San Martín

Enigmático viajero en Europa

En 1824, James Duff, IV conde de Fife, recibió la visita de un entrañable amigo sudamericano, cuya llegada a Escocia había estado precedida por encendidos elogios en la prensa británica
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13 de agosto de 2000  

BANFF, Escocia.- La temporada estival de 1824 fue la primera en atraer hacia Escocia un aluvión de turistas con la imaginación enardecida por las últimas novelas de Walter Scott y dispuestos a descubrir el robusto paisaje de las Highlands del bandolero Rob Roy.

"Como prueba del inmenso número de viajeros que han llegado desde el sur en dirección al norte de Escocia, el lunes y el martes últimoo, no menos de 250 carrozas, calesas, calesines, etcétera han sido vistos pasar por la calle George Street, en Perth", destacaba el periódico Aberdeen Journal el 25 de agosto de 1824.

Un hombre alto, de tez morena y atuendo de forastero, formaba parte de ese contingente de turistas. "El General San Martín ha estado en Duff House para visitar al conde de Fife", anunciaba el mismo periódico ese día entre las noticias locales para precisar escuetamente en la columna de sociales el paso del Libertador por "el hotel Dempster, en el Nr. 63 de Union Street en Aberdeen, en viaje de retorno tras haber visitado al conde de Fife". Lo único que sabían los escoceses de aquel enigmático viajero era a través de un relato publicado cuatro meses antes por el capitán Basil Hall en varios medios, incluida la Edinburgh Magazine, y que no era más que una enciclopedia de elogios. Ese oficial de la Royal Navy, amigo íntimo de Walter Scott, había conocido a San Martín durante un recorrido por las costas de Chile, Perú y México. "Es una persona sumamente bien educada y de sencillez, sin afectación en sus modales, excesivamente cordial y cálido, y con una evidente gentileza. En resumen, nunca he visto a una persona cuyo encanto fuera más irresistible", concluía al final de una detallada descripción física del general y de su campaña emancipadora en el Cono Sur.

San Martín puso pie en Escocia sin hacer la más mínima alharaca al punto de no hacerse anunciar a James Duff, IV conde de Fife, al que sorprendió en su hogar en Banff, 90 kilómetros al norte de Aberdeen (geográficamente más cerca de Oslo que de Londres), de regreso de un fin de semana de cacería en lo que hoy son los territorios del palacio real de Balmoral.

"Cuando llegué el domingo a Duff House encontré al general San Martín que había llegado el viernes. Si lo quieres conocer debes venir mañana por cuanto él planea irse el viernes... Es un hombre extraordinario y lamentaría que no pudieras ver a esta famosa personalidad", advertía el conde a su cuñado Richard Wharton Duff, en una nota del 18 de agosto de 1824. Lord Fife sabía muy bien de quién hablaba. Los dos hombres se habían conocido quince años antes luchando contra las fuerzas napoleónicas en la península ibérica. San Martín era capitán del ejército español; Duff se había enlistado como voluntario para olvidar la muerte de su esposa, Maria Caroline Manners, víctima de la rabia en mitad de su primer embarazo, mordida por su perro preferido. Como soldado libre entre los aliados apostados en Cádiz y Sevilla, alcanzó el grado de mayor-general en el ejército español, fue declarado Grande de España y condecorado con la Orden de San Fernando. Apenas dos años mayor que San Martín, el noble escocés era un ferviente defensor de las ideas liberales, un factor que, sumado a su simplicidad, su sentido del humor y un inusual afán aventurero, contribuyó a que se ganara fácilmente la estima de su colega oriundo de Yapeyú.

En 1808, el héroe de Bailén ya había formado con Alvear y Zapiola la Logia Lautaro para iniciar la campaña emancipadora de América del Sur. Tres años más tarde, por más que aún no había terminado la lucha contra los invasores franceses, San Martín decidió viajar a Londres reconociendo que ése era el gran "centro de reclutamiento" para la causa independentista en Europa. Algunos sostienen que fue Duff, activo miembro de la masonería, el que lo convenció de tomar lo que, a los ojos de los realistas, era el "camino de la traición".

San Martín se encontró, sin embargo, con un serio inconveniente: las autoridades españolas no estaban dispuestas a aceptar que un militar diestro, con veinte años de entrenamiento, abandonara el país, más aún sabiendo que su origen sudamericano podía transformarlo en un rebelde.

Duff intervino entonces obteniendo por medio de otro escocés (sir Charles Stuart, ex encargado de negocios de la embajada británica en Madrid y entonces enviado en Lisboa), un pasaporte y un pasaje hacia Inglaterra al que agregó varias cartas de presentación y letras de crédito de las que aparentemente no tuvo que echar mano. Así llegó a la capital británica a fines de 1811 y retornó a Buenos Aires en los primeros meses de 1812.

Los dos amigos se mantuvieron en contacto durante todos los años de la campaña libertadora. Tras la victoria de Chacabuco, por ejemplo, Duff (ya conde de Fife al haber heredado el título a la muerte de su padre, en 1811) escribió el 3 de junio de 1817, desde Edimburgo, en un español aprendido en las trincheras: "No puede, mi amigo San Martín, figurarse cómo las noticias de su buena conducta me han llenado de satisfacción. He tenido siempre una gran amistad por usted y desde mi llegada de España he estado diciendo siempre a mis compatriotas: Paciencia: un hombre por allá sorprenderá a todos. Estuve yo seguro que un golpe sería dado por su brazo. No entrañe por ahora en la historia política de sus asuntos -ni de los motivos- solamente puede usted contar de mí como un buen amigo -sumamente interesado por el bien de San Martín y espero que el tiempo llegará para que nosotros nos abracemos otra vez- y hablaremos sobre todos los asuntos extraordinarios que hayan sido desde el tiempo de Cádiz. He tenido noticias de usted algunas veces de sus compatriotas en Londres -la revolución en Chile parece a ésa de Napoleón a quien yo vi estando en París cuando llegó (en 1815) y vi salir y entrar al rey (Luis XVIII) -muy (in)quieto por su persona. Créame, amigo San Martín, siempre su más sincero y verdadero amigo".

Lord Fife era un liberal pero también un monárquico, amígo íntimo del príncipe regente, el futuro Jorge IV, que se oponía ferozmente a la emancipación latinoamericana por temor a que desencadenara un movimiento republicano internacional que terminara poniendo en peligro su propio trono. Esa amistad, estrechada por una compartida pasión por la ópera, el ballet y la buena gastronomía, no inhibió al conde a contradecir más de una vez al monarca en la esfera política, aun cuando le costara caro. En 1820 se convirtió en el primer noble en la historia británica en ser despedido de su puesto en el palacio como Lord of the Bedchamber (título similar al de un caballero de compañía del rey) por haber votado en la Casa de los Comunes contra un impuesto a la producción de whisky propuesto por el oficialismo conservador, que oficiaba como gobierno de Su Majestad.

Pasaron siete años antes de que el rey se decidiera a perdonarle ese pecado de juventud y lo reinstalara en el puesto.

Con el deber cumplido en América, San Martín puso proa a Gran Bretaña con su hija Merceditas, tras ser mal recibido en la Francia del borbón Luis XVIII, donde el Libertador esperaba poder arraigarse junto con su hermano Justo Rufino, residente en París.

Llegó a Londres en abril de 1824, pero no emprendió el viaje a Escocia hasta agosto, asegurándose antes de que su hija quedara al cuidado de la respetable familia del comodoro Peter Heywood, que había sido jefe de la estación naval británica en el Plata.

La residencia de su noble amigo era monumental. Duff House fue diseñada por el arquitecto William Adam, en 1735, con un solo objetivo: impresionar.

El fundador de la dinastía, William Duff, un abogado que hizo fortuna como terrateniente, quería convencer al mundo de que era descendiente de lord Macduff, el mítico amigo del shakespeariano rey Macbeth, y por eso encargó a Adam la construcción de la más grande mansión en Escocia. El proyecto quedó a medio camino a causa de una disputa judicial por la contratación de los albañiles. Aun así, con más de 30 habitaciones e infinidad de salones, es impresionante y sirvió durante sus tres siglos de existencia como residencia ducal, hospital y hasta de campo de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial. Ahora es sede de la única sucursal de la National Gallery of Scotland, afuera de Edimburgo.

El Libertador pasó entre sus ornamentadas paredes una semana, tiempo suficiente para que su estatura de héroe fuera reconocida por las autoridades locales que, sin duda a instancias del conde, decidieron otorgarle, el 19 de agosto, el título de Freeman of the Royal Burgh of Banff, la primera, si no la única, distinción recibida por el Libertador en el Viejo Continente, equivalente hoy a la entrega de las llaves de la ciudad.

De ahí en más, cada uno seguiría caminos distintos. San Martín intentaría un frustrado regreso a Buenos Aires para luego vivir en Bélgica y Francia.

Duff dejó la corte y su asiento en la Casa de los Comunes para radicarse en su tierra, donde gastó buena parte de su fortuna fundando ciudades, como Dufftown, hoy sede de la famosa destilería de whisky Glenfiddich, con el fin social de dar empleo a los hombres que regresaban de la guerra peninsular. Falleció en Banff en 1857.

Esta ciudad portuaria no vería otra vez a un argentino notable caminar por sus angostas veredas hasta 1964, cuando un tal Jorge Luis Borges, acompañado por una señorita María Vásquez, decidió interrumpir una gira de disertaciones por Gran Bretaña para conocer personalmente este rincón de Escocia asociado para siempre con la Argentina.

Esta no es, sin embargo, la única faceta poco conocida de San Martín en Europa. Archivos de la masonería belga rescatados recientemente de las manos de la KGB contienen correspondencia con masones argentinos desde principios del siglo XIX hasta 1913 y servirían para echar luz sobre muchos de los misterios que abundan acerca del período de construcción de nuestro país.

La información sirvió para desterrar toda duda sobre la membresía del General San Martín a la masonería. La riqueza de los archivos, conocidos como Fonds 114 - OSOBY (Archivos Secretos de Bélgica) es superior a lo que en un principio se creía.

"Es un legado francamente precioso -sostuvo el doctor en historia Philippe Raxhon, pro-fesor de la Universidad de Liège-. Contiene toda la correspondencia que mantuvieron las logias belgas con sus pares de Lima, entre 1830 y 1910; con las logias de Buenos Aires entre 1850 y 1913, los reportes de las reuniones de la Gran Lo- gia de Orien- te en Bruselas y, más precisamente, los de La Perfecta Amistad (La Parfaite Amitié), a la que estaba asociado San Martín, desde 1817 hasta 15 años después de su muerte."

Y ésta podría ser sólo la punta del iceberg por cuanto sus 2265 carpetas, actualmente en el depósito del Centro de Estudios Religiosos y de la Laicidad de la Universidad Libre de Bruselas, aún no han sido clasificados analíticamente. "Existe un inventario, pero es escueto y bastante aleatorio, lo que permite creer que hay mucho más de lo que figura a simple vista", destacó Raxhon.

El libro El general San José de San Martín en Bélgica, un destino, una época contiene las ponencias de 16 expertos de Bélgica, Francia, Gran Bretaña y de nuestro país sobre el período de exilio del Libertador. Fue impreso en una tirada de 500 ejemplares por nuestra Biblioteca Nacional como primer resultado de un acuerdo de cooperación firmado con la Biblioteca Real de Bélgica en julio del año último. En su presentación, presidida por el embajador argentino Eduardo Airaldi, el director de la Biblioteca Real Pierre Cockshaw mostró una medalla de plomo bañada en plata de la Logia La Perfecta Amistad, con el perfil del General San Martín, que indica: "Construída en Oro de Bruselas el 7 de julio 5807 al general San Martín 5825". El significado de los números es un enigma.

"Esta pieza es la única copia de la original en oro cuyo paradero se desconoce. Tampoco sabemos cómo es que llegó a la biblioteca, más allá de que se encuentra aquí desde 1912", destacó el jefe del Departamento de Conservación Wim De Vos.

El director de la principal biblioteca belga estimó que la membresía de San Martín a la masonería "no ensucia ni contradice" la imagen de probidad del Libertador. "La masonería no fue condenada en Bélgica hasta 1838 y hasta entonces no había enfrentamiento alguno entre las sociedad secretas y el catolicismo. Tenemos muchos casos de europeos ilustres que eran católicos y masones", dijo Cockshaw.

El general San Martín vivió en Bruselas entre 1824 y 1831. Una epidemia de cólera terminó empujándolo al exilio en París. En 1834 compró su casa de Grand-Bourg.

Hasta su forzada partida a Boulogne-sur-Mer por el alzamiento de 1848, San Martín seguiría con sus viajes, muchos de incógnito para despistar a los espías de las monarquías europeas que vigilaban celosamente sus movimientos.

Su último viaje fue en junio de 1850 a Enghien-les-Bain, donde se hizo tratar el reumatismo. Sus achaques frenarían una vida impulsada no sólo por ideales de libertad sino también por la curiosidad de conocer a quienes habitan los paisajes más allá del horizonte.

Las pistas del héroe

Seguir la trayectoria del Libertador en Europa permite comprender mejor al hombre al que debemos nuestra independencia y es una buena excusa para hacer turismo con una original premisa. Aquí van algunas pistas: San Martín se alojó tres meses en el 23 de Park Road, frente a Regent´s Park, en Londres. Una placa recuerda su paso en 1824 describiéndolo como "soldado y hombre de Estado argentino". Todavía no se sabe si viajó por mar o por tierra hasta Perth, en Escocia, pero sí que lo hizo desde allí en carruaje a Aberdeen, donde se hospedó en el Hotel Dempster, en el Nr. 63 de Union Street. La dirección aún existe pero el edificio fue demolido hace varios años. En Francia, San Martín vivió en el 35 rue Saint-Georges (cerca de la estación de metro Opera Garnier), en Grand-Bourg, en lo que hoy es el convento de monjas La Solitude.

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