Entre ciudades inteligentes y tonterías tecnológicas

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
(0)
8 de mayo de 2018  • 11:18

En contra de lo que podríamos intuir, la iluminación en las calles no tiene un impacto directo en la reducción de la delincuencia. Esto no quita que sea lo primero en lo que nos fijamos al momento de elegir por qué calle caminar.

Mejorar el alumbrado público es el tipo de solución tecnológica que se vincula en forma directa con el desarrollo económico de un país, pero si bien contribuye enormemente a nuestra sensación de seguridad, no hace que las calles sean más seguras. Puede costar creerlo, pero las conclusiones se sostienen sin mucha controversia.

Pero si, a pesar de la evidencia, rara vez se cuestiona la incorporación de una tecnología tan poco "disruptiva", ¿qué pasa cuando se trata de adquisiciones mucho más sofisticadas?

Nadie sabe bien de qué se habla cuando se habla de " smart cities ". Por lo general la definición es manoseada a tono de lo que sea que un proveedor de soluciones "inteligentes" quiere que un gobierno le compre. La promesa de la disrupción esta vez llegó a de parte de la empresa china Huawei a los oídos de un encantado gobierno de Mendoza.

En las últimas semanas representantes de Huawei se reunieron con el gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, trayendo con ellos un catálogo de promesas que van desde detectar delincuentes con pedido de captura hasta emitir fotomultas a quienes tiren basura en la calle. ¿Los ingredientes secretos? Como no podía ser de otro modo, una pizca de big data, un par de cucharadas de reconocimiento facial, innovación disruptiva a gusto, todo mezclado en la gran olla de la smart city. Eso sí, con cuidado porque si se lo deja demasiado tiempo puede terminar en un sistema de vigilancia masiva que avasalla los derechos de los ciudadanos.

Justificando la ensalada que les quieren vender, un funcionario decía que "a partir de la Big Data, que son los datos que están en los celulares, nos permitirán saber de qué manera se mueven las personas y pensamos usarlo principalmente para combatir la inseguridad". No falla: la mezcla justa de palabras rimbombantes de la jerga tecnológica sirve para encandilar a cualquiera, incluso cuando no tiene una mota de sentido lo que se está diciendo.

Afortunadamente, la retórica de las "smart cities" cada vez hace menos mella en la opinión pública. Como se ha dicho una y mil veces, tirarle polvo mágico digital a las ciudades no las hace más "inteligentes", sea lo que sea que se quiera entender por "ciudad inteligente". Generalmente lo que se vende no es más que planificación urbana, pero con sensores que probablemente nunca funcionen correctamente -y que en poco tiempo se vuelvan basura. Ah, y nada de precio amigo, si se quiere futuro hay que desembolsar un buen billete.

Las discusiones acerca de cómo queremos que sean nuestras ciudades, más allá de su coeficiente intelectual, no son en absoluto novedosas. Richard Sennett -académico estadounidense que ha estudiado los efectos de la vida urbana moderna en los individuos-hace unos años marcaba la importancia de la sensación de pertenencia y autodeterminación de los ciudadanos: " Una ciudad no es una máquina".

"Queremos ciudades que funcionen lo suficientemente bien, pero que estén abiertas a los cambios, las incertezas y el lío de la vida real", comenta Sennett. Y en esa sintética afirmación se esconde una de las posibles claves para pensar mejor la planificación urbana, no desde lo que gigantes corporaciones tienen para vendernos, sino desde lo que las personas que en ellas viven realmente quieren.

¿En qué punto de las conversaciones con estos proveedores de soluciones automágicas a los problemas de Mendoza se incorporó a sus ciudadanos? ¿Cómo se va a medir su impacto? ¿Existen casos de éxito comparables o se trata una vez más de un gobierno que peca de ingenuo que se presta como conejillo de indias para un experimento corporativo?

Entre los diseñadores urbanos que aún conservan su escepticismo muchas veces se indica que "la smart city es la idea equivocada vendida de la forma incorrecta a la gente equivocada". En particular, estas soluciones rara vez se contemplan evaluando cómo efectivamente afectarán a la forma en que las personas viven, trabajan y juegan en sus ciudades.

Como se ha señalado desde la sociología durante todo el siglo pasado, la vida urbana tiene múltiples aspectos y enorme complejidad. La pobreza, discriminación, desigualdad, delincuencia y hasta el cuidado del medio ambiente tienen dimensiones políticas, sociales y culturales que no pueden reducirse a miopes soluciones tecnológicas o al toque mágico del big data.

Ya no vivimos en 2011, cuando podíamos hablar de estas ideas y aún sonaban futuristas a falta de ejemplos concretos. A golpes de realidad tuvimos que aprender de los peligros de la regulación algorítmica y de la importancia de cuidar los derechos civiles antes de incorporar tecnología. No sólo eso, sino que el tipo de servicios como los de identificación facial ya se ha visto que no funcionan en escenarios de uso reales .

Sin ir más lejos, los sistemas de reconocimiento facial como el que el gobierno de Mendoza implementó hace algunas semanas para detectar personas con antecedentes entre la tribuna del Estadio Malvinas Argentinas pueden tener hasta un 90% de falsos positivos. Esto es exactamente lo que sucedió en Gales el año pasado durante la final de la Champions League. No es que por principio esta tecnología no pueda funcionar, es que no hay evidencia de que alguna vez haya sido efectiva.

Para colmo, y como si no sobraran motivos para desconfiar de la insistente retórica de las "ciudades inteligentes", hace ya un tiempo que Huawei está teniendo problemas para entrar al mercado estadounidense. Directores de seis agencias de inteligencia estadounidenses, entre ellas el FBI, la CIA y la NSA, la consideran una amenaza para la seguridad de su país. Con todo esto sobre la mesa es que se exige que haya transparencia, fundamentación empírica y participación de otros sectores en este tipo de negociaciones.

Aún desconocemos qué negociaciones prosperarán a partir de esta reunión entre chinos y mendocinos. Aparentemente se impulsará un pedido de información para conocer los detalles en profundidad. Pero es precisamente porque aún estamos a tiempo que es importante considerar hasta qué punto las soluciones de "smart cities" deben implementarse sin una evaluación de impacto más profunda que las meras promesas con las que se venden.

No se trata de impedir la innovación en el diseño urbano -que, podríamos argumentar, es absolutamente necesaria en un presente acelerado- sino de atender la posibilidad de incorporar a la ciudadanía en los procesos de diseño en vez de dejarnos llevar por la lábil lengua marketinera de las corporaciones con soluciones listas para que compremos.

El motivo por el cual sabemos que el alumbrado público no contribuye a reducir la delincuencia es que la pregunta por su vínculo ha obsesionado a criminólogos desde hace décadas. Esto hizo que en cada oportunidad en que una ciudad estuviera por iluminar más sus calles se pudiera observar y medir su impacto.

En respuesta a estas conclusiones algunas ciudades están empezando a revertir sus políticas, apagando luces durante la noche y esforzándose para subsanar la contaminación lumínica. Por estos lares quizá todavía estemos a tiempo para evitar encandilarnos con el brillo de carísimas cajitas con lucecitas de colores.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.