocar con Rafael “Locura” Dilelio, un amigo del barrio unos años mayor, en un proyecto llamado Cólera, había tenido otra banda, Origen, en la que el Gordo Gaby se hacía cargo de la voz. Pero el plan de Cólera quedó trunco cuando Chizzo fue convocado al servicio militar obligatorio en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. Al volver de la colimba, tenía apodo nuevo: “Chizzito”, por su pelo rubio, pero los amigos del barrio lo dejaron en “Chizzo”. Retomó la idea de armar un grupo de rock con los amigos de la esquina. Dilelio le presentó a Tete, que tocaba la criolla, pero como era el menos habilidoso con la viola pasó a tocar el bajo. Faltaba nada más un baterista, y alguien pensó en su hermano.

La madrugada del 1º de enero de 1988, después de brindar con la familia, Chizzo le pidió prestado al padre el Torino azul. Cargó la guitarra, un equipito y pasó por la casa de los Iglesias.

Tanque lo recuerda siempre: “Vino el Chizzo re loco y me dijo: ‘Me prestás la batería’. Le dije que no, pero a los diez minutos le dije que sí y estaba tocando con ellos. Ahí se formó La Renga”.

El resto es historia más o menos conocida: los primeros shows en un rincón del club del barrio, el casete Esquivando charcos (1991) y dos hits tempranos a modo de presentación –“Voy a bailar a la nave del olvido” y “Blues de Bolivia”–, una escalada por El Galpón del Sur, Dilelio que deja la banda, el sonido se vuelve más duro, la grabación en 1994 de A dónde me lleva la vida, la incorporación de Chiflo en saxo y Manu en armónica, los shows en Cemento y Stadium, la consigna del barrio copando Obras y un contrato millonario –hasta entonces inédito en el rock argentino– con una multinacional, la edición en 1995 del disco en vivo Bailando en una pata (grabado en Obras) y todos los 31 de diciembre el mismo ritual: alquilar un tráiler, cortar la calle Araujo entre Remedios y Garzón, montar un escenario en el pasaje Viejo Bueno y, después del brindis, tocar en las calles que vieron nacer a la banda. Hasta una noche en la que un vecino arrojó un proyectil desde su ventana y Chizzo decidió suspender para siempre esos recitales.

Casi treinta años después, algunas paredes descascaradas que han resistido el paso del tiempo aún conservan los grafitis en aerosol de una época en que la pizzería El Cedrón, Nueva Chicago y La Renga forjaron la identidad y el orgullo de un barrio trabajador en el que todo lleva los colores verde y negro.

“Nuestro sueño era llenar Cemento. No sé, El Galpón del Sur. Ver lleno ese lugar que para nosotros era... Y ya todo lo que vino después fue un regalo. Estamos en las nubes. Fue lo más groso que nos pasó”, dijo Gaby en el rockumental includo como extra del DVD En el ojo del Huracán, grabado en 2004.

Algunos años después, al recordar esas palabras que hoy parecen de una época en la que todo era artesanal, Gaby dijo que el sueño continuaba: “Vos decís, pero ¿por qué nos pasa? Y le debemos poner un montón de cosas importantes para que eso suceda. Todos los shows salen de un sueño. Y cuando todo se encamina hacia ese lugar, ya no lo podés parar.”

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La antigua casona funciona como búnker, sala de ensayo, punto de encuentro para comer asados con amigos, estudio de grabación, y está ubicada en un barrio de la zona de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires, al que es casi imposible llegar por primera vez sin la ayuda de un GPS.

Hasta esta propiedad de estilo medieval llegó La Renga hace más de diez años buscando aire fresco y armar una sala que funcionara también como estudio para grabar los discos bajo el concepto de sonar como en el vivo, con Chizzo, Tete, Tanque y Manu tocando juntos. El disparador fue el sonido de En el ojo del Huracán. Desde ahí la búsqueda por sonar más crudos en los discos se convirtió en una obsesión materializada en 2006 con Truenotierra, un trabajo doble que incluye una parte de zapada experimental de larga digestión y otra sin grandes hits a la vista.

El altillo de la casa está decorado con una bandera wiphala y antigüedades como un tocadiscos, candelabros, velas, la réplica en miniatura de una guitarra, un micrófono de pie como usaban los cantantes en la década del 60, una lámpara, un cajón repleto de vinilos de rock & roll de la primera época. Ese ambiente de estética predigital representa la mirada analógica de la vida que tiene La Renga, una banda que sigue editando discos como obras conceptuales y que prefiere el sonido de los equipos de los años 60 y 70.

En el centro de todo están las canciones. Chizzo no escribe música. Los riffs y los solos endemoniados que dispara en vivo son melodías que saca de oído. Casi todas las canciones que compuso con La Renga le salieron con música y letra, todo al mismo tiempo. “No es que digo ‘ahora voy a hacer un heavy metal o un reggae’. Yo no sé cómo es hacer eso”, dice él. Es un mecanismo que en su cabeza funciona inconscientemente desde que aprendió a tocar la guitarra de forma autodidacta.

Cuando compone en su casa, también en Ezeiza, graba todos los demos en una portaestudio de cuatro canales: mete una batería electrónica, el bajo y, por supuesto, la guitarra y su característico vozarrón. Pero las canciones terminan de cobrar vida recién cuando las trae a la sala, y Tete, Tanque y Manu aportan lo suyo. Donde había máquinas o secuencias de ritmos aparece un sonido sanguíneo y valvular. “El trabajo siempre termina siendo de banda”, explicaba Chizzo en tiempos de Algún rayo (2010).

En sus orígenes, ningún integrante de La Renga imaginó que llegaría el día en que, para tocar, se precisaría mover una estructura gigantesca y la aprobación de las máximas autoridades políticas. “Cuando hicimos el Autódromo nos decían ‘después de tocar acá, ¿qué van a hacer?’. Y yo si tengo que tocar para diez personas, toco igual”, decía Chizzo en 2007. “Tocar para multitudes es alucinante, pero no sé si es lo máximo. No termina ahí todo. Hay mucho más en las canciones.”

En el último tiempo, La Renga tocó en estadios de fútbol, anfiteatros, autódromos colapsados de público y lugares no convencionales como el playón de la ex fábrica de cerámica Zanón recuperada por los trabajadores –un recital para 15.000 personas sin policías– y en una ciudad –Talcahuano, Chile– devastada por un tsunami.

El listado de lugares no tradicionales responde a la necesidad de nuevos desafíos después de haber llenado estadios como River y las dificultades de producción derivadas del número de público que exceden lo que, para la banda, resulta controlable (40.000 personas). En 2007, la presentación de Truenotierra en el Autódromo de Buenos Aires ante 100.000 personas se vio empañada por lo caótico que resultó el show. Al público que ingresó sin entradas haciendo huecos en la tierra por debajo de los alambrados se sumaron algunas peleas entre grupos de seguidores y el robo de los equipos de sonido.

La banda en la trastienda de su histórico primer recital en Obras, en 1994
La banda en la trastienda de su histórico primer recital en Obras, en 1994 Crédito: Gentileza Universal

“El show del Autódromo nos dejó un balance raro”, decía Tete. “Nos desbordó”, confesaba Chizzo. “Fue un show que estuvo muy tenso.” Y Gaby agregaba: “Cuando hacés un show tan grande, si se equivoca el que tiene que vender bebida puede provocar un desastre que después se llevó a las torres de sonido”.

Para Los Mismos de Siempre –así se hace llamar el grupo fiel de seguidores que tiene La Renga desde que “el barrio llegó a Obras” en 1994–, el punto de quiebre que originó las cancelaciones de los últimos dos años se produjo el 10 de diciembre de 2013, cuando el grupo se presentó por sorpresa en la Fiesta Patria Popular: Democracia para Siempre, que organizó el gobierno de Cristina Fernández. El debate de los grupos de fans en las redes sociales abrió una grieta entre los que expresaban su disconformidad por lo que asumían era un gesto de afinidad con el gobierno kirchnerista y aquellos que celebraban esa postura política. Sin embargo, durante ese mismo gobierno, la gestión de Scioli le negó en varias ocasiones la posibilidad de tocar en el Estadio Único de La Plata, al mismo tiempo que se presentaban shows internacionales de U2, Guns N’Roses y Pearl Jam.

Esa noche calurosa de diciembre en el escenario montado de espaldas a la Casa Rosada, la banda irrumpió con “Tripa y corazón”, ante una multitud que hacía flamear banderas de La Cámpora, y en apenas 26 minutos ejecutó una lista que incluyó “Lo frágil de la locura” (dedicada a los pueblos originarios), “El rey de la triste felicidad” y “El final es en donde partí”.

“Fue la primera vez que nos invitaron a tocar en un acto de la democracia y festejar los 30 años, no era joda”, explicó Chizzo después. “Nos pareció que era bueno estar ahí más allá de levantar una bandera política, que yo pueda tener mi opinión y sin embargo ir a tocar igual. Y, por otra parte, darnos el gusto de tocar en Capital después de que a raíz del show en el Autódromo (2007) nos pusieron un montón de trabas.”

El año pasado, cuando comenzó a correr la noticia de que La Renga preparaba el operativo regreso a la ciudad de Buenos Aires después de una década sin shows oficiales, la productora Rock & Reggae –una de las dos encargadas de los shows en Huracán– protagonizó una disputa mediática con la Agencia de Control Gubernamental de la Ciudad que ocasionó que el jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta manifestara públicamente su voluntad de que los recitales se hicieran.

En un contexto cruzado por el desborde del show del Indio Solari en Olavarría, y más allá de que el argumento oficial señaló problemas logísticos ligados al servicio policial, el recital de La Renga en Mar del Plata quedó en el medio de una interna política que incluía al intendente Carlos Arroyo y a las máximas autoridades del gobierno provincial, según pudo averiguar Rolling Stone a través de una fuente del Ministerio de Seguridad.

De alguna manera, La Renga es una banda que se volvió demasiado grande, tironeada entre una popularidad expansiva y su visión romántica del rock, entre las implicancias políticas de sus gestos y el afán de mantenerse al costado del mundo.

Tete entre obreros de la fábrica recuperada Zanón, en 2008
Tete entre obreros de la fábrica recuperada Zanón, en 2008 Crédito: Oscar Kcho Livera

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El primer músico que deslumbró a Chizzo con la guitarra eléctrica fue Norberto Napolitano. Fundamentalmente el de la etapa Aeroblus, el power trío fugaz que fundó en 1977 con el bajista Alejandro Medina y el baterista Rolando Castello Junior. Cuando empezó a tocar, le gustaba zapar los temas de Pappo’s Blues (“El tren de las 16”) y Creedence. Pero con el tiempo se abrió a otros géneros: folclore, música hindú, psicodelia pesada (Jethro Tull) y heavy metal (Motörhead, Deep Purple, Rush, Tin Machine).

“Pappo fue el violero de la Argentina. Me lo dicen todos los músicos de la primera época del rock nacional”, dijo Chizzo una noche de 2013, después de ensayar. “Lo veías tocar y se te caían las medias. Fue el pionero en la guitarra eléctrica. Hay grandes violeros, pero él es como un símbolo del rock & roll pesado.”

Para La Renga, haber recibido el bautismo musical de su ídolo de la adolescencia fue como haberse graduado en el Berklee College of Music después de haber hecho una maestría de rock tocando en la esquina del barrio. Chizzo aún recuerda el día de la prueba de fuego, cuando pudieron conocerlo más allá de algunos encuentros casuales en los camarines de bandas amigas. Apareció en la sala que La Renga tenía por entonces en Almagro y lo primero que hizo al entrar fue preguntar dónde estaba la viola. Se colgó la guitarra y empezó una zapada de dos horas. Hasta que dejó de tocar y les dijo: “Bueno, yo soy Pappo”.

En los últimos años, La Renga está haciendo una serie de homenajes a sus ídolos rockeros de la adolescencia. Los Vox Dei, Ricardo Soulé, Vitico, Edelmiro Molinari, Alejandro Medina, Javier Martínez, Pappo y el virtuoso guitarrista del grupo La Barra de Chocolate rescatado casi del anonimato por Chizzo, Nacho Smilari, fueron invitados a abrir los shows multitudinarios de la banda. De hecho, Smilari lleva casi diez años compartiendo giras con La Renga y subiendo a tocar “Poder”, que también grabó con ellos en Algún rayo.

Smilari conoció a Chizzo en 2008, por medio de su mujer, Carolina Bakos –cantante del grupo de heavy gótico Inazulina–, que quería tomar clases de guitarra. Después de escucharlo tocar, le dijo que tenía ganas de que Chizzo lo conociera y unos días más tarde estaban comiendo un asado. “Respetamos esa cosa de rebeldía que tenía el rock en los 70”, dijo Chizzo en el diario La Voz en 2007.

Chizzo no tiene cuenta de Twitter, ni de Facebook, ni de mail. Por supuesto, tampoco de Instagram. Sus únicos vínculos con la tecnología digital son un teléfono celular –varias veces ha expresado sus ganas de revolearlo– y una computadora que usa para demear. Cuando no ensaya (La Renga se junta tres días por semana en la sala de Ezeiza) y no está de gira, le gusta salir a recorrer el país con un grupo de amigos motoqueros, leer libros de autores como Jack Kerouac y Tolkien, subirse a tocar en alguna zapada o perderse en el paisaje serrano de la zona de Villa Ventana. De todas esas cosas que ocupan gran parte de su vida salieron las canciones del disco que marcó una bisagra en la historia de La Renga: Despedazado por mil partes, de 1996.

Es octubre de 2016 y Chizzo está a punto de subir al micro de la gira de Pesados vestigios con la que se presentarán en La Pampa, Neuquén y Mendoza. Y del otro lado del teléfono le dice a Rolling Stone que no puede creer que hayan pasado más de 20 años de Despedazado y por primera vez se presta a hablar de la composición de las canciones. “Los libros de Castaneda [ Las enseñanzas de Don Juan y Viaje a Ixtlán], la libertad y todos los viajes que hicimos con Tete al norte en motocicleta”, dice Chizzo. “Toda esa mezcla definió el concepto del disco. ‘Lo frágil de la locura’, por ejemplo, cuenta la historia en la que me encontré con un originario en el norte y me habló de la pobreza y todo lo que habla ese tema. Fue como un acercamiento a la libertad. Los libros de Castaneda, que sigo leyendo hasta el día de hoy, son como mi Biblia.”

Chizzo con Ricardo Mollo, que a fines de los 90 le cambió el sonido a la banda
Chizzo con Ricardo Mollo, que a fines de los 90 le cambió el sonido a la banda Crédito: Lucía Grossman/Archivo RS

El aporte de Ricardo Mollo, elegido por Tete como productor, fue fundamental en el sonido de la banda, que había desistido de trabajar con Gustavo Santaolalla: “Mollo nos dio una gran mano”, recuerda Chizzo. “Un día me llevó a su casa y me dijo que eligiera la guitarra que quisiera. Vi tantas violas colgadas que no sabía cuál elegir.” Finalmente, para la grabación Chizzo armó un combo con un equipo Vox AC30 valvular y una Gibson SG. “El sonido de esa guitarra me partió la cabeza, hasta ese momento nunca había tenido una viola americana de verdad.”

La búsqueda sonora de La Renga estaba influenciada por los gustos musicales de sus integrantes. Mientras Chizzo manifestaba su simpatía por la crudeza de Kurt Cobain en “Smells Like Teen Spirit” y “el sentimiento demencial del chabón”, Tete intentaba sonar en una frecuencia similar a la de Steve Harris y John Paul Jones, y Tanque comenzaba a afirmarse en el sonido de su batería doble bombo.

Las condiciones establecidas por La Renga en el contrato firmado con la multinacional Polygram rompieron los parámetros de la industria. “Las regalías que impusieron eran más altas de lo habitual”, dice el ex responsable artístico del sello, Adrián Muscari. En cuanto a las cuestiones artísticas, la compañía también aceptó una cláusula que establecía que La Renga era dueña de las decisiones. “Las ideas del grupo eran muy respetadas”, recuerda Muscari. “Nosotros entendíamos que eso era lo mejor para todos.”

El disco salió a la venta en noviembre de 1996 y en tan sólo una semana vendió más de 100.000 copias. Si Bailando en una pata era el disco en vivo que los había llevado de los boliches de Flores a una seguidilla de shows en Obras, Despedazado sería el álbum con el que darían el salto sin retorno a los estadios de fútbol.

Por esos días, Tete abandonó su trabajo en la fábrica de cables de bujías y Tanque hizo lo mismo con el taxi que manejaba. Chizzo hacía poco más de un año que había dejado el oficio de plomero y empezaba a analizar la idea de mudarse de barrio porque le “tocaban el timbre a cualquier hora” y le pintaban la puerta de la casa. “Ahora cuando escucho el disco noto una inocencia que con los años fuimos dominando hasta que los temas tomaron otro poder”, dice Chizzo. “Creo que, más allá de que lo hicimos con mucho espíritu y autenticidad, Despedazado funcionó. No me gusta mucho la palabra, pero fue como un éxito a todo nivel. Y a partir de ese momento los escenarios siempre fueron gigantes, los estadios con equipos de sonido y luces cada vez más grandes. Aunque a mí me gusta tocar en lugares chicos. Después, como dice Alex Lora, el chiste no es llegar hasta arriba, sino quedarse ahí toda la vida. Tuvimos la suerte de hoy en día poder seguir sosteniendo todo eso como en aquel momento y no es poca cosa.”

El disco marcó en La Renga el final de la etapa under y cambió para siempre las reglas del juego. Todo cobró una dimensión inesperada, incluso para los músicos de la banda que vieron cóomo la alta rotación radial de temas como “Balada del diablo y la muerte”, fogoneada por la compañía discográfica, los convertía en una banda popular de rock apto todo público. Acariciar la masividad también tendría su precio. Y ya no había tiempo para volver a atrás.

La muerte de Miguel “Keko” Ramírez, seguidor de San Miguel que fue alcanzado por una bengala naval lanzada desde el público en el comienzo del show de La Renga, el 30 de abril de 2011 en el Autódromo Roberto Mouras de la ciudad de La Plata, abrió por primera vez la incertidumbre sobre el futuro de una banda que solo había suspendido actividades tras el accidente de Chizzo con su moto, en marzo de 2008. El fantasma de Cromañón y las bengalas volvían a golpear al rock y la cultura del aguante. La banda que había hecho escuela con una filosofía de trabajo entre amigos y el público como una gran familia –y que tuvo entre sus discípulos a grupos como Los Gardelitos, El Bordo y Callejeros (con estos últimos incluso llegó a compartir parte del staff)–vivió en esos días una pesadilla que los hizo replantearse todo. “Esto nos hizo dudar de que esta era nuestra vida, nuestra carrera y nuestra manera de seguir adelante”, dijo Gaby.

"El chiste no es llegar hasta arriba, sino quedarse ahí toda la vida. Tuvimos la suerte de poder sostenerlo."

El grupo se puso a disposición de la familia Ramírez y la acompañó en el entierro. Al mismo tiempo suspendió la serie de shows que quedaban de la gira de Algún rayo y se recluyó en la sala de Ezeiza para definir el futuro. Sin fuerzas para colgarse los instrumentos y ensayar, el rumor de un posible final comenzó a sonar fuerte entre los seguidores más cercanos.

Unos meses después, Chizzo descartó que por esos días hubieran contemplado la posibilidad de disolver la banda. “Quedamos como en un vacío”, dijo en una entrevista en el refugio de Ezeiza. “Fue un golpe muy doloroso. Nuestras ganas estaban desvanecidas.”

Decidieron volver con un show por afuera de la gira programada de Algún rayo, en Córdoba, un lugar físico que representara el centro del país. “La idea fue concientizar al público de no usar más bengalas y todas esas cosas”, explicó el cantante. “Lo único que queríamos hacer era presentarnos en un escenario y decir lo que sentíamos”, recordó Tete. “Fue un recital que tuvo mucha emotividad. Creo que va a ser el show que más recuerde en mi vida.” “Pero no por disfrutarlo”, agregó Gaby. “Sino por haber vivido momentos de mucha tensión y haber llegado a dudar de lo que somos.”

La noche del 15 de octubre en el escenario de Jesús María, antes de los primeros acordes de “El twist del pibe”, Chizzo dijo al público: “Este es un espacio que hemos construido juntos durante más de 20 años. Y todos los que están acá, arriba y debajo del escenario, no son un número ni un ticket cortado. Cada uno de ustedes son una célula, un engranaje que construye este sitio único, casi imposible de conseguir en estos tiempos sin más sponsor que el corazón y el espíritu... Lo que le ocurrió a Keko fue un lamentable ejemplo que no tiene que ocurrir nunca más”. La viuda de Ramírez veía el recital desde la platea.

“Como hablamos muchas veces, no sirve de nada duplicar la seguridad o poner más policías para controlar, si no sabemos cuidarnos entre nosotros en un recital”, dijo Chizzo en la primera entrevista que concedió después la tragedia. “Para La Renga, tener que poner más seguridad es como una contradicción.” Gaby fue un poco más allá: “Siempre creímos que éramos una familia y el de al lado era tu hermano o primo. Yo, desde ese lugar, no lo puedo entender... Nosotros creemos en la libertad, no en la represión y el autoritarismo.”

La masividad mostraba su lado más amargo: al mismo tiempo que la convocatoria crecía, la dificultad de encontrar espacios indicados se acrecentaba. “Hay lugares preparados para hacer eventos deportivos y teatrales, pero no musicales”, explicó Gaby. “Por eso tenemos que ir a autódromos, estadios de fútbol, hipódromos. Sitios que no están armados para esto, tenemos problemas con las hinchadas y las fechas de los partidos. En ese momento estaba el Estadio Único de La Plata, pero no nos alquilaron. Y después tocaron U2, Guns N’Roses, Pearl Jam, y la policía escoltó a la gente hasta la entrada. En cambio, al público de La Renga que fue al autódromo lo dejaron solo, abandonado al costado de la ruta, caminando de noche.”

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El mapa urbano de Villa Mercedes no escapa al patrón arquitectónico con el que se fundaron cientos de pueblos a lo largo de la Argentina: dos o tres cuadras de peatonal con negocios que cierran religiosamente a la hora de la siesta, un par de restaurantes alrededor de la plaza central y construcciones chatas que, un día gris otoñal como el de hoy, le imprimen un dejo aún mayor de melancolía. A solo dos kilómetros del centro, un puente separa la ciudad de un parque de 66 hectáreas llamado La Pedrera. La última gran obra que despertó el orgullo de los hermanos Rodríguez Saá nuclea en un solo espacio un autódromo, un skatepark, una cancha de hockey, un arena, un anfiteatro, una laguna artificial con aguas danzantes, un circuito aeróbico, un complejo educativo de escuelas, y un estadio de fútbol en el que hoy, el sábado otoñal del 7 de abril, se presenta La Renga.

Chizzo está parado a un costado del escenario, las piernas bien abiertas, la boca en un grito desgarrador, retorciendo los dedos sobre el diapasón de la Les Paul marrón mientras ejecuta el solo de “Corazón fugitivo”. El sonido que baja de las torres es demoledor, y sin embargo se escucha el fervor del público coreando la melodía de guitarra. Tete camina tocando el bajo por las rampas, sube a una pasarela, baja, trepa a la plataforma de la batería y hace equilibrio sobre un caño cromado que cubre el doble bombo de la batería. Desde el escenario, los flashes encendidos de los miles de celulares que hay en el campo y las plateas completan la escenografía.

Minutos después, Chizzo deja la distorsión de un acorde flotando en el aire y grita: “Buenas noches, San Luis”. Enseguida pega la intro de “Tripa y corazón” y canta: “Condenado a la sed de ser / siempre que hay vida, habrá esperanza”. El arranque es violento, electrizante, un golpe directo al mentón, con la banda tratando de sacudir el estadio y las luces destellando como relámpagos. Cuando llega el estribillo, el cantante dice “a ver ustedes” y se lleva la mano a la oreja. En el campo, todos cantan: “Es tu canción la que quiero oír en mi voz”. Y Chizzo completa la segunda parte: “Cuando me digas que todo va a estar mejor...”. Tanque está irreconociblemente flaco con una gorra negra, machacando la batería con la misma fuerza de siempre y viendo cómo Tete rebota en la tarima. La Renga parece alimentarse de la energía que llega desde el campo y, cuando todo está a punto de pasarse de revoluciones, termina el tema, el escenario queda a oscuras y la banda hace una pausa.

Momentos después, Chizzo se para frente al micrófono y dice en un tono enojado: “Muchas gracias San Luis por recibirnos como tantas veces nos ha recibido con los brazos abiertos. Teníamos muchas ganas de tocar acá y sobre todo en este estadio”. Después se queda cinco segundos en silencio y el público empieza a silbar, como sabiendo lo que se viene. “También teníamos muchas ganas de tocar en Mar del Plata”, dice sonriendo. “Ahora, si ustedes nos preguntan por qué nos suspendieron el show… No sabemos realmente, huele a dis-cri-mi-na-ción, me parece... Pero igual estamos acá. Estamos a tu lado.”

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