Los androides sueñan con ser humanos

Fabiana Fondevila
Fabiana Fondevila PARA LA NACION
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9 de mayo de 2018  • 00:45

"Pepper ama interactuar con vos". "Pepper quiere aprender sobre tus gustos, tus hábitos, y sencillamente sobre quién sos". "Pepper es un acompañante de humanos amable y agradable". Así rezan los anuncios. Pepper no es un perro, un gato ni un oso perezoso. Pepper es un robot. De cuerpo blanco y curvilíneo, la altura de un preadolescente y un gesto de inocencia que recuerda a los teletubis. Este androide de vanguardia ya obra de recepcionista en bancos, restaurantes y hospitales de Japón, donde fue alumbrado.

Pero Pepper no es solo un robotino de expresión tierna. Pertenece a una generación de aparatos que alberga una asombrosa innovación: la capacidad de percibir emociones. Es decir, de responder con sonrisas a lo que registra como un tono o expresión de alegría, y de esbozar un gesto compasivo cuando quien tiene adelante da señales de tristeza. Es un rasgo vital, porque Pepper no fue diseñado para realizar tareas domésticas sino para "hacer felices a las personas, mejorar sus vidas, facilitar sus vínculos y conectarlas con el mundo exterior". De hecho, la empresa creadora, SoftBank Robotics, lo clasifica como "un robot emocional" y asegura que no debe ser considerado un objeto sino "una especie artificial".

¿Por qué querríamos que los robots sientan?

Quienes apoyan esta moción argumentan, por un lado, que tomar decisiones óptimas requiere de acceso a la emoción. Las emociones nos ayudan a priorizar, a reconocer lo que es más valioso y a movilizarnos por defenderlo. Por ejemplo, señalan, un robot que se quedara con su vehículo en medio del desierto, y no conociera el miedo, ni sensaciones como la sed y el calor, podría optar por hacer una reparación exhaustiva, en vez de una de emergencia, y posiblemente moriría (se dañaría su sistema) antes de poder concluir la reparación.

Por otro lado, un aparato capaz de detectar no solo la tristeza y la alegría, sino también estados cognitivos complejos como la atención, el interés, el cansancio, la confusión y la distracción, entre otros, podría proteger a los seres humanos de accidentes (tratándose de un auto inteligente, por caso), o tomar acciones para advertir o minimizar riesgos y peligros.

Y hay un tercer motivo, sobre todo para los robots creados para acompañar a las personas: los seres humanos somos emocionales por constitución, y no sabemos trabar vínculos si no es a través de lo que sentimos. Una máquina que sonríe o hace un gesto de compasión nos genera una empatía instantánea e inevitable, facilitando la interacción. No es de sorprender, entonces, que los productores ya estén hablando de instalar "módulos de empatía" en las máquinas de avanzada.

Pero he aquí la pregunta del millón: el hecho de que Pepper (o cualquiera de sus sucedáneos) pueda registrar las emociones de sus dueños y reaccionar acorde, ¿les permite a sus creadores afirmar que el robot siente o podrá algún día sentir, las emociones que manifiesta? Nada parece indicarlo.

Las emociones son respuestas a estímulos externos o internos (como el recuerdo) que se manifiestan en el cuerpo -el pulso, la respiración, las expresiones faciales, los gestos, el tono de voz- y en la conducta. Estas expresiones son automáticas e inconscientes, y sabemos cómo producirlas y reconocerlas en los demás desde el nacimiento. ¿Puede una emoción ocurrir por fuera de un cuerpo? No es un escollo menor.

Androides con ciudadanía

Existen androides -como la así llamada Sophia- que pueden emular los gestos faciales de diversas emociones, y hasta manifiestan algo parecido al sentido del humor. De hecho, la apariencia y la conducta de Sophia son tan convincentemente humanas que Arabia Saudita acaba de otorgarle la ciudadanía. Impactante -por no decir indignante - en un país donde las mujeres todavía no pueden sacar un pasaporte sin permiso de un guardián legal masculino. Y en ciertos círculos, ya se debate si debería otorgárseles a la nueva generación de androides el derecho al voto (el mismo que las mujeres árabes conquistaron hace menos de tres años).

Pero nada de esto responde a la pregunta de fondo: si un robot desarrolla capacidades analíticas, comunicativas, de aprendizaje y hasta cierto grado de inteligencia emocional, ¿se puede afirmar que esa máquina es, o que algún día podría volverse, un ser consciente? ¿Auto-consciente? ¿Sintiente? ¿Ético? ¿Capaz de soñar y trascender sus programaciones?

Cuanto más avanzamos en la pregunta, más queda claro que entramos en territorio filosófico y espiritual. ¿Somos los seres humanos apenas la combinación de nuestro procesamiento mental y nuestras percepciones? ¿Pueden explicarse, en términos tan sencillos, actos como arriesgar la vida para salvar a un desconocido (sabiendo, como sabemos, cuánto amamos vivir)? ¿Perdonar, contra todo impulso en contrario? ¿Morir de asombro ante un cielo estrellado? ¿Tocar el cielo con las manos con un beso? ¿Sentir cómo el corazón se hace añicos en el último adiós? ¿Seguir adelante, y ver cómo la herida al fin alumbra hijos como el coraje, la resiliencia, la compasión?

Quizás sea falta de imaginación, pero se hace difícil vislumbrar que estas expresiones de lo humano puedan ser, algún día, programables. O, incluso, que los mismos robots, en su inteligencia superadora, las descubran y desarrollen. Hay algoritmos en el corazón que la razón no conoce, diría Pascal. Y en ese misterio que somos, sobre todo para nosotros mismos, yace todo el prodigio.

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