Filosofía para todos y todas

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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13 de mayo de 2018  

Crédito: Enríquez

El 20 de agosto de 1933, celebrando el cumpleaños de Adolf Hitler, se estrenó en Berlín, con gran despliegue, una obra de teatro titulada Schlageter. Su autor era Hans Johst, dramaturgo de cabecera del nazismo, y la pieza homenajeaba a Albert Leo Schlageter, un paramilitar alemán condenado y fusilado en Francia en mayo de 1923 y considerado mártir por los nazis. En esa obra un personaje llamado Thieman, amigo de Schlageter, dice: "Cuando oigo la palabra cultura, le quito el seguro a mi Browning". La frase pasó a la historia como "Cuando escucho la palabra cultura llevo la mano a mi pistola", y le fue adjudicada a siniestros personajes como Hermann Göering y Joseph Goebbels. Con gusto muchos otros la repetirían hoy, a la luz de los tiempos que vivimos.

Sin llevar la mano a su pistola hay quienes fruncen la nariz o hacen arcadas, o directamente huyen cuando escuchan la palabra filosofía. Como a cultura, también a esta se la suele asemejar con aburrimiento, complejidad y rebuscamiento de lenguaje. Pero ocurre que la cultura es mucho más que libros, cine, teatro, música, artes, cursos y disertaciones. Es lo que una comunidad hace y cómo lo hace, cómo construye los vínculos entre sus miembros, bajo qué paradigmas, propósitos, visiones y creencias alinea su funcionamiento y las relaciones con su hábitat y con el mundo. Y la filosofía es mucho más que teorías y pensamientos abstractos acerca de cuestiones tan trascendentes como la muerte, el amor, los valores, la moral, el tiempo, el origen y el fin de todo, o de temas tan inasibles como el sexo de los ángeles. Filosofar, dice André Comte-Sponville en su apasionante Invitación a la filosofía, es pensar por uno mismo. Nada menos que eso, ejercitar el pensamiento, ese don concedido a los humanos, y hacerlo con curiosidad, sin temor a las preguntas sobre lo que vivimos, lo que queremos, lo que nos rodea y, sobre todo, sobre para qué vivimos. A la filosofía nada humano o real, le es ajeno, dice Comte-Sponville. Por ese motivo, nadie es ajeno a ella, aunque la rechace, como nadie está fuera de la cultura, aunque lleve la mano a la pistola al oír nombrarla.

El filósofo francés Michel Onfray es un pensador inquieto, implacable y desafiante, un agitador del pensamiento que hace de la filosofía un organismo vivo y palpitante. Fundador de la Universidad Popular de Caen y autor de cien libros, advierte en Antimanual de filosofía que no hay temas filosóficos, sino un tratamiento filosófico para todos los temas. Posiblemente ninguna afirmación podría responder mejor que esta a la capciosa pregunta: ¿para qué sirve la filosofía?

Cuando se vence o se abandona la pereza mental y se pierde el temor a seguir el hilo de las preguntas que el simple hecho de vivir nos dispara (¿qué será de mí mañana?, ¿qué es el destino?, ¿existe la suerte?, ¿por qué a mí?, ¿hay vida después de la muerte?, ¿de qué está hecho el amor?), se empieza a filosofar. Como decía Emanuel Kant, "no se puede aprender filosofía, tan solo se puede aprender a filosofar". Es decir, aprender a pensar. No en el vacío, no sumergidos en nubes de abstracciones, sino pensar insertos en la vida y para la vida. No vivir para filosofar, sino filosofar para vivir. Según el oportuno señalamiento de Comte-Sponville, nadie puede filosofar por nosotros, aunque nadie, tampoco, puede hacerlo sin nutrirse de lo que otros piensan o han pensado. Así como un grafiti en el subte de Londres rezaba Cuando escucho la palabra pistola llevo la mano a mi cultura, se puede decir Cuando las situaciones de la vida me hacen preguntas, acudo al filósofo que hay en mí.

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