La imaginación al cerebro (primera parte)

Diego Golombek
Diego Golombek LA NACION
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13 de mayo de 2018  

Crédito: Enríquez

Imaginen. una nube con forma de dragón, un gorrión gigante con cara de Frida Kahlo, imaginen que no hay paraíso o infierno (es fácil si lo intentan), un hipopótamo tan chiquito que parezca de lejos un mosquito, una boa que se comió un elefante, una revuelta de estudiantes que lleva a un paro general y tiene en vilo a un país durante una semana.

Pues bien, todo eso tiene algo en común: no existe. Lo acabamos de inventar. Lo plantamos en el cerebro. Salvo, claro, lo de la revuelta de estudiantes que, justamente por estos días, estamos conmemorando: el famoso Mayo del 68 y su imaginación al poder.

Pero ¿qué es la imaginación? ¿Cómo creamos esos mundos, esos universos, en nuestro cerebro? ¿Lo traemos de fábrica? ¿Y es solo humano? La idea general es que lo vamos aprendiendo, que está ausente en otros animales y que, en definitiva, es una forma eminentemente humana de actividad mental. En cierta manera, el pensamiento simbólico, la imaginería (visual y de otros tipos), la invención de nuevas combinaciones es lo que nos hace humanos. Somos realistas, pedimos lo imposible.

Podríamos decir que hay distintos tipos de imaginación. Quizá la más sencilla sea la de pensar un poquito hacia adelante: fabricar herramientas para abrir nueces, o engañar a los amigos para tener una mejor tajada de mamut o de banana. Si es así, puede que esta imaginación primitiva sea compartida con los primos chimpancés o bonobos. Pero algo sucedió con los primeros homínidos, y sobre todo con nuestro género Homo, que hizo que aparecieran hachas de mano, cazadores con estrategias, colonización. todos inventos que requieren ver mucho más allá: imaginar un mundo que no está frente a nosotros. En este sentido, imaginar puede tener una interesante ventaja evolutiva.

El caso es que hace unos 200.000 años ya teníamos el mismo cerebro que ahora, presumiblemente con la misma capacidad de imaginar (y, quién sabe, de hablar). Imaginamos arte, hace ya 100.000 años, y seguramente imaginamos qué pasaba por la cabeza de los otros -lo que se llama teoría de la mente, y es la base de la empatía- hace mucho más tiempo, ya que es necesario para mantener la cohesión en un grupo.

Pero el tipo de imaginación más reciente podría ser la de crear mundos con diferentes reglas: una especie de gramática de la fantasía, como nos enseña Gianni Rodari, aunque en este caso, una fantasía prehistórica. Y hace, digamos, entre 50 y 10.000 años empezamos a contar historias a la luz del fuego, para darnos calor, sorpresa, terror, para vanagloriarnos de haber cazado el mamut más grande y justo no nos andaba la cámara para registrarlo. La imaginación, entonces, es responsable de haber creado uno de nuestros mayores legados: la cultura. De ahí a los sonetos de Shakespeare, las visiones de Santa Teresa o la música de Laurie Anderson hay solo un paso. Un largo paso.

Y así llegamos hasta aquí, recordando barricadas, grafitis e historias de hace 50 años, de un tiempo en el cual la imaginación, aunque fuera durante un suspiro, mantuvo al planeta en suspenso. Una imaginación que nace de mecanismos complejos en el cerebro y nos puede llevar a otros mundos, a creer que la utopía es posible. ¿Cuánto duró la imaginación en el poder? ¿Pudimos desabrocharnos el cerebro tan a menudo como la bragueta? ¿Exploramos sistemáticamente el azar? ¿Decretamos el estado de felicidad permanente? Si hoy lo estamos recordando, y confesemos que lo hacemos con cierta nostalgia de esas épocas de Beatles, amor libre, de asambleas, de las jóvenes rojas cada vez más hermosas, de abrir los ojos con rabia y de poesía en la calle, es que algo quedó, algo nos cambió la manera de mirar y de pensar, de una vez y para siempre. Fuimos realistas, pedimos lo imposible. Como hace el cerebro todos los días.

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